El rapto
El kaxlan era como el mono araña que desde temprano brincaba de rama en rama haciendo maromas, buscando su comida en la copa de los árboles.
Así era él. Inquieto, pues. Tan pronto se despertaba recorría su terreno haciendo tareas: cortando madera, limpiando monte, cazando animales, y cuidando la milpa y el campo.
En su cabeza meca las ideas salían como burbujas de agua hirviendo.
Recién, el kaxlan había comenzado a arreglar el trapiche.
No estaba contento vendiendo la caña nomás, le dijo a Amada.
Quería sacarle más provecho a la tierra.
Quería hacer panela. Amada poco sabía de ese negocio.
Plantar caña sí, cortarla también, y hacer chicha , pero de panela, ¡nada sabía de eso!
El kaxlan tampoco. ¡Menos sabía él! En su tierra nunca había chupado caña.
Ella misma le había enseñado a pelarla, a hincar diente en los quebradizos pedazos y chupar el jugo dulce, ¡cuánto le había gustado!
Cuando comenzó a hablar del trapiche, Amada se lo había recordado «nada sabemos de exprimir caña» le dijo, pero él, terco como su mula Modestine, se había empeñado.
Ya tenían molino, alegó, ya tenían caña, nomás ocupaban echarlo a andar.
Amada nada pudo hacer para detenerlo. Era un mono araña, y aunque le cortaran la cola, no sabía estarse quieto.
El vecino alemán sí tenía un buen trapiche.
Él sí sabía hacer panela. Un día que bajó por agua, el kaxlan le convidó un café.
Harto tiempo habían hablado ese día mientras ella les daba, además, sus tortillas calientes.
Se hizo tarde y ahí seguían, platicando.
Como el alemán sabía más, hablaba más. Benjamín fumaba y escuchaba muy atento.
Podían salvar el molino, le dijo, pero tendrían que hacer otra galera.
O sea, comenzar de nuevo. Benjamín estuvo de acuerdo.
Así supo que el hormiguillo era buena madera para el armazón.
Y que allá, en el cerro, había árboles de quebrajo, de madera muy dura también, tan buena o mejor que el guapinol.
El alemán aconsejó todo eso, y además, que empezara ya, antes que llegaran las lluvias, porque debajo de una galera techada, bien resguardados, podrían hacer los demás trabajos.
Ese día, entre sorbos de café, los hombres pintaron en un papel muchos números, muchas medidas, y una lista de cosas que necesitaban para arreglar el molino.
Al final, Amada no entendió el dibujo garabateado, pero sí entendió que el trapiche ocupaba ser grande, con un pórtico de tres metros, cuando menos, para poder arriar la mula en círculo.
La mitad de la galera se usaría para instalar las planas para la panela y para colocar la leña rajada.
Al final, el kaxlan había quedado contento con el dibujo y desde entonces no paraba ni un minuto, ni siquiera para comer.
Allá en el monte se estaba las horas, cortando árboles.
Y allá lo iba a buscar ella para llevarle su itacate.
Hoy el kaxlan se había ido tempranito a cortar manaca, esos árboles parecidos a las palmas de coco que estaban repartidos por los bosques.
Con sus hojas rajadas se hacían techos y según había dicho el alemán, el techo de la galera podría durarles hasta cinco años, si apretaban y tejían bien las palmas.
Amada esperaba ansiosa el regreso del kaxlan con su machete bien afilado.
Sabía cómo sacar el palmito del tierno corazón de las manacas.
Sabía cómo guisarlo con especias y verduras.
¡Bien rico quedaba ese cocido! Le andaba por ver la cara del kaxlan cuando lo probara.
El armazón de la galera estaba listo para su techo.
El kaxlan , solito, había cortado el hormiguillo, lo había pelado quitándole la corteza y había sembrado los horcones que luego amarró con bejuco.
Sabía usar sus manos él. Y cada vez que Amada lo miraba así, trabajando duro, con el sudor perlándole la piel, sentía que el corazón se le hinchaba como la milpa después de la lluvia.
A la hora del amor esas manos sabían qué hacer, también.
No sabía Amada qué le gustaba más de ese meco , sus manos, sus ojos de aguadulce, o el hoyito en su barba.
Quizás lo más sabroso era su corazón, igual de tierno, blanco y bueno como los corazones de las manacas.
En la cocina, Amada cortó la verdura para los palmitos mientras esperaba su regreso.
No debería tardar. En eso estaba, cuando de pronto el Choco comenzó a ladrar furioso.
Encima de sus ladridos se dejó escuchar el galope de un caballo.
El alemán, ¿será?, se preguntó. Pero no, él solo bajaba al río con su mula.
¿Quién, pues? El trote del caballo que se acercaba comenzó a inquietarla.
Se levantó y se asomó para saber si debía de esconderse.
Entonces reconoció a la yegua pinta y al jinete.
¡Era Moll Julián! Su alma- ch’ulel se le congeló.
También el cuerpo. El mismo cosquilleo que la había paralizado aquel día cuando vio al jaguar recorrió su piel.
Estaba agarrotada. Quería correr pero no podía.
Vio venir al jinete con impotencia. Lo vio cabalgar hasta la vivienda.
Lo vio parar su yegua y desmontarla. Entonces él la vio a ella, todavía tiesa.
El Choco, que no había dejado de ladrar, se le abalanzó a morderle el pantalón.
Julián lo aplacó con una patada, pero el perro, recuperándose del impacto, volvió a acometer, ahora con más ahínco. Julián desenfundó su pistola.
—O aplacas a tu chucho o lo mato, Amada —amenazó.
Su voz era más filosa que un machete. La necesidad de proteger al Choco la sacó de su agarrotamiento. Corrió a agarrarlo.
—¡Choco, quieto! —le ordenó. El perro se retrajo reacio, sin dejar de ladrar y gruñir al intruso.
Julián se plantó frente a Amada.
—¿Qué carajos haces aquí?
Tenía la mandíbula tensa y el ceño fruncido. Parecía un animal a punto de embestir. Amada, con el corazón desbocado no pudo sostener su mirada torva. Clavó los ojos en la tierra.
—¡Mírame, mujer! —ordenó él, sujetándola por los hombros y sacudiéndola con violencia.
El dolor y el miedo galoparon en el pecho de Amada, arrancándole lágrimas.
Despacio, alzó la mirada y enfrentó los ojos llenos de furia, alivio y ardor.
Quiso hablar. Quiso pedirle que la soltara, que dejara de lastimarla, pero él, ciego en su rabia la jaló hacia sí y la besó con violencia, separando sus labios, poseyéndola con la lengua.
Amada trató inútilmente de alejarlo, ¡era fuerte él!
Lo dejó hacer sintiendo asco. Aquel beso no era una caricia, era un ramalazo de rabia, de reproche, de cólera.
Julián no sabía besar con su alma- ch’ulel , como el kaxlan .
—¿Por qué te fuiste así, sin avisarme? —le reprochó sin soltarla—. He revuelto el monte buscándote.
Ella por fin encontró su voz.
—No queremos ir en cárcel.
—No vas a ir a la cárcel. A ti nadie te toca. Tendrán que matarme primero. ¡Ándale! Vámonos de este muladar —la tomó de la mano y tiró de ella hacia la yegua.
Amada se soltó.
—¡No! No queremos irnos.
La fiereza de su gesto desconcertó a Julián. ¿ Quién era esa mujer?, la Amada que él conocía era dócil y complaciente, no esta mujer terca que estaba desobedeciendo su orden.
—Aquí no te vas a quedar. Menos con ese patán. Si lo veo, lo mato.
—¡Él me salvó de la autoridad! —rebatió ella, apasionadamente—. Si me quieres, le darías las gracias.
—Yo también te hubiera salvado. Pero te largaste sin avisar.
—¡Nos iban a agarrar!
El hombre y la mujer se miraron desafiantes, ninguno dispuesto a ceder. Por un instante Julián pensó en alzarla y subirla a la yegua a la fuerza. Apenas pudo contenerse.
—¿Y qué crees que vas a hacer aquí? —preguntó con sorna—.
¿Te vas a arrimar con este «don nadie»?, ¿eso quieres?
Escucha lo que te digo. Un día de estos, cuando se harte de ti, se regresará a su país y te dejará aquí, botada, con una pila de bastardos.
No te hagas ilusiones, Amada. Los mecos como él no se casan con indias como tú.
Solo los pendejos como yo lo hacemos. Pero ya está.
Serás mi esposa. Tendrás a mis hijos y ellos llevarán mi nombre. No serán bastardos, como yo.
Eso era, pensó ella. Esa era su rabia. A Julián siempre le había dolido ser el hijo bastardo de don Guillermo.
Perdido andaba por el mundo Moll Julián.
Levantó la mano y le tocó la mejilla buscando en sus ojos arrebatados al niño que había conocido desde su infancia, al joven intrépido, valiente y trabajador, al hombre que sabía mandar con mano firme, pero justa.
Al patrón que solía visitarla en la cocina y hacerla reír.
Y sintió lástima por él. A nadie quería él.
Ni a su padre, ni a su hermano, ni a Dios- Riox .
Ni siquiera a ella. Moll Julián no sabía querer.
—No podemos ser su esposa, Moll Julián —le dijo desde el corazón—. No queremos.
El semblante de Julián se endureció. Con un gesto brusco sacó de su chamarra un papel y se lo alargó.
—Pues quieras o no vas a ser mi esposa. Está arreglado. Fui a tu pueblo a pedirte y aquí tienes el papel que firmó el escribano aceptando mi petición. Míralo.
Amada tardó en comprender el significado de sus palabras. Aturdida, tomó el papel.
—¡Léelo! —insistió él.
Y sí, ahí estaba la estampilla del escriba de San Juan Chamula, la reconocía porque muchas veces la había mirado en los papeles de los enganchados.
Pero ¿cómo era eso que los Abuelos la habían dado a Julián de esposa?
Él no podía pedirla. No era su familia. ¡No era tzotzil!
¿Cómo pue?, quería saber. Julián le mintió a los Abuelos ¿será?
Les pagó, ¿será? Sí, seguro eso, se dijo.
Julián la había comprado como un saco de sal.
—Ya lo ves. La gente de tu pueblo quiere que nos casemos. Así es que vámonos.
La mente enmarañada de Amada buscó alguna manera de escapar de su situación.
¿Ora qué hacemos? Se preguntó, afligida.
Y si corremos a buscar al kaxlan, ¿será?
¡No llegaríamos lejos! ¡Rápido nos alcanzaría él!
Y si gritamos, ¿será? Pero el kaxlan estaba en el monte.
¡Lejos estaba! Además, si Julián miraba al kaxlan lo iba a matar.
Eso dijo. Al pensar en esa posibilidad su mente se esclareció.
Mejor irse ya, pensó, antes que el kaxlan regresara. Julián no dudaría en matarlo.
—Usté es mi patrón. Usté manda. Vamos voy a ser su esposa. Pero usté no va a matar al kaxlan cuando lo mire. No va a matarlo nunca. ¡Júrelo!
—Está bien, pero más vale que no se te acerque ese hijo de la chingada, porque entonces sí, no respondo —advirtió él.
—Queremos que nos case el Ah K’in, el alférez que cuida a San Sebastián. Eso queremos. Queremos que nos lleve a mí y a María al pueblo.
—Me importa un carajo en donde nos casemos, Amada. Además, a María de por sí la tengo que llevar a Chamula. Tu gente quiere a su «santita».
Amada sabía que Julián cumpliría. Era un hombre de palabra.
Ahora mismo precisaba irse de una vez. No quería que regresara el kaxlan .
No quería que Julián lo matara. Tampoco quería verlo una vez más porque si lo miraba, seguro lo abrazaría y no lo soltaría jamás.
Aunque los atravesaran las balas a los dos.
Amada se encaminó a la yegua. Julián la cargó y la subió. Sosteniéndola por la cintura, picó las costillas del caballo que salió a galope tendido hacia la sierra.