El ladrón
Los Schmidt convocaron a Julián y a Kurt a la Casa Grande a la hora del café. Tenían algo importante que decirles, les informaron, por lo que sería necesario que suspendieran sus faenas esa tarde. El asunto podría llevar su tiempo.
Julián, que por lo general detestaba acudir a esa casa, sobre todo ahora que Amada no estaba, esta vez agradeció la oportunidad para hablar con los finqueros.
Necesitaba hacerles saber el motivo por el que las cuentas de don Tomás, el administrador de La Santa Rita, no cuadraban.
Lo diría enfrente de Kurt. Eso era lo correcto.
Así su hermano tendría oportunidad de aceptar su responsabilidad y responder como hombre, no andar de marica robándose el dinero de sus padres a sus espaldas.
Con suerte, ahora sí, los patrones reconocerían que Kurt no tenía vocación de finquero.
Que era un lastre. Un estorbo para el negocio.
Cuando lo reconocieran le pedirían ayuda para enderezar las cosas, y entonces aprovecharía para exigir que cumplieran su promesa.
De esa reunión no se iría sin que le dieran su cacho de tierra.
Julián se presentó en el despacho de su padre a la hora indicada. Don Guillermo y doña Elena ya lo estaban esperando. Don Guillermo se entretenía hojeando sus libros y doña Elena leía un periódico.
—Pasa y siéntate, hijo —lo saludó su padre—, Kurt no debe de tardar en llegar.
La palabra «hijo» pronunciada por el hombre que siempre le negó su apellido y su tierra, provocó en Julián el mismo rechazo de siempre: una profunda repulsión.
Sin decir media palabra se sentó en la silla más próxima, que también era la más alejada de su madrastra.
Ella, por su parte, ni siquiera levantó la vista del periódico. Su desdén era evidente. Y mutuo.
Esperaron. Don Guillermo habló animadamente de sus libros, de poetas irlandeses que admiraba como Oscar Wilde, William Yates, y James Joyce.
Habló, además, de poemas que podía recitar, incluso, en varios idiomas.
Al mencionar autores jalaba de su librero los tomos empastados con piel, y le mostraba con gran orgullo a Julián la calidad de la edición, las delicadas páginas de cebolla con márgenes dorados, y las hermosas ilustraciones, recalcando el valor incalculable de esos libros que con tanto esfuerzo y cariño había coleccionado a través de los años.
El tiempo pasó y Kurt no llegaba. Don Guillermo hubiera seguido feliz con su monólogo, pero doña Elena perdió la paciencia.
Llamó a su sirvienta, y con tono brusco la mandó a buscar al kerem para que fuera, rapidito, a buscar a Kurt.
—Mientras no se haya caído al barranco, todo está bien —dijo con un dejo de preocupación.
Don Guillermo se acercó a su mujer y le besó la mano.
— Keine Sorge, meine Liebe-no te preocupes, amor. La puntualidad no ha sido el fuerte de Kurt. Eso ya lo sabes.
Julián no pudo contenerse.
—Que lo busque afuera de la tienda de raya. Ahí suele ir a emborracharse —dijo, impaciente.
Doña Elena reaccionó como si hubiese recibido una bofetada.
—¡Le prohíbo que hable así de su patrón!
—Tranquila, Meine Liebe , por favor —suplicó su marido.
—Tú no te metas, Guillermo. Es hora de que pongas a este hombre en su lugar.
—¿Y cuál quiere que sea mi lugar, señora? —la retó Julián, emparejando su ira.
Kurt entró en el despacho antes de que la mujer respondiera. Estaba desaliñado y despedía un fuerte olor a alcohol. Lo llevaba del brazo el kerem . Con su ayuda, y apoyándose en la pared, caminó tambaleándose hacia el sofá. En cuanto lo alcanzó se desplomó en él y estalló en carcajadas.
—Aquí me tienen, señoressss —dijo, arrastrando las «s» hasta convertirlas en un silbido. Los miraba con ojos vidriosos y dilatados, ofreciendo una mueca tonta por sonrisa.
Doña Elena se levantó y se sentó a su lado.
—¿Quién te dio de tomar, hijo? —preguntó angustiada, tocándole la frente como si estuviera enfermo—. ¡Mira nada más en qué estado te dejaron!
Don Guillermo nada dijo, pero meneaba la cabeza con censura.
—Corre a la cocina, kerem , y diles que le preparen un caldo al señor —ordenó la finquera.
El niño se apuró a obedecer.
Desde su silla, Julián contemplaba la escena con desprecio.
Por mucho que doña Elena intentara responsabilizar a otros por la afición de su hijo a la bebida, la verdad era imposible de ocultar: Kurt era un bebedor empedernido y tarde o temprano tendría que aceptarlo.
Y cuando ese momento llegara, tomaría riendas del asunto, pensó Julián, esperanzado.
Doña Elena era una arpía, pero no era tonta.
Cuando se trataba de negocios sabía mantener la mente fría.
Julián no estaba dispuesto a esperar a que le trajeran el caldo a ese borracho patán.
—Pues ya que estamos todos aquí, vayamos al motivo de esta reunión —dijo, con impaciencia—. Yo también tengo algo que decirles.
Doña Elena le lanzó una mirada fulminante, pero se levantó, fue al escritorio y tomó unos documentos.
—Los convocamos para informarles que a partir de la semana que entra habrá cambios en la gerencia de la finca.
—Ah, caray. ¿Y qué cambios? —preguntó Julián.
—El señor Meyer ya no será el administrador. Ese puesto lo tomará Kurt. Usted, Julián, seguirá como Mayordomo de campo, y de aquí en adelante le responderá directamente a Kurt.
Julián no podía creer lo que estaba escuchando. Los miró como si estuvieran locos.
—¿Qué? ¿han despedido a Meyer?
—No, él se va porque así lo decidió. Y lo que haga o deje de hacer ya no nos incumbe.
Julian necesitaba cerciorarse que estaba entendiendo.
—¿Me están diciendo que este hombre aquí botado, embriagado, va a asumir el cargo de administrador?
La finquera alzó la voz.
—Como lo oye. Kurt es el heredero legítimo de esta finca y además, su patrón.
Julián miró a Kurt para ver su reacción, pero él, en su embriaguez, apenas se mantenía despierto. Y don Guillermo, acobardado en una esquina, no se atrevía a mirarlo.
—¡Míreme, carajo! —le gritó Julián a su padre—. Dígame que no está de acuerdo con esta pendejada que están haciendo.
Don Guillermo levantó las manos en un gesto conciliador, tratando de calmarlo.
—Julián, tranquilízate, por favor —suplicó—. Lo que Elena no te dijo es que, desde ahora, te pagaremos el sueldo que le corresponde a tu puesto. Yo mismo me encargaré de ello.
Una oleada de ira recorrió a Julián.
—Me va usted a pagar, sí, pero con la tierra que me tiene prometida.
Y hay algo más. Deben saber que su hijo les está robando.
Aquí tienen los reportes de don Tomás de la finca Santa Rita —al decirlo sacó los documentos que traía en la chaqueta y se los aventó—.
Kurt le mintió a don Tomás y le hizo creer que ustedes autorizaron los egresos para que él comprara fincas.
Sí, señores, las cuentas no cuadran porque este patán está robándose las utilidades.
Los finqueros se miraron entre sí.
—¡Miente! —exclamó doña Elena.
—Y como si eso fuera poco, Kurt está robándose el salario de los peones. ¡De su propia gente! El cajero, su amiguito, les está descontando su paga para repartirla con Kurt. Pero eso ya lo saben. Adolfo Meyer se los dijo.
Doña Elena estaba fuera de sí.
—¡Eso no es verdad!
Kurt alzó la voz desde el sofá.
—Es verdad —dijo. Era la primera frase que articulaba con claridad.
—Pero ¿qué dices, hijo? —preguntó su madre.
—Se los he dicho, pero ustedes no me escuchan —dijo, con voz apagada—. No quiero vivir en este país. No quiero trabajar en este rancho de mierda. Por eso tomo. Por eso apuesto y pierdo. Por eso les robo. No deben despedir a Meyer. Lo necesitan. Yo soy el que me iré a Alemania. Aunque no quieran.
—Estás borracho. ¡No hables así! —trató de callarlo doña Elena.
— Meine Liebe , por una vez en tu vida, ¡escúchalo! —la amonestó don Guillermo, cosa que sorprendió gratamente a Julián. Ya era hora de que el hombre se pusiera huevos y le pintara la raya a su mujer.
Julián no quiso ser parte de ese drama familiar. Los tres se merecían, pensó. Eran un asco.
—Aquí yo ya cumplí —dijo, disponiéndose a partir—.
Allá ustedes lo que decidan, pero que les quede claro, no pienso trabajar en esta finca un día más hasta que me firmen el título de las tierras que me prometieron.
Y les advierto, la peonada anda encabronada.
Cualquier día se desquitan, así es que piensen bien lo que están haciendo.
Les dio la espalda y se dirigió a la puerta.
—Espera Julián —lo detuvo Kurt—. Hay algo que debo decirte. La mujer esa que has estado buscando, la tal Amada, está viviendo con tu caporal, el señor Wolf. Y a decir verdad, se ve contenta.