Tiempo de flor y de ceniza El hallazgo #2
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El hallazgo #2

Lupita regresó. Venía acompañada de un perro flacucho y sarnoso. Le alargó un morral y un tecomate.

—Ái le puse unas memelitas de frijol por si le agarra l’hambre —le dijo, entregándole el morral—. Y llévese usté este tecomate con agua del Tachinula. Stá limpiecita y fresca.

Benjamín colgó el morral en una alforja de la mula y el tecomate en la otra. El perro se le acercó a olfatearlo con gran interés.

—¿Y este chucho? —le preguntó.

—Es el Choco. Es de María.

El perro comenzó a ladrar, y Modestine se retrajo, nerviosa.

—Tranquila —calmó a la mula, a la vez que azuzaba al perro—. ¡Usted, sáquese animal!

Sostuvo las riendas y montó a Modestine. Le picó los ijares y la apremió a andar hacia la sierra, sobre el camino que ambos conocían bien. Atrás quedó una nube de polvo.

Los pinceles del sol dibujaban su sombra sobre el sendero que apenas se vislumbraba entre los árboles de nance.

Benjamín iba sumido en sus pensamientos, lamentando la noticia que el administrador le había compartido.

Los Schmidt estaban cometiendo un grave error, pensaba.

¿Cuánto tiempo duraría La Victoria produciendo las cantidades requeridas de café para mantenerse en pie?

¿Cuánto tiempo podrían seguir pagando su sueldo?

Quizás lo prudente era comenzar a buscar trabajo en otras fincas.

Necesitaba dinero para terminar el trapiche que había comenzado a construir en su finca. No podía dejarlo a medias.

El sol comenzaba a despedirse. A su paso, entre las tupidas ramas del bosque, se asustaban las pavas y colibríes armando una ensordecedora algarabía.

Amada también ocupaba sus pensamientos. Anhelaba llegar a la finca y tomarla en brazos, besar su piel terrosa y enredarse en sus cabellos que olían a río, a leña, a campo.

Le urgía, ¡necesitaba!, mecerse en el suave vaivén de sus caderas.

Su corazón otra vez dictaba su inapelable sentencia: la amaba.

Con ella no se sentía atrapado, como había sido el caso con Katherine.

Al contrario, con Amada se sentía libre.

No podía imaginar su futuro sin ella. Amada era como el café: despertaba vida.

Pero entonces, ¿qué iba a hacer? ¿Cuánto tiempo más podría esconder a Amada en la finca?

Aunque Lupita fuera discreta y mantuviera el secreto, tarde o temprano la verdad saldría a la luz.

¿Vendrían las autoridades por ella? Quizás no.

Quizás, como decía Anastasio, ya a nadie le importaba su paradero.

La muerte del caporal era tema muerto, sepultado con él, pudriéndose en algún monte.

De repente, Modestine se detuvo en seco.

Benjamín presionó sus costillas, animándola a andar, pero la mula se negó a dar un paso más.

Estaba nerviosa. Solo entonces escuchó unos pasos ligeros sobre la hojarasca.

Algo o alguien los acechaba. Alerta, bajó la mano lentamente y la dejó asentarse en su cintura, sobre la cacha de su Luger.

Empuñó el arma y giró con rapidez para apuntarle al acechador. ¡Era el perro de María!

El Choco ladró y Modestine sacudió la cabeza con enfado.

Agitó las orejas y se retrajo, rígida, emitiendo un sonido amenazante entre rebuzno y relinche.

Iba a tirar la patada pero Benjamín no lo permitió.

Desmontó justo a tiempo y sin soltar las riendas azuzó al perro para que se largara.

El Choco se mantuvo firme en su propósito, ladrando y esperando a que retomaran el camino para ir tras ellos.

Después de varios intentos para correrlo, Benjamín desistió.

Aquel perro los seguiría y no había nada que él pudiera hacer para evitarlo.

Volvió a montar y acarició el cuello de Modestine para tranquilizarla; acicateó levemente sus costillas aflojando las riendas para que ella eligiera la cadencia con la que se sintiera a salvo.

Marcharon y el perro los siguió, pero a prudente distancia.

Al caer la tarde divisó, por fin, el parpadeo del ocote que alumbraba la vivienda. Desmontó sin preocuparse en amarrar la mula y a grandes pasos se apresuró a abrazar a la mujer que, habiéndolo escuchado, lo esperaba ansiosa en el pórtico.

— ¡Kaxlan ! —exclamó Amada, corriendo a su encuentro.

Se abrazaron y besaron con pasión, pero el amoroso encuentro fue interrumpido por el perro que loco de alegría exigía la atención de Amada.

—¿Choco? ¡Sí, tú eres Choco! —exclamó ella—. ¡Qué flaco stás pue! ¡Qué sucio!

—Me siguió, por más que traté de impedirlo —explicó Benjamín—. Es más terco que Modestine.

Benjamín iba a besarla de nuevo, pero ella lo alejó con suavidad y lo miró con angustia en los ojos.

—¡Qué bueno que ya volviste! Hay un señor ahí adentro —dijo, afligida—. ¡No queremos hablar con él!

—¿Quién?

—Dice que es hijo de los patrones. Eso dice.

—¿Y qué quiere?

—Caso sé. Apenas llegó. Acá afuera me he estado.

¿Hijo de los patrones?, ¿de cuáles patrones?, se preguntó Benjamín. Le entregó las riendas de la mula a Amada y con la mano cerca de la pistola se encaminó a la vivienda a averiguarlo.

La puerta se abrió de golpe y la luz iluminó la figura alta del hombre. Era Kurt Schmidt.

—¡Señor Wolf! —lo saludó antes de que Benjamín pudiera reaccionar. Caminó a su encuentro y le extendió la mano—. Qué bueno que alcanzo a verlo.

Benjamín estrechó la mano extendida por inercia. Por su mente corrieron miles de preguntas, ¿qué hacía en su finca?, ¿qué quería? Y por encima de todas las preguntas estaba la que más lo mortificaba: ¿había reconocido a Amada?

Kurt observó la sorpresa y ansiedad en el semblante de Benjamín.

—Disculpe lo inesperado de mi visita, señor Wolf. Fui a La Concepción y ahora voy de regreso a La Victoria. Pero antes quise pasar a saludarlo. Nunca esperé que su finca fuera tan próspera. Qué buen trabajo ha hecho con esta propiedad. Permítame felicitarlo.

—Muchas gracias. Pase, por favor, ¿qué le ofrezco?

—No tengo mucho tiempo pues como ve, ya se hace tarde. Pero si me ofrece un fuerte para el camino, no se lo desprecio.

—Tenemos chicha , si quiere.

—Se la acepto, y más si la hizo Amada. Ella y su hermana María solían venderla en la finca.

Ahí estaba la respuesta. Kurt había reconocido a Amada, a pesar de los años transcurridos desde la última vez que se habían visto.

Los padres de Kurt lo habían mandado a Alemania tan pronto alcanzó esa edad difícil en la que los jóvenes pierden la cabeza, incluso por una india.

Benjamín mantuvo el rostro impasible, sin dejar traslucir emoción alguna.

Tomó la olla de chicha , sirvió una jícara, y se la ofreció a Kurt.

—Dígame, ¿en qué puedo servirle?

Kurt sonrió, y tomó un trago largo y lento.

—Pareciera que fue ayer cuando nos conocimos en el barco, señor Wolf. Desde entonces sabía que le iría bien en esta jungla. Usted sí tiene pasta para la vida de rancho. Yo, por el contrario, aquí no me «hallo» como dicen los indios. En cuanto pueda me regresaré a Alemania.

Era evidente que Kurt no estaba enterado de los planes de sus padres, pensó Benjamín. Y no sería él quien lo pusiera al tanto.

—No le hago perder más tiempo, señor Wolf, porque además, debo marcharme. Como sabe, la labor que mis padres me han asignado es comprar fincas pequeñas, como esta. Y me pregunto, ¿se ha planteado venderla?

—No. No tengo intención de venderla. De aquí soy, señor Schmidt.

—Es lo que veo, señor Wolf. De aquí es usted. Aquí lo tiene todo: tierra, trabajo y mujer.

El comentario, aunado a su sonrisa socarrona, molestó a Benjamín. Se levantó con brusquedad y fue a abrirle la puerta.

—No quiero detenerlo, pero gracias por su visita.

Kurt se empinó la jícara, se colocó el sombrero y se dispuso a partir. En la puerta se detuvo y ofreció un último consejo.

—Piense bien lo que está haciendo, señor Wolf. Amparar a un fugitivo de la ley es un crimen en estos lares. Sería una lástima que perdiera todo por una mujer, por bonita que sea.