El hallazgo
Benjamín se acercó al mapa colgado en la pared de la oficina de Adolfo Meyer.
Era la topografía de la región en donde estaban marcadas con banderines de diferentes colores las fincas de los extranjeros, de acuerdo con su llegada al Soconusco.
El color negro indicaba la última oleada de migración.
Se acercó al escritorio del administrador, tomó una banderita negra de la bandeja, y la clavó en el punto cardinal que correspondía a la ubicación de su tierra.
Después, en el margen, debajo de la larga lista de fincas con los nombres de sus dueños, escribió: «San Francisco, propiedad de Benjamín Wolf».
Ahora sí estaba completo el mapa, se dijo, satisfecho.
Justo en ese momento entró al despacho Adolfo Meyer.
— Guten Morgen, señor Wolf. Siéntese, por favor —señaló una silla, mientras él se sentaba detrás de su escritorio.
A Benjamín le pareció raro que el hombre lo hubiera convocado y más aún, que lo invitara a sentarse.
La comunicación entre ellos era mínima, tal como le gustaba al administrador.
El día que lo contrató se lo había dejado claro.
«Cualquier asunto que surja debe tratarlo directamente con Julián», había ordenado.
«A mí no me haga perder mi tiempo, ¿ verstehen sie ?
». Y sí, Benjamín había entendido y no tenía ningún problema con la jerarquía de comunicación.
Hasta ahora, afortunadamente, apenas si había tenido que cruzar palabra con él.
No era necesario. Adolfo Meyer era un hombre de pocas palabras.
Práctico y eficaz. Rayaba en lo grosero, lo que también era cierto, y por eso los peones lo apodaban «el tamarindo».
Era igual de amargo. Pero lo respetaban, eso sí, porque «sabía mandar».
Obedeció y se sentó, se quitó el sombrero y esperó a que el administrador comenzara la plática. No había prisa al parecer, pues el hombre sacó de su bolsillo su cajetilla de cigarros y se la ofreció.
—¿Gusta?
—No, gracias —contestó, sintiendo una leve inquietud.
Aquella no era una convocatoria social. Algo andaba mal.
Pero, ¿qué?, ¿habría hecho algo indebido?
Hizo un rápido inventario de sus actividades y no dio con nada que le pudiera reprochar.
Benjamín se enorgullecía de «hacer las cosas bien», lo cual era la encomienda impuesta en La Victoria por ese alemán y además, el lema de su propia vida.
Adolfo Meyer encendió su cigarro y fumó con lentitud, mirando con ojos entrecerrados el humo que se desvanecía entre ellos. Parecía estar buscando palabras que evidentemente encontró con la tercera chupada.
—Seré breve. Los señores Schmidt han visto a bien reemplazarme, por lo que, a partir de la semana que viene, tendrán un nuevo administrador.
Benjamín se habría esperado cualquier cosa menos eso.
¿Reemplazar a Meyer? Pero, ¿por qué? La mano diestra y firme del administrador era lo que mantenía el negocio a flote.
¿Será que está enfermo?, se preguntó. Quizás alguna desgracia haya acontecido con su familia que lo obligue a regresar a su patria.
—¿Se puede saber por qué? y ¿quién asumirá su cargo? ¡No puede dejarnos así, nada más!
El señor Meyer alargó la pausa, cavilando qué tanto debería de compartir con ese joven ingenioso y trabajador. Se había ganado su respeto, pues de alguna manera le recordaba a él mismo de joven. Tenía ambición y siempre estaba dispuesto a aprender. Y sí, era discreto.
—El señor Kurt Schmidt asumirá mi cargo. Ese siempre ha sido el plan de los patrones, aunque no me esperaba que sucediera tan pronto.
Esa era una noticia nefasta. ¿En qué estaban pensando los patrones? ¡Cualquier otro estaría mejor que Kurt! La sorpresa lo enmudeció.
—Usted seguirá respondiendo a su Mayordomo, Julián, pero he recomendado que lo asciendan a usted a jefe de campo. Ha hecho un buen trabajo, señor Wolf. Vielen Dank . Y ahora, más que nunca, lo necesitarán.
—¿Pero y usted? ¿Qué puesto ocupará?
—Ninguno. Solicité empleo al señor Geiseman y me ha contratado. Estaré trabajando en su finca «Santa Fe Chininsé». Aquí no puedo quedarme.
—Me perdonará por opinar, pero ambos sabemos que Kurt no está preparado para asumir esa responsabilidad.
La expresión del alemán reflejó su desdén.
— Doch , pero ese ya no es asunto de mi incumbencia, señor Wolf. Me parece que aquí he cumplido. Ya bastante vida le invertí a esta finca.
Benjamín se removió inquieto en la silla.
El futuro de La Victoria quedaría en manos de un inepto.
Kurt no tenía vocación para el negocio, ni estaba interesado en el café.
Así se lo había hecho saber él mismo en varias ocasiones.
El café «no es lo mío» le había confesado.
Lo que él deseaba era volver a Alemania.
Detestaba ese «rancho de mierda» y si estaba ahí, era por obligación y para no defraudar a sus padres.
—¿Lo sabe Julián? —preguntó.
— Nein . Julián no ha regresado de Huixtla, pero sus padres hablarán con él en cuanto regrese.
Por eso quise hablar con usted primero, señor Wolf, quiero darle la oportunidad de irse a su finca unos días y mantener su distancia.
Seguro que aquí se armará una revuelta y es mejor que usted no se involucre. Créame, no será nada agradable.
—Julián nunca estará de acuerdo con esa decisión.
— Nein . Y usted ya sabe cómo es: temperamental, iracundo, arrebatado. Se deja llevar por sus instintos y eso es una lástima, porque si tan solo supiera controlarse, él sí sería capaz de llevar mi puesto.
El silencio se meció entre ellos.
—¿Cuándo quiere que regrese? —preguntó finalmente.
—Lo mandaré llamar en cuanto se calmen las cosas. Antes de irse, avísele al Picho y pídale que se encargue de sus labores en su ausencia. Dígale qué falta por hacer.
El alemán apagó la colilla de su cigarrillo y se levantó.
—Ni una palabra a nadie de este asunto, por favor. Como ya le dije, en cuanto se calmen las cosas, lo mandaré a llamar.
Se estrecharon la mano.
—¿Lo veré antes de que se marche?
—Sospecho que sí. No vamos a descuidar la tierra mientras estos se pelean. El café es como una novia celosa, señor Wolf, si no se atiende al cien, no da.
Benjamín salió de la oficina y se dirigió directamente al beneficio a buscar al Picho.
Ahí lo había dejado esa mañana, con la encomienda de recibir el grano de los ejidatarios quienes llegarían en cualquier momento.
Ellos no tenían sus propios beneficios y por eso les vendían el café recién cosechado, para que ahí, en el beneficio de La Victoria, transformaran el grano en cereza a grano de café verde.
El proceso requería despulparlo, removerle el mucílago, lavarlo y secarlo.
Una vez seco había que escogerlo, embolsarlo y embarcarlo para Europa.
Encontró al Picho revisando la selección del grano.
Una hilera de mujeres, sentadas en mesas largas, lo escogían de acuerdo con su tamaño.
Con manos hábiles y rápidas quitaban los quebraditos, los negritos, los que estaban malos.
La selección garantizaba el control de calidad.
Las mujeres trabajaban a destajo y a Benjamín le parecía que les pagaban poco, según qué tan sucio estaba el café, en vez de pagarles por la cantidad espulgada lo cual, en su opinión, sería más justo.
Algún día, cuando él tuviera su propio beneficio, se decía, las contrataría con mejor sueldo. Eran buenas en su oficio.
Al verlo, el Picho se acercó cojeando.
—Dígame, patrón.
—Picho, me voy a la San Francisco unos días, pero necesito que esté pendiente de todo por aquí.
—Sí, pue, no se apure, patrón. Yo me encargo.
Era temprano todavía y si no quería que le agarrara la noche, más valía irse ya, pensó Benjamín.
—Me voy de una vez, antes que se haga más tarde.
—Si, señor. Orita mesmo le mando a traer su mula.
Benjamín ya se iba, cuando una de las mujeres que estaba espulgando granos se levantó abruptamente de la mesa y lo detuvo.
—Disculpe, patrón.
Le llevó un segundo reconocerla. Era Lupita, la cocinera.
—Lupita, ¿qué hace usted aquí? ¿Y la cocina?
—Ya no me ocupan allá, patrón. Los señores me despreciaron mis guisos. No tengo la mesma sazón de mi comadrita. La Amada, pue.
Al mencionar el nombre de Amada no pudo ocultar un gesto insinuante; era la mirada de alguien que sabe más de lo que debería, pensó Benjamín con inquietud.
—¿En qué la ayudo, Lupita? —preguntó.
La mujer se le acercó mirando a todos lados, cerciorándose de que nadie la escuchaba.
—Anduvo por acá el Anastasio y me dijo ónde está mi comadrita, pue —dijo casi en un susurro.
—¿Anastasio?
—Sí, el cochero.
Benjamín trató de no reaccionar, pero igual Lupita reconoció la consternación que tenía pintada en el rostro.
—No crea que me lo dijo por argüendero, no patrón. Me lo dijo pa quitarme la angustia. Llevo tiempo sin dormir pensando en mi comadrita. Nomás dígame que está bien, patroncito. Solo eso.
Benjamín la asió del brazo y la llevó fuera del beneficio, lejos de las otras mujeres que ya los miraban con curiosidad, parando la oreja.
—Escuche Lupita —le dijo en voz baja—, es verdad, Amada está en mi finca, pero si se sabe su paradero las autoridades la aprehenderán. ¿Me entiende? Eso no es lo que quiere, ¿o sí?
—¡Bendito Dios que está bien y con usté patrón! Y no se apure, que yo a nadien le dije. ¡Se lo juro!
—Espero que sea cierto. No repita lo que le dijo Anastasio, Lupita.
—No, señor, no se angustie. Pero si usté la va a mirar prontito hágame el favor de llevarle algunos tiliches que de seguro ocupa.
En la mirada de Lupita se percibía el afecto que sentía por Amada.
—Está bien. Tráigamelos, pero apúrese que ya me voy.
Lupita salió corriendo y un kerem llegó con Modestine. A Benjamín le urgía irse, no quería toparse con Kurt, y menos con Julián. Agradecía que el señor Meyer le permitiera alejarse de todos los problemas en La Victoria y regresar su atención al trapiche que estaba construyendo en la finca.