Tiempo de flor y de ceniza Por amor al grano
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Por amor al grano

El viaje a Tapachula había sido una pérdida de tiempo, pensó Esperanza con decepción y angustia.

Luciano la había acompañado a esa vergonzosa visita durante la cual no había dicho ni media palabra.

Ni un solo gesto se dibujó en el rostro del italiano cuando el agiotista, sonriente pero rotundo, le negó el préstamo.

Ahora igual, de regreso a La Concepción en la carreta que compartían, tampoco hablaba.

Miraba los cerros y las majadas como si ellas poseyeran la verdad divina.

Debería cuando menos echarle en cara su terquedad con un «se lo dije, señora» pero no, Luciano era muy hombre para ello.

Cada vez que sus opiniones diferían y él acababa teniendo la razón, jamás se lo echaba en cara.

Eso era algo que le agradaba de él. Incluso en ese momento en que volvían a la finca con las manos vacías, a un futuro incierto, la presencia de su administrador era reconfortante.

Algo se le ocurriría al hombre para salvar la situación.

Y como si le leyera la mente, de vez en cuando Luciano dejaba de ver el paisaje y buscaba sus ojos ofreciendo una mirada confortadora.

En la finca, los indios los estaban esperando como era su costumbre.

Tan pronto descendieron de la carreta, se acercaron para que Esperanza les tocara la frente y para convidarle algún «bocado» de bienvenida: gallinas, huevos frescos y medidas pequeñas de maíz y frijol.

Ella recibió sus dádivas con gratitud. No le gustaba esa costumbre pues poco tenían los pobres.

Pero rechazar sus ofrendas sería un desaire.

Tras recibirlas, le ordenó a Luciano que se les repartiera un garrafón de aguardiente y mantas.

—¿Dónde está Mercedes? —le preguntó a uno de los indios—. Decíle que venga prontito.

El indio salió disparado a buscar a la sirvienta que en breve apareció. Se limpiaba las manos en el mandil que estaba sucio, lleno de sangre.

—No la oí llegar, señora —dijo, ofuscada.

—Mirálo tu mundo, mujer ¿ahora a quién mataste?

—Es el venado que nos trajo el señor Kurt, pues. Lo trajo muerto, pero no cortado. Le iba yo a preparar su chumul , pero me ganó usté.

—¿El señor Kurt? ¿De quién hablás?

—Asegún dijo es el hijo de doña Elena, de La Victoria.

—¿Cuándo vino?

—Apenitas llegó, señora, y ahí la está esperando.

Qué mal momento había escogido Kurt para ir a verla, pensó Esperanza. No estaba de humor para recibirlo a él ni a nadie. Lo despediría cuanto antes, se dijo, y entró a la casa.

Kurt Schmidt la esperaba en su despacho, bebiendo el atole que Mercedes le había preparado.

Estaba muy cambiado desde la última vez que Esperanza lo había visto, antes de que sus padres lo mandaran al extranjero.

No era mal parecido, pero una mirada le bastó a Esperanza para darse cuenta de que el joven caballero no era apto para el rancho. Era todo un señorito.

Al verla entrar se levantó y le extendió la mano.

—Buenas tardes, doña Esperanza.

—Sos Kurt, el hijo de Elena ¿sí o no? —preguntó ella.

—Sí. A sus órdenes señora.

—¡Mirálo qué alto sos! Sentáte, por favor. ¿Tenés hambre, vos? ¿Querés un tentempié?

—No gracias, señora, hambre no tengo, pero si me convida un fuerte para mejorar este atole, se lo agradecería.

—Faltaba más. ¡Mercedes! —la llamó—. Traé el posh rapidito.

Mercedes regresó con el cántaro de barro lleno del aguardiente que destilaban ahí mismo en la finca.

—Servíle al señor —ordenó Esperanza.

Mercedes llenó a tope el jarrito de atole que el invitado había bebido a medias.

—Haceme favor de decirme, ¿cómo está tu madre?, ¿tu padre?

—Bien, gracias a Dios —contestó él, empleando la respuesta obligada. Pero a Esperanza no la engañaba ese joven. Sabía que ni él, ni su padre eran hombres de fe.

—Decíme pues ¿de qué va esta visita?

Kurt se empinó la bebida y se enderezó en la silla.

—Mis padres me han dado la tarea de adquirir más propiedades. Vengo a hacerle una propuesta.

Ahí estaba. El padre Camilo se lo había advertido. Elena quería comprar la finca.

—Tu madre sabe que no la estoy vendiendo.

—Sí, me dijo que usted le pidió un préstamo y que no pudo concedérselo.

—¿No pudo o no quiso? —preguntó ella, sin disimular su enojo.

Kurt sonrió y tomó otro trago.

—No le sé decir, señora. No obstante, mi madre quiere aliviar su situación. Y en vista de su necesidad, me ha autorizado para hacerle una propuesta de compra de su finca.

—Le repito, caballero, no está en venta, ¿oí vos? Decíle eso a Elena —replicó tajante.

—Señora, le pediría que cuando menos considere la propuesta.

Esperanza quiso despacharlo. No tenía sentido continuar con esa charla inútil, pero al final, la curiosidad le ganó.

—¿De cuánto estamos hablando?

—De un precio justo, se lo aseguro.

—Andá, pues. Decíme la cantidad que proponés vos.

El joven tardó unos minutos en responder.

—Estoy autorizado a ofrecer $5 000 pesos.

«¡Mirá qué descaro!», pensó ella, sintiendo la ira acrecentarse en su pecho. La cantidad era ridícula. ¿Qué se creía Elena? Cierto que estaba amolada, pero no tanto.

—Vos sabés que la finca vale lo doble, por lo menos —replicó, tratando de contener su enojo—. No voy a permitir que tu madre se me encarame, ¿oí vos? Decíle eso. Y ahora, me tenés que disculpar, pero tengo que ver otros asuntos.

Kurt esbozó una leve sonrisa y esto enfureció más a Esperanza. Se levantó con la frente en alto y le señaló la puerta.

—¡Mercedes! Mandá por el caballo del señor que ya se va —ordenó.

Kurt comprendió que de nada serviría aumentar la cantidad de la propuesta.

Doña Esperanza estaba ofendida y su rechazo era contundente.

Ese no era el momento oportuno para negociar, se dijo.

Ya después, cuando empezaran las matas a pudrirse en la vaina por falta de manos, cambiaría de opinión.

Eso seguro. Tomó un último trago de su atole, se levantó, se puso su sombrero y se despidió con una leve inclinación de cabeza.

El muchacho era alzado como su madre, pensó Esperanza con repugnancia.

Además un bolo, ¡nadie tomaba atole con posh !

Y menos a esa hora del día. En cuanto a Elena, ¡fiero su modo!

La amistad con esa mujer estaba terminada a partir de ese momento.

De repente, toda la furia en contra de Elena, en contra del agiotista, aquel ¡cabezota de zule!

que le había negado el préstamo, y en contra de esa sociedad que la menospreciaba por ser mujer y por ser viuda, la abrazó entera y la quebró.

Se dejó caer en el sillón y lloró desconsolada.

Así la encontró Luciano. No tuvo que preguntarle qué había sucedido. Sabía el motivo de la visita del heredero de La Victoria y sospechaba sus intenciones de aprovecharse del momento difícil que estaban encarando.

Se le acercó y se sentó a su lado sin hablar, esperando respetuosamente a que cesaran los sollozos.

Esperanza alzó los ojos llenos de lágrimas.

Luciano sacó su pañuelo y se lo ofreció.

Ella se enjugó el rostro. El pañuelo olía a él.

Olía a lealtad. El padre Camilo tenía razón, pensó ella. Su administrador era un hombre bueno.

—Luciano, ¿vos todavía querés casarte conmigo? —preguntó.

La pregunta tomó a Luciano por sorpresa. Titubeó un instante, y después contestó vehemente:

—Sí, señora, nada me haría más feliz.

—Entonces acepto. Pero que te quede claro, Luciano, no te quiero. Me caso solo para salvar esta finca. ¿Oí vos? Y desde ahora te digo, no voy a compartir tu lecho. Ni ahora ni nunca.

Luciano le tomó una mano y la besó con ternura.

—No se preocupe, señora. Algún día me ganaré su afecto. Sé esperar.