La primera cosecha #2
—Aunque usté la haga su esposa, su gente la verá como todos los ladinos la miran. Como una india. Eso no queremos para mi nieta.
Era la primera vez que Amada escuchaba que estaba prometida a un hombre de su pueblo.
Que así fuera no le sorprendió. Esa era la costumbre entre ellos, pedir y dar a sus hijos antes de que crecieran.
Los padres del varón hacían la visita a la familia de la mujer y negociaban los arreglos: cuántos litros de alcohol, cuántas gallinas, cuántas mazorcas por la mujer.
A cambio, los padres de la niña prometían una mujer hacendosa que supiera tejerle a su hijo su chuj , echarle tortilla, cuidar sus borregos y darle hijos.
Después de llegar a un acuerdo, un año antes de la fecha fijada para la boda, la hembra, ya crecida, se iba a vivir con la familia del varón para que ellos vieran si era buena y trabajadora, o si era haragana y grosera.
Si los suegros no se hallaban con ella, la regresaban.
¡Qué bravo se había puesto Moll Julián con los consejos de su Tata!
—Con respeto, señor —dijo amuinado—. Ni Amada ni usted pueden irse de esta finca hasta que paguen su deuda. No se le olvide. Y no sé qué tenga que hacer usted para desenredar el compromiso que hizo, pero Amada no se casa con nadie sin mi consentimiento. Aquí yo mando.
Julián se fue, reventando el lazo de su poder.
Amada quiso saber a quién estaba prometida en el pueblo. Su Tata, sonriendo cariñosamente, le había contestado que a nadie. No todavía.
—Cuando regresemos a Chamula te buscaremos a un buen hombre —le dijo—. Ahora mismo no queremos que Moll Julián te robe, o te amarre. Él solo te traería tristezas. No queremos eso para ti.
Como fue, el Tata se había marchado sin llevarlas nunca a Chamula.
Por eso, en cuanto pudiera, Amada iría a buscar a María y entonces sí regresarían a su pueblo.
Pero no ahora. Ahora, ahí, estaba bien. A salvo.
Protegida. Quizás el Tata desde el Otro cielo – Otra tierra la cuidaba y bendecía.
Seguro así era, si no, no hubiera podido escapar.
No hubiera encontrado albergue con el kaxlan .
¿Qué pensaría el Tata del kaxlan ? Se preguntó.
¿Vería con buenos ojos lo harto que trabajaba el extranjero?
¿Lo bien que usaba sus manos? ¿Lo mucho que se esmeraba por hacer las cosas bien hechas?
, ¿será? ¡Mucho había aprendido el extranjero!
Ahora ya sabía hacer milpa, deshojar maíz y desgranar mazorcas.
Sabía poner trampas y atrapar animales, unos malos como el coyote y el leoncillo y otros buenos para comer, como el venado y el pizote negro.
Había aprendido también a cuidarse de los bichos, como el alacrán y las garrapatas, y matar a las nauyacas y al cascabel.
Conocía a los pájaros sin mirarlos, por su canto: el pijiji, el gavilán, los pericos y los mirlos.
Cada día hablaba mejor el castellano. ¡Rápido entendía!
Lo mejor del kaxlan , pensaba Amada, era su paciencia.
No perdía la cabeza. Siempre encontraba remedios para cualquier necesidad.
A falta de patios en donde secar el café, había construido charolas de madera para llevar el grano a cubierto cuando llovía.
En Tapachula compró cemento y con la pasta montó recibidores y tanques lavadores.
Armó la rueda que jalaba el agua y avivaba el despulpador.
El Tata estaría admirado, pensó, como ella, de que el kaxlan poco a poco iba haciéndose de una finca de verdad.
El día se le fue rápido, y cuando vino a ver, el señor Sol- Chutotic se despedía tras los pinares, pintando el cielo de oro y magenta.
Bajó al río una última vez a asearse y al hacerlo pensaba en qué hacer de comer, en caso de que regresara el kaxlan .
Segurito vendría hambreado. Todos los días hacía un guiso, por si acaso volvía.
Hoy le guisaría huevos con chaya en chile, decidió.
Con ese propósito se encaminó de regreso a la vivienda.
Entonces escuchó un ruido extraño, ajeno al murmullo incesante de la selva.
Se detuvo y prestó atención, tratando de identificar su origen.
Alguien pisaba la hojarasca. Sí. Eran pisadas pesadas, sigilosas, de alguien que no quiere que se le descubra.
Miró a todos lados, tratando de descubrir quién era.
Pero la selva se había tragado la poca luz que quedaba.
Estaba oscuro. Nada se miraba. Con el alma en un hilo retomó su camino, casi corriendo.
Las pisadas volvieron a escucharse, cada vez más cerca.
Ya no le quedó duda. Ese algo o alguien la estaba acechando.
—¿Quién anda ahí? —preguntó, muy asustada.
Nadie respondió. Solo el ruido del bosque al anochecer se dejó escuchar: el canto del búho, el chirriar de los grillos, el croar de las ranas y el graznido de las guacamayas que despedían el día.
Se agachó a recoger una piedra. Ya casi llegaba a la casa.
Iba a correr cuando escuchó los resoplidos, bajos y guturales, del animal que más temía.
El jaguar. Giró y lo encaró. En un rincón de su mente aturdida Amada registró la majestuosa belleza del animal.
¡Mo’oj! Qué hermoso era: los ojos hipnóticos del mismo color que los ojos de María.
El pelaje dorado, estampado con rosetas negras.
Sí, era él. Era el jaguar- bolom . El nahual más fuerte y poderoso.
El terror se apoderó de ella. No pudo moverse más, ni siquiera para arrojarle la piedra.
El animal la miraba sin moverse, midiéndola, antes de lanzarse sobre ella.
Estaban atados en un duelo de miradas. El jaguar rompió el hechizo.
Abrió su potente quijada y rugió, mostrando sus enormes colmillos.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Amada.
Empezó a sudar frío. Temblaba incontrolablemente.
No podemos salvarnos, pensó aterrorizada.
Moriremos presa de las quijadas del jaguar- bolom .
¿Cómo, pue? ¡Eso no debería de ser! El jaguar era un nahual protector.
Era el alma- ch’ulel de un sanador poderoso como Tata.
¿Y ónde estaba él pa salvarla?, ¿ónde, pue?
Cerró los ojos y rezó con fervor para que los dioses de una vez le abrieran el camino de flores que lleva al Otro-Cielo y la llevaran con él.
En ese instante detonó un ruido ensordecedor.
Se cubrió los oídos que le ardían y abrió los ojos.
Lo que sus ojos vieron no podía ser verdad.
Quizás ya estaba en el Otro-Cielo, pensó, sorprendida.
El jaguar se retraía y escabullía a la selva.
Y frente a ella estaba Benjamín apuntando su rifle a las alturas.
Sin poder contenerse, antes de que el kaxlan reaccionara, corrió a refugiarse en sus brazos.
Benjamín abrazó su cuerpo tembloroso, la alzó y la llevó cargando a la casa.
Adentro, la sentó en la cama, se quitó la chamarra y le cubrió los hombros.
Amada no dejaba de temblar. Benjamín tomó su rostro y le habló con ternura.
—Ya pasó todo. Ya estás bien.
¡Que grandes eran las manos del kaxlan !
Pensó Amada sin soltar sus ojos de cielo.
¡Qué hermoso su pelo rubio- meco ! Amada alzó el dedo índice y tocó el hoyo de su barba sombreada.
Él se acercó y rozó sus labios con los suyos, con suavidad.
Se volvieron a besar, esta vez con anhelo.
Ella cerró los ojos y dejó que los labios del kaxlan descendieran por su cuello, por sus hombros, y que después recorrieran el mismo camino sobre su piel hasta volver a su boca.
El kaxlan desamarró su faja y alzó su blusa, quitándosela.
Besó sus senos lánguidamente. Amada no podía, ¡no quería!
, detenerlo. Quería más. Necesitaba que ese hombre fuerte que olía a tabaco y a sudor, saciara la ansiedad que pulsaba en su vientre como revoloteo de colibrí, mojando su entrepierna.
Horas después, abrazados bajo un cielo estrellado, y cobijados por las llamas de la hoguera, Benjamín preguntó con suavidad:
—Si ya sabes que el jaguar sale a estas horas, ¿qué hacías en el río?
La consternación en el rostro del kaxlan conmovió a Amada.
Se acurrucó bajo su hombro sin saber cómo responder.
Ella misma no sabía por qué se había entretenido en el río.
Bien sabido era que a la hora del crepúsculo el jaguar bajaba a alimentarse.
Lo sabían porque al otro día encontraban restos de cocodrilos carcomidos y pedazos de los caparazones de las tortugas.
Ningún otro animal podía quebrar la coraza de las tortugas así, como si fueran marañón.
¡Fuerte era la quijada del jaguar! El animal era el fantasma que rondaba el río y que nadie quería mirar.
Para los indígenas era un ser todopoderoso.
Era el espíritu que protegía los campos y cosechas y por eso no se le debía matar.
Los ladinos, por su lado, tampoco se metían con él.
Sabían de muchos hombres que, queriendo cazarlo, se habían vuelto carnada.
—El día se me jue —contestó finalmente.
—No lo vuelvas a hacer.
—No, no queremos mirarlo nunca más.
—Mañana regresará cuando se ponga el sol. Tiene que comer.
Amada se levantó a poner leña en el brasero.
—Tú también tienes que comer —dijo. Y así diciendo jaló sus ollas y comenzó a guisar los huevos con chaya en chile, siempre dándole la espalda al kaxlan , no fuera a adivinar su deseo de tenerlo dentro de ella, una vez más.