Tiempo de flor y de ceniza La primera cosecha
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La primera cosecha

El día comenzó a aclararse. Amada puso unas brasas en el incensario de barro, se arropó con su rebozo y salió a recibir los primeros rayos del señor Sol- Chutotic .

El aire fresco de la mañana la abrazó. Olía a leña, a fruta madurando en vaina y a tierra húmeda.

En las ramas altas de los sabinos el canto melodioso del tordo cantor acompañaba los trinos suaves del chipe coronado.

Respiró profundo, agradeciendo ese nuevo día.

Ya no sentía miedo. En la finca del kaxlan se respiraba paz.

Se preparó para rezar. Le echó copal al brasero, se hincó, besó la tierra y oró por la salud y protección de todos, especialmente de María.

Necesitaba verla. Está buena, ¿será?, se preguntó con congoja.

Hará cosas buenas y no malas, ¿será? Alzó la mirada al cielo y rezó con fuerza para que así fuera.

También rezó por el kaxlan . Tenía rato que no volvía de La Victoria. Ya se había dilatado.

Cuando acabó su rezo se dirigió a la cocina- teocalli , asió una jícara y se encaminó al río por agua.

Era tiempo de siembra y hoy tocaba regar las plántulas.

El kaxlan había alzado el semillero con madera y techo de dos aguas con zacate ¡bien sabía usar herramientas el extranjero!

Ahí, en ese vivero se metían a la tierra las semillas bien elegidas y cuando crecían las plantitas, ahí también se protegían del frío, el calor, y las malezas.

Solo había que subir y bajar al río acarreando su agua para darles de beber.

Le gustaba hacer esa labor porque aprovechaba para asearse.

Al andar miró su entorno y sintió orgullo.

¡Cómo había mejorado el lugar! La tierra rebosaba de abundancia.

El maíz estaba maduro, el frijol listo para pepenarse, las calabazas crecían como hierba.

Se notaba la mano laboriosa del kaxlan por doquier.

La vivienda, antes llena de hierbas, estaba limpiecita de monte.

Las ventanas y las puertas, antes descolgadas y quebradas, ahora estaban reparadas.

La finca estaba sanada, lo mismo que ella, pensó.

Se vivía bien y en paz con el extranjero. Solo le hacía falta su hermana.

Hoy el río estaba quieto, fluyendo mansamente por su cauce. Se encuclilló en la orilla, se humedeció el cabello y se lo trenzó. Luego se echó agua en el rostro, en las piernas y en los brazos. Cuando acabó, sintiéndose fresca, llenó el cántaro de agua y se encaminó al almácigo.

Las plántulas estaban listas para llevarlas al campo, observó, al regarlas.

Bien creciditas estaban, verdes y brillantes.

Acarició una hoja cerosa y al hacerlo se acordó de su Tata.

Gracias a él conocía bien esas plantas, sabía cortarlas, sembrarlas y crecerlas.

Sabía cómo exprimir la baya madura para que los granos saltaran a la canasta, cómo pelar los granos y quitarles sus dos cáscaras, el cascabillo y la capa de miel, y cómo plantar las semillas más frescas en sus bolsitas.

Sabía cuidar el tallo que brotaba de la tierra, sosteniendo su grano que, cuando se abría, echaba dos hojas que parecían alitas.

Por eso las llamaban mariposas. Eso también le había enseñado su abuelo: «Ya que tienen seis alitas, hay que sembrarlas», decía.

«Solo ocupan tierra fértil y harta agua para volar al cielo y dar sus cerezas».

Tierra fértil y harta agua. Tenemos, pensó Amada, sintiendo bajo sus pies desnudos la tierra del kaxlan .

Era tierra buena, esponjosa y prieta como el chocolate recién molido.

Miró el cielo. Apenas ayer una bandada de azacuanes había pasado volando sobre la finca anunciando lluvia.

Eso quería decir que hoy caería el agua bendita.

Y sí, ahí estaban esas nubes preñadas que el viento soplaba desde las montañas.

Era hora de sembrar las plántulas. Pegarían mejor en tierra mojada.

¿Cuántos días más se tardaría el kaxlan en volver?

, se preguntó con congoja. Ya habían pasado muchos.

Lo picó la nauyaca, ¿será? Se cayó al barranco, ¿será?

No, nada malo le había pasado, se dijo, porque era bueno él, protegido por los ángeles- aj’elitiks .

Además, pensar así nomás la hacía sufrir, porque ¿para qué negarlo?

, harto cariño le había agarrado al extranjero, a pesar de tener la lengua enredada y la piel blanca, como pluma de garza.

Aun así, y aunque fuera de otras tierras, su alma- ch’ulel era tzotzil.

Mientras más lo conocía, más segura estaba de esa verdad.

El kaxlan era una persona serena- mu jsa’tik’.

Mostraba el mismo respeto- ich’el ta muk de su gente tzotzil.

A ella le hablaba bonito, con voz suave, como si no quisiera despertarla.

A todos les hablaba así, ¡hasta a su mula Modestine!

Cuando le hablaba así, suavecito, pue, mirándola fijo con sus ojos del color de los trece cielos, su corazón palpitaba igual que las estrellas.

De nada servía negarlo, harto cariño le había agarrado al kaxlan .

Y hartas ganas le daban de tocar el hoyito en su barba.

Era del tamaño de un grano de café. Pero ahora, ¿ónde estaba, pue?

Ya se había dilatado. Trató de acallar su preocupación.

Lo mismo daba pensar el bien que pensar el mal, entonces, ¿por qué no pensar bien?

Nada malo le pasó, se dijo. De seguro doña Elena o Moll Julián lo habían detenido.

De seguro lo habían mandado a Tapachula o a Huixtla. Sí, eso era.

Amada bajó al río de nuevo a llenar su jícara de agua.

Pronto ya no tendría que acarrear el agua, la lluvia se haría cargo de saciar la sed de las plantitas, pensaba, dándose ánimo.

Nomás tenían que llevarlas al campo. Pero si el kaxlan no venía prontito a sembrarlas, las chapolas perderían fuerza y luego agarrarían enfermedades.

Echarían poca cereza, pue. Quizás debo plantarlas yo misma, ¿será?

se preguntó. Al cabo que sabemos hacerlo; sabemos escoger las plántulas más fuertes, checar sus raíces, moverlas del semillero sin lastimarlas.

Sabemos qué tan grandes tienen que ser los agujeros para enterrarlas, y qué tanto alejarlas la una de la otra para que no se peleen sus raíces.

También sabemos ónde plantarlas. Desde hacía rato tenía visto el cacho de tierra donde pegarían bonito.

Ahí, debajo del chalum para que les diera harta sombra.

Sí, quizás debo plantarlas de una vez, se dijo sin convicción, porque entonces, si las sembraba ella, antes de que regresara el kaxlan, ¿qué tal que se amuinaba él?

A los hombres no les gusta que uno piense o haga sin avisar, se recordó.

Que tal que nos echa de la finca, ¿será?

No. Mejor esperar a que regrese. Pero y luego, si las dejaba nomás así, a la buena de Dios, no volarían al cielo.

No darían su cereza bien. Sería una lástima. Tan bonitas que estaban las chapolas.

Amada fue y vino del río acarreando agua, todo el tiempo debatiéndose qué hacer.

De cuando en cuando miraba el camino que llevaba a La Victoria, por si veía venir al kaxlan .

Pero no venía. Terminó el riego y no hubo sombra de él.

En algún momento su pensar se aclaró y le enseñó el sendero a seguir.

Llevaría las plántulas al campo. Beberían su agua de lluvia y sus raíces chuparían vida de esa tierra fértil.

Hoy no nos corre el kaxlan , se dijo. Hoy no.

Es bueno él. Es un hombre de paz- mu jsa’tik k’op’ . Como Tata.

Amada se pasó la mañana cavando agujeros y sembrando las plántulas en el lugar elegido, cerca del platanar y del río, debajo del chalum .

Cuando terminó fue a jalar la hierba alrededor de los cafetos abandonados que, con la limpia y el chaporreo, ahora se miraban más grandes y robustos.

Incluso, algunas matas habían echado cereza esa última cosecha.

¡Qué contento se había puesto el kaxlan !

Las matas habían dado poco grano, pero suficiente para mandarlo a embarcar.

Para eso el kaxlan contrató una recua de tres mulas.

Seis sacos de café pergamino entregaron los animales, no mucho, pero bueno para comenzar.

Amada nunca olvidaría el regreso triunfante del kaxlan .

Volvió orgulloso. Y cuando Amada le ayudaba a descargar, le entregó una bolsa llena de vestidos. Eran para ella.

—Me dijo la marchanta que esta ropa es la que usan en tu pueblo, San Juan Chamula. Espero que sea verdad.

Amada no pudo hablar. El generoso gesto del kaxlan le recordó a Moll Julián, y a la blusa que él también le había regalado en su momento; un huipil bordado de Zinacantán.

Bonita la blusa, pero nunca la usó, porque era teca.

En cambio, las ropas que el kaxlan le entregaba, esas sí eran de su gente tzotzil: huipil corto, faldas negras con rayas azules y rojas.

Un rebozo. Amada sabía que con esos regalos, ambos hombres querían ganarse su afecto.

Eso le daba vergüenza. ¡Nada había hecho ella para merecer esos regalos!

A veces, Amada extrañaba a Moll Julián. Lo conocía desde niña, cuando recién habían llegado a La Victoria.

Harto arrebatado era y más testarudo que una mula.

A cada rato la buscaba a ella, fuera en el campo, en la cocina, ¡hasta al jacal la había ido a buscar un día!

El Tata, adivinando su propósito, no le había abierto las puertas.

Sin rodeos, pero con paciencia, le había recordado su lugar.

—La Amada ya está dada en mi pueblo, Moll Julián. Usté estará mejor tomando la mujer que sus padres le elijan. Escúchelos. Ellos saben más.

A Julián no le habían gustado sus palabras.

—Yo nomás la quiero a ella. La quiero de esposa —se defendió.

Pero el Tata igual no dio su bendición.