El hijo pródigo #3
Don Tomás había sido caporal en La Victoria por muchos años, hasta que un día perdió una pierna tras una caída en un barranco.
Por más que trataron de salvarla, no hubo manera de evitar la amputación.
En consideración por los años que había sido caporal, y para evitar cualquier problema legal que dicho accidente pudiera significar, los Schmidt le habían ofrecido el puesto de administrador en la Santa Rita.
Desde que asumiera esa responsabilidad la finca iba mejor, pero lo que la mantenía solvente era el trapiche.
Del jugo cocido de la caña se obtenía panela, melaza y otros productos.
El bagazo se usaba como combustible para la caldera y como alimento para los animales. Era un buen negocio.
Itzel regresó de la cocina con una taza humeante de café. Julián encendió un cigarro y se dispuso a saborear la bebida. Olió el café, observó su color y dando pequeños sorbos midió su sabor, la acidez, el cuerpo y el retrogusto. Don Tomás esperaba su dictamen nervioso.
—No está mal —decretó—. Mejor que la cosecha del año pasado.
—Eso mismo opino —replicó el administrador con alivio.
Hablaron de temas cotidianos: de la familia que don Tomás tenía en Tapachula, de su hija que pronto contraería nupcias con un hombre de buena familia, del tiempo, de las sequías y las lluvias y de la falta de manos.
Y cuando tocaron el tema del precio del café, local e internacional, Julián vio su oportunidad de abordar el asunto que consternaba a doña Elena.
—Dígame, don Tomás, ¿cómo andan las ventas?
—Bastante bien. Como sabe, aquí tenemos veinte mil hectáreas. El año pasado sacamos sesenta y un mil sacos de sesenta kilos de pergamino. Este año sacamos casi el doble. ¿No le mostraron mi reporte?
—No, no me lo mostraron, pero justamente por eso estoy aquí. Para que me ayude a entender las cuentas porque, según doña Elena, tiene rato que no cuadran.
—Ah, pero eso debe ser por todo el dinero que don Kurt ha estado retirando del negocio.
—¿Cómo?
—Si, señor. Mañana le muestro mis reportes, pero por lo pronto debe saber que tenemos una fuga de ingresos. Todas las bajas las ha hecho el señor Kurt. ¿Acaso no lo sabe doña Elena?
—No lo creo.
—¡Vaya! Eso sí que es noticia para mí. Y ahora ya me preocupó usted. El señor Kurt me aseguró que esas bajas estaban autorizadas por sus padres. Según dijo, eran fondos destinados a la compra de otros inmuebles.
Julián dudaba mucho de que Kurt hubiera comprado otros inmuebles. Si fuera el caso, ya se habría enterado. No, aquí el problema era otro y era obvio. Kurt se estaba malgastando los ingresos y ahora tendría que responder por esas bajas. Esa sí que sería una fiesta bonita.
En ese momento Itzel interrumpió la plática para avisarles que la cena estaba servida. Un aroma delicioso emanaba de la cocina. Julián sintió un hambre atroz.
—Estoy seguro de que hay una explicación para todo esto, don Tomás. No se preocupe. Pero hablemos mañana porque ahora mismo ya me está rugiendo la panza.
Tan pronto Julián regresó de Huixtla, fue a buscar a Adolfo Meyer.
Necesitaba corroborar lo que don Tomás le había compartido antes de dar su reporte a los finqueros.
El administrador ya cerraba su despacho y se disponía a descansar, pero una mirada le bastó para saber que lo que fuera que Julián tenía que hablar con él, no podía esperar.
Con Julián nada podía esperar. La paciencia no era una de sus virtudes.
— Guten Abend , Julián. Acompáñeme a cenar. Me regalaron un aguardiente que debe probar.
En la cocina Lupita les sirvió el trago, y se apuró a calentar el tasajo y las tortillas.
Julián bebió el aguardiente de golpe y de ahí encendió un cigarrillo, estirándose en la silla.
Tenía las piernas acalambradas por el viaje que había hecho a todo galope, castigando a la yegua.
El animal merecía mejor trato, se dijo, sintiendo un poco de remordimiento.
No era culpa suya que su hermano estuviera robando.
En cuanto acabara de cenar le llevaría unos trozos de manzana, decidió.
No había comido en todo el día y tampoco él.
El guiso de Lupita le despertó un hambre de perro.
Para calmar las tripas, le dio una chupada larga al cigarrillo.
—¿Cómo le fue con don Tomás? —le preguntó Meyer, intuyendo que por ahí iba el asunto que preocupaba al Mayordomo.
—De eso quiero hablarle. Doña Elena me pidió que revisara sus cuentas porque no cuadran. ¿Sabe usted por qué no cuadran?
—No, pero sospecho que usted me va a ilustrar.
—Kurt está sangrando el negocio. Está robando descaradamente. ¿Seguro usted no estaba enterado?
Una sonrisa desdeñosa apareció en el rostro del alemán.
—Todos sabemos que su hermano es un ratero, Julián.
Un ratero borracho y ludópata. El Picho tiene rato quejándose que don Kurt no paga lo justo.
Los caporales entregan las fichas, según las jornadas, usted como Mayordomo las autoriza, y el cajero las paga.
Aquí el problema es que, según entiendo, el cajero ha hecho buena mancuerna con don Kurt.
Recorta la paga de la peonada y se divide la diferencia con su hermano. Bonito negocio, ¿no le parece?
Aquello que el administrador sostenía era algo grave, pensó Julián. No era nada menos que un crimen. De repente todo tuvo sentido. Últimamente los peones lo miraban diferente, con el odio y rencor reprimido con el que miraban a sus opresores.
—Con razón la peonada me está mirando feo últimamente —dijo.
—Eso he visto. Andan encabritados y con justa razón. A ver si no se nos echan encima. Son capaces.
—¿Los patrones no están enterados?
—Por supuesto que están enterados. Yo mismo se los dije, pero no hicieron caso. El cajero sigue mal pagando las fichas y su hermano sigue recibiendo su parte.
Lupita se acercó con los platos calientes.
Julián se empinó sobre el plato y comió con ganas, desquitando su enojo con cada bocado.
El tasajo estaba bueno, pero no tan bueno como el de Amada.
El recordarla acrecentó su ira. Aquel había sido un día del carajo, pensó, pero mañana terminaría el atraco.
Ante él se cuadraban los caporales y ante él se cuadraría el amiguillo ese de Kurt, el cajero.
Mañana mismo lo correría. Nadie le iba a ver la cara de pendejo.