Tiempo de flor y de ceniza El hijo pródigo #2
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El hijo pródigo #2

En la ruta el cansancio se iba apoderando de Julián.

Había andado todo el día y la cintura comenzaba a dolerle por el vaivén de las ancas de la yegua.

Dirigió la vista hacia lo alto y observó que el cielo estaba cubierto de nubes oscuras.

Se avecinaba un chaparrón. No podía faltar mucho para llegar a Huixtla, se dijo, dándose ánimo.

El terreno ya pasaba de ser plano y fértil a mostrar lomeríos y cerros con atajos de terracería bordeados de palmas y ceibas.

Apretó los costados de la yegua para apurar su trote pero cuando llegaron a un arroyo, la yegua se detuvo y se negó a seguir.

Empezó a sacudir la cabeza con impaciencia.

Quería que le aflojaran las riendas para poder beber.

Él también tenía sed y hambre. Quizás aquel era un buen lugar para descansar, aunque fuera un ratito.

Desmontó y condujo a la yegua a un abrevadero para que saciara su sed.

Sacó del morral su jícara y la bola de pozol que le había empacado la nueva cocinera de la Casa Grande y se sentó sobre un tronco debajo de un ciprés.

Mientras el pozol se remojaba, extrajo la invitación de su chaqueta y la sostuvo cuidadosamente entre sus dedos, dándole vueltas.

Aquel sobre confirmaba las palabras de Kurt, pensó.

Don Guillermo nunca le daría sus tierras.

No era un hombre de palabra. Bebió su pozol con lentitud, tratando de entender su situación y los sentimientos que albergaba por su padre.

Recordó, como si fuera ayer, el día que don Guillermo lo había llevado a una escuela de paga.

Quería que Julián fuera entendido, le dijo.

Que hablara la castilla. Que aprendiera a leer y escribir y a hacer números.

Quería, más que nada, que algún día Julián pudiera recitar sus libros de poesía y deleitarlo con su lectura cuando él perdiera la vista.

Así resuelto, lo llevó a una escuela católica.

Julián iba vestido con sus mejores ropas y con los zapatos de cuero que su padre le había comprado para la ocasión.

Cuando llegaron, don Guillermo expuso su solicitud al director, un cura jubilado con rostro cacarizo. La respuesta del hombre no se hizo esperar.

—Lo siento, pero su hijo es producto de un mal pensamiento. No podemos aceptarlo en esta escuela.

Julián no entendía el significado de esas palabras, pero entendió perfecto el rechazo y repudio pintado en el semblante cacarizo del cura.

Nunca se había sentido tan humillado. Por su parte, don Guillermo no mostró expresión alguna.

Simplemente sacó unas monedas del bolsillo y se las alargó al sacerdote, pidiéndole que reconsiderara su decisión.

El cura se aflojó el cuello clerical. Sin dejar de mirar las monedas por fin carraspeó su sentencia.

—Todo sea en nombre del Señor. Pero le advierto, caballero, que el niño tendrá que sentarse en un rincón aparte. Las señoras no verán con buenos ojos que sus hijos se revuelvan con un cualquiera.

Su padre esbozó una sonrisa despectiva. Se guardó las monedas, lo tomó de la mano y se lo llevó de regreso a la finca.

No se volvió a hablar del tema. Poco tiempo después se presentó un tutor a La Victoria para darle clases por las noches, una vez acabados sus quehaceres.

Bajo su tutela Julián aprendió a hablar como la gente de bien, a leer, escribir y a hacer números.

Se aplicó lo mejor que pudo porque guardaba la ilusión de ganarse el cariño de su padre.

Pero en algún momento comprendió que eso nunca sucedería.

Para su padre, y para el mundo, él era un cualquiera.

Sentado junto al arroyo y bebiendo su pozol, Julián sintió de pronto que todos sus sueños carecían de sentido.

¿Para qué buscar a Amada si no tenía nada que ofrecerle?

No tenía ni un cachito de tierra en el que alzarle un ranchito y sembrar una milpa.

Mejor estaba ella como sirvienta en la Casa Grande.

Cuando menos ahí tenía un techo para ella y para su hermana.

Él no era nadie. Era el producto de un mal pensamiento.

Al entender su realidad, toda la rabia y el rencor de una existencia marcada por el menosprecio se apoderó de él.

Odiaba a su padre, sí, y más todavía, a su madrastra.

Lo tenían de esclavo. Pero no más, decidió tajante.

Hasta ahí habían llegado sus abusos. ¡No más!

No seguirían viéndole la cara de pendejo.

Le darían sus tierras por las buenas, o por las malas, pero se las darían. Era lo justo. ¡Se las había ganado!

Arrojó el resto del pozol al arroyo, limpió su jícara, y volvió a montar la yegua.

La lluvia arreciaba. Por fin, desde la loma divisó los primeros tejados de Huixtla.

Hacia allá se dirigieron y poco a poco las casas de carrujo y madera fueron apareciendo.

Cerca del pueblo comenzó a toparse con indios que salían de sus jacales cargando su tercio y desafiando el mal tiempo.

Niños barrigones lo miraban pasar con curiosidad desde la puerta de sus chozas.

Carretas tiradas por mulas avanzaban lentamente, cargadas con sacos de café y mercancía.

Cruzó la plaza del pueblo encharcado y se dirigió directo a la tienda de abarrotes del señor Tovilla.

Le entregaría la invitación y se marcharía tan pronto pudiera.

No quería perder tiempo en amabilidades con ese señor cuando todavía le faltaba ir a la finca Santa Rita para hablar con el administrador.

Por fortuna el señor Tovilla no estaba en la tienda. Julián sacó la invitación y se la entregó al hombre que despachaba, un anciano desdentado.

—Vengo a traerle este papel a su patrón —le dijo entregándole el sobre—. Me hace el favor de dárselo tan pronto regrese.

—Como no, señor —asintió el anciano—, pero ¿cómo dijo usté que se llamaba?

—Soy Julián Morales Toro, administrador de La Victoria. Pero dígale que es de parte de doña Elena Schmidt, la dueña de la finca.

—Anote aquí, patroncito, porque todo se me olvida —y así diciendo le alargó una libreta sucia y un lápiz despuntado.

Julián anotó su nombre y el de doña Elena.

—Tá bueno, pue, no se apure. Yo se lo doy.

—Una preguntita, oiga ¿de casualidad no ha venido por aquí una indígena que responde como Amada?

El hombre se puso a pensar, rascándose las pocas canas de su calva.

—No, pos no, señor. Acá vienen muchas indias, pero nadien que se diga llamar así. Ora sí le quedo mal. Pero mire usté ahí tantito stán los puestos de esa gente. Búsquela usté ahí, patrón. Capaz alguien la ha mirado.

Julián se despidió. Cruzó la plaza principal y se detuvo en los puestos de los chamulas.

Ellos, resguardados bajo lonas, remataban sus dádivas a las pocas personas que se atrevían a andar por ahí, desafiando el aguacero.

Pero por más que Julián preguntó por Amada y María, nadie le dio razón de ellas.

Al final, vencido y cansado, retomó el camino hacia la finca Santa Rita.

Quizás allá correría con más suerte, se dijo, pero en el fondo dudaba que las mujeres hubieran aguantado tanto camino que ni él mismo aguantaba a trote de yegua.

La noche caía espesa y el camino, convertido en lodazal, apenas se distinguía bajo la luz de una luna menguante.

El sonido de la lluvia golpeaba con fuerza los cafetales y se mezclaba con el murmullo del viento que movía los árboles.

En algún momento aparecieron a lo lejos las luces titilantes de la finca.

Apuró el trote de la yegua y esta cumplió fiel las órdenes de su jinete, cuidando de no resbalarse.

Cuando por fin llegaron a la entrada de la finca, los perros salieron de sus refugios ladrando.

Un hombre encapotado, sosteniendo una lámpara de petróleo, se acercó.

Era el caporal encargado de la vigilancia.

Cuando supo quién era, le abrió la reja de par en par y lo acompañó hasta la casa principal, iluminando el camino con su lámpara.

Al llegar, Julián desmontó y le entregó las riendas de la yegua.

Luego entró en la vivienda, empapado y exhausto, con el agua escurriendo por su poncho de hule y su sombrero.

Adentro lo recibió el cálido resplandor de una hoguera cuyas llamas bailaban suavemente, proyectando sombras en las paredes.

El olor a leña quemada se mezclaba con el aroma de café recién hecho y cigarro.

El administrador lo esperaba al calor de la hoguera, fumando su cigarrillo.

Al verlo, arrojó la colilla a las brasas y se incorporó con rapidez.

—Pase, pase, don Julián —lo saludó y enseguida, alzando la voz, convocó a su sirvienta—. ¡Itzel ven para acá, mujer! Agárrale la capa y el sombrero a don Julián y sírvele algo caliente. Seguro viene con hambre.

La sirvienta llegó apurada, secándose las manos en el delantal. Julián le entregó las prendas que chorreaban de lluvia.

—Muchas gracias. No le voy a despreciar un taco, señora. Y si me regala un café también se lo acepto. Huele muy bien.

—¿No prefiere usted un traguito para entrar en calor? —preguntó el administrador.

—No, prefiero el café. A ver qué tan bueno es el producto de esta finca, don Tomás.

—Por supuesto. Entonces tráigalo de la nueva cosecha, Itzel. Ya verá qué sabroso. Pero siéntese usted y póngase cómodo. Mire nomás cómo está de mojado. Ahora sí le agarró la lluvia refuerte.