Tiempo de flor y de ceniza El hijo pródigo
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El hijo pródigo

El sol caía a plomo sobre la ruta antigua hacia Huixtla.

Julián llevaba horas apremiando el trote de su yegua que desde hacía rato se miraba cansada.

Él también estaba cansado y para mantenerse al tiro, pensaba en Amada.

Quizás era cierto lo que decían por ahí: que Amada lo tenía embrujado.

Quizás, pensaba, su hermana María la había ayudado a preparar un menjurje para hacerle un «amarre de amor».

¿De qué otra forma podía explicarse que habiendo tantas mujeres que con gusto aplacarían sus necesidades, él seguía enculado con ella?

Sí, seguramente Amada lo había «endulzado» como decían los indios.

Además, oportunidades no le habían faltado.

Antes de que se huyera, iba casi a diario a buscarla a la cocina de la Casa Grande.

Ahí, Amada siempre le convidaba algo: un guiso recalentado, unas tortillas calientes, un café.

Él nunca le despreciaba nada y mucho menos un café que, servido por ella, le sabía a un abrazo en taza.

Sin duda ahí en esa cocina, entre los aromas deliciosos que salían de sus ollas, le había echado su pócima sin que él se diera cuenta.

Seguro que por eso andaba como un pendejo, sin ganas de comer, de dormir.

¡Sin poder pensar! ¿Por qué seguía peinando cerros, bosques y cuevas cuando a nadie le importaba el paradero de esa mujer?

¿Y por qué carajos no podía encontrarla?

Él, Julián Morales Toro, se conocía cada recoveco de esos montes como la palma de su mano.

¡Nunca se le había pelado un indio! No, pue.

Ni siquiera el Tuerto. La gente creía que ese cabrón se le había pelado, pero no.

Si andaba suelto era porque él, Julián, lo había dejado escapar.

Mientras más lejos estuviera ese tipejo, mejor.

El camino a Huixtla era la única ruta que a Julián le faltaba por recorrer en su afán por encontrar a Amada.

Era una mezcla de llanura costera y de montañas de la Sierra Madre.

Un poco más allá, al norte, los Schmidt tenían otra finca, la finca Santa Rita.

Era más pequeña que La Victoria y producía menos café, pero seguía siendo un buen negocio gracias a la caña, que en esas tierras cálidas y húmedas crecía solita, como hierba.

Huixtla era otro pueblo de indígenas y mestizos, como tantos, aunque también vivían ahí algunos españoles.

Hoy, justamente, Julián tenía que ir a ver a uno de esos españoles, al señor Tovilla.

Era amigo de los Schmidt y dueño del abarrote que abastecía a las fincas de los alrededores, incluyendo la Santa Rita y La Victoria.

En su tienda vendía productos que no se encontraban en otros lados: arroz, sal, velas, jabón y herramientas.

A él tenía que entregarle un mensaje de doña Elena.

—Necesito que le des esto al señor Tovilla —había ordenado su madrastra, alargándole un sobre sellado—.

Es la invitación para la fiesta de Kurt.

Le dices que no puede faltar. Y cuando acabes, me haces el favor de ir a Santa Rita a hablar con el administrador.

Que te explique bien sus reportes. Hace tiempo que sus cuentas no cuadran.

Julián aceptó el mandato sin objeción. Le daba la oportunidad de recorrer la zona y buscar a Amada.

Era la temporada de floración y su presencia en la finca no era indispensable.

Además, ahí estaba el meco ese, el tal señor Wolf, o Míster Lobo, como lo apodaban los pizcadores.

Él sabría lidiar con cualquier imprevisto.

Estaba resultando útil el güerito, aprendía rápido y se portaba a la altura y sin remilgar a cualquier tarea que le asignaba.

Todo estaría bien bajo su guardia mientras él atendía el asunto que, por lo visto, era prioridad para la patrona.

A Julián esa fiesta le parecía una ridiculez, un derroche de dinero que bien podría usarse para asuntos más apremiantes como la poda, el chapeo, el abono y los riegos.

Pero allá doña Elena si quería pasar vergüenzas.

Julián sabía que algunos de los convidados se burlaban de ella a sus espaldas.

¿Dónde se había visto tanta bulla por la llegada de un hijo?

¡Ni que estuviera regresando de una guerra, pues!

Al mismo Kurt le molestaba ese capricho de su madre.

Eso se lo había dicho a Julián apenas el día previo cuando, sin planearlo así, coincidieron en la tienda de raya.

¿Qué carajos estaba haciendo ahí Kurt?, se preguntó Julián.

Bien pudo haber mandado a cualquier kerem a comprar sus necesidades.

En la tienda, detrás del mostrador mugriento, un tendero con una camiseta manchada de grasa, atendía a una india, regateando el precio del frijol que la mujer compraba.

El tendero tampoco se esperaba la visita del mero patrón.

Terminó la negociación con la indígena y rápido atendió a Kurt.

—¿Busca algo pa la fiesta, patroncito? Nomás me dice usté qué ocupa y orita mesmo se lo mando. No es preciso que venga hasta acá, pue —le dijo.

—Ni me menciones esa payasada —contestó Kurt, claramente fastidiado con el tema—. Vengo por una botella de posh . Dame la que tengas.

Por lo visto era verdad lo que se rumoreaba por ahí, pensó Julián.

Que Kurt le había agarrado gusto al chupe, y que los patrones, percatándose del problema de su hijo, habían dado órdenes estrictas de que nadie le diera aguardiente.

En las fincas los indios se enviciaban con aguardiente y los lunes no llegaban a trabajar, cuidándose la cruda.

Los alemanes no. Nunca se les veía borrachos.

Al parecer Kurt era la excepción y por eso estaba ahí, pensó.

¡Qué bajo ha caído que hasta acá viene por su chicha !

El tendero le entregó la botella a Kurt y la anotó en la libreta de las deudas. Luego volvió su atención a Julián.

—¿Qué va a llevar usté, Moll Julián?

Por primera vez, Kurt notó la presencia de Julián. Sus miradas se cruzaron. Kurt percibió censura en los ojos severos de su medio hermano.

—Esa maldita fiesta debería de ser para ti, Julián —le dijo, recalcando su desacuerdo—. Tú sacaste la cosecha. A ti deberían agradecerte. No a mí.

Ha de estar bolo, pensó Julián, de otra forma no diría esas pendejadas. ¿O acaso se estaba burlando de él?

—Yo sé mi lugar —replicó—. Sé quién soy. No quiero ni necesito aplausos de nadie.

Kurt esbozó una sonrisa mordaz. Abrió la botella y se la empinó.

—La misma sangre corre por nuestras venas, Julián, no lo olvides. Y aunque no te guste, somos lo mismo tú y yo.

—Se equivoca usted —contradijo Julián. Y midiendo sus palabras agregó—: Yo soy el hijo mal habido. Usted es el hijo reconocido. No somos lo mismo.

Kurt parpadeó. Eso que acababa de decir Julián era la cruda verdad.

De niños sí habían sido hermanos cuando correteaban a la burra por toda la cuadra, atrapaban cangrejos en el riachuelo o espantaban a las muchachas en la cocina soltándoles un ratón de campo.

Pero tan pronto entraban a la Casa Grande, sus padres se encargaban de marcar las diferencias y destruir cualquier amor filial que existiera entre ellos.

Julián comía en la cocina y Kurt en la mesa vestida con mantel de lino.

Julián dormía en su petate con la servidumbre y Kurt en una cama suave en su propio cuarto.

Julián tenía quehaceres, y durante la pizca trabajaba arduamente cortando cereza, aunque lloviera o hiciera frío.

Kurt, mientras tanto, tomaba clases de piano. Julián tenía razón, no eran lo mismo.

Tomó otro largo trago.

—Dime algo, Julián, ¿estás contento con tu trabajo?

¿A qué venía esa pregunta?, se preguntó el aludido.

Kurt jamás había mostrado interés en la finca ¿qué carajos podía importarle si estaba contento, o no, con su chamba?

Sintió ganas de marcharse y dejarlo ahí hablando solo.

Él no tenía tiempo para comadreos inútiles que no llevaban a nada.

Pero lo pensó mejor. Quizás ese era el momento preciso para registrar su queja.

Kurt era el heredero legítimo de las tierras y quizás en un futuro podría hacer algo para enderezar las cosas.

—Me tratan bien, pero me molesta que me prometieron tierra desde hace años, y es la hora que no me la dan.

Kurt arqueó las cejas, sorprendido.

—¿Quién te prometió tierras?

—¿Cómo que quién? Tus padres, pues.

—¿Mis padres? Entonces yo que tú no me confiaría, Julián. Mi madre, sobre todo, maneja la honestidad a su conveniencia. Eso tú lo sabes mejor que nadie. Siento decirlo, pero dudo que te cumplan.

Con ese último comentario Kurt le había dado la espalda y se había marchado, agarrando bien su botella.