Tiempo de flor y de ceniza Tiempo de flor #4
76%

Tiempo de flor #4

—¿Cuándo, padre?

—¿Cuándo qué?

—¿Cuándo recibiré la recompensa? Porque si vos me preguntás, ahora mismo sería un buen momento. El cafetal ha floreado como nunca, vos lo vio, pero nos urge capital para sacar la cosecha.

El sacerdote hizo a un lado su calabaza.

—De eso también quería hablarte, hija. Estuve donde doña Elena antes de venir a verte.

En La Victoria todo va de maravilla. Ya llevan varios años de buenas cosechas.

No les faltan manos, y ahora menos gracias al nuevo caporal, un joven norteamericano muy capaz, por cierto.

El trapiche les ha resultado una buena inversión. La panela se vende como pan caliente.

—Mirálo tu mundo, pues. Bien por ellos —comentó, preguntándose a dónde iba con esa plática el cura.

—Entre otras cosas doña Elena me hizo saber que su hijo, Kurt, los está ayudando a comprar más fincas. Me hizo saber, además, que está al tanto de tus penurias. Mañana vendrá Kurt a hacerte una propuesta de compra.

—¿Cómo? —exclamó, asombrada.

—Sí, por eso estoy aquí, hija. Para que sepas que doña Elena está tratando de ayudarte.

—¡Mirá vos qué generosa es doña Elena! —exclamó con desdén, tratando de contener su furia—. Decíme padre, si es tan buena persona, ¿por qué no me presta dinero para sacar la cosecha? Sepa vos que hace unos días se lo pedí y me lo negó.

—En estos tiempos ya no me sorprende nada de ella, hija. Me imaginé que ese era el caso, por eso quise venir a prevenirte de lo que está planeando.

Justo entonces se escucharon los ladridos de la Perra. María y Jerónimo venían detrás, corriendo. Entraron estrepitosamente a la sala y Jerónimo comenzó a recitar su disculpa de inmediato.

—Perdón, doña Esperanza, no volverá a pasar. ¡Se lo juro! Es que se nos fue el tiempo, pues, y cuando vinimos a ver, ya estaba la luna hasta arriba.

María nada dijo. Simplemente se acercó y le entregó las flores que habían cortado a la carrera en el descenso. Sabía que esas, las más bonitas, le gustaban mucho a la patroncita. Se llamaban «donpedro» o «dondiego de día», eran tallos con capullos color del cielo y oro.

Esta niña siempre tiene detalles hermosos, como ése, pensó Esperanza, sintiéndose conmovida por el gesto. En esos ojos ambarinos, grandotes, se notaba el cariño.

Justo entonces María se percató de que el señor con el que hablaba doña Esperanza era el padre Camilo.

Feliz, corrió hacia él, se hincó y le ofreció su frente para que se la tocara con los tres dedos de su mano, como era su costumbre.

Al sacerdote le dio igual gusto de ver a su protegida.

Alzó la mano temblorosa para bendecirla y en cuanto tuvo contacto con la niña, dejó de temblar.

No cabía duda, pensó, admirado, María tenía el don de la sanación, igual que su Tata.

—¿Por dónde andabais, niños? ¡Nos teníais acongojados! —dijo, guiñandole un ojo a Esperanza—. Y tú, hija, alabado sea el Señor ¡qué repuestita estás! Tú también has crecido, chaval. ¡Cuánto os ha ayudado el aire de la montaña!

—Juimos al monte a buscar las flores de la patrona —mintió Jerónimo—. Pero aquí estamos ya. Y estamos buenos como ven. La Perra nos protege, pues. ¡Vieran qué linda la luna!

El sacerdote se dirigió a Esperanza.

—Si me lo permites, hija, quiero que María me lleve a ver esa luna. Hay algo que debo hablar con esta hijita de Dios.

—Andá, pero no se me pierdan, padre. Vení prontito a cenar.

Mercedes le arreglará a vos un cuarto para que se quede la noche.

No le voy a permitir, de ninguna manera, que se regrese, por muy llena que esté la luna, ni por bueno que sea Anastasio, su cochero.

A él también le daremos posada —y así diciendo, convocó a Mercedes para darle órdenes.

El padre Camilo asintió y le extendió el brazo a María.

—Venga, hija, ayúdame a pararme y camina un poco conmigo. Tengo las piernas tiesas de tanto viaje.

Y apoyándose del brazo de la pequeña, salieron a ver la luna.

El sacerdote no perdió el tiempo para darle la buena noticia.

—Vi a tu hermana hace unos días. Me pidió que te dijera que pronto vendrá por ti.

El semblante de María cambió. La dicha y la esperanza llenaron sus ojos raros.

—¿Amada? ¿Ónde está? ¿Buena está?

—No puedo decirte dónde está, hija. Está escondida en un lugar seguro. Te aseguro que está bien.

—Vamos voy con usté a verla, padre. ¡Lléveme, por favor!

Al sacerdote le dolió ver el rostro angustiado y suplicante de María, con esos ojos suyos tan raros, cargados de lágrimas.

—Pronto será, hija, pronto será. Por ahora tendrás que seguir portándote a la altura. Sigue siendo comedida y respetuosa con doña Esperanza. No la hagas pasar disgustos. Bastante tiene que le preocupe. Oremos por ella para que el Señor la proteja y la ayude a tomar buenas decisiones.

María no quiso decirle que ella ya había hablado con los dioses. Y que ellos, así como le habían concedido su ruego de ver a su hermana, ¡pronto sería!, así también protegerían a doña Esperanza. Los Señores de la Montaña alejarían todo mal de ella. Buena era esa señora.