Tiempo de flor #3
Esperanza comenzó a disfrutar de su estancia en la finca.
Poco a poco se iban borrando los recuerdos de su triste vida con Efraín.
Hoy, cuando recordaba a su difunto marido, solo sentía lástima.
Además, con tanto que había que hacer, no tenía tiempo de rememorar el pasado.
Su atención era requerida en todo momento con asuntos que apremiaban: imprevistos del clima, pleitos entre peones, robos de herramientas, gestiones económicas para cubrir los gastos.
A cada hora había algo que atender y que resolver.
¡Nunca había tenido que trabajar tanto! No obstante, y a pesar de la responsabilidad y angustia que implicaba ser finquera, ella cada día se sentía más feliz.
Al despuntar el alba, cuando los cenzontles se arremolinaban en la cercana arboleda y la saludaban con sus trinos melodiosos, disfrutaba como nunca la hora de su café con pan.
No se cambiaba por nadie. Lo mismo sucedía al atardecer cuando la sombra caía sobre su jardín.
Ya no era un almácigo, y tampoco un almacén.
Aquel espacio tan suyo volvía a ser su edén, su lugar sagrado lleno de flores, macetas y jaulas de canarios estrepitosos que cantaban sin cesar.
Por la noche, enfrente de la hoguera, los niños y Merceditas la ayudaban a tejer canastas con las varas del «bejuco arpón» que María y Jerónimo traían del bosque.
A veces tomaban atole, otras veces, chocolate.
El mismo Luciano, siempre callado, los acompañaba y atendía el fuego, sonriendo de vez en cuando.
Era el único momento de descanso que se permitía.
Sí, Esperanza le había agarrado gusto a la vida de finquera.
Y haría lo que fuera necesario para mantener la propiedad.
Para sobrevivir a la cosecha previa, Esperanza había vendido todas sus pertenencias, excepto su máquina de coser.
Además, rentó la casa de Tapachula. El inquilino era conocido suyo, un hombre decente y generoso que, comprendiendo su precaria situación, accedió a darle seis meses de anticipo.
Con ese pequeño capital, Luciano había hecho milagros para cubrir los gastos del corte: la mano de obra, la alimentación de los pizcadores, la compra de los sacos, canastos, tijeras y guantes y el transporte al centro de acopio del poco café que se había cosechado.
De alguna manera habían logrado sobrevivir esos meses de ansiedad.
Pero al final, el resultado fue como Luciano lo había predicho: pocos sacos.
Apenas suficientes para pagar los gastos.
Hoy la situación era diferente. Gracias a la lluvia, las matas reventaban en flor.
Era como si despertaran de una larga pesadilla.
Con la ayuda de Dios, este año las bodegas se llenarían del preciado pergamino.
Pero antes de ello, urgía volver a la tortuosa y desagradable faena de gestionar recursos económicos para la pizca.
—Vamos a necesitar muchas manos —comentó él, como leyéndole la mente.
—Que no te preocupés vos, Luciano. Pediré un préstamo al agiotista y esta vez, cuando vea la floración, no se negará. Tonto no es.
Luciano no quiso contradecirla. No ahora. Ese era el momento de celebrar y no de angustiarse. A cada momento su solución, se dijo.
Cabalgaron de regreso a la Casa Grande sumidos en sus propios pensamientos.
Al acercarse al establo desmontaron y amarraron a los caballos.
Por primera vez se percataron de una carreta.
Era la carreta de Anastasio, el hombre que hacía recorridos frecuentes por las fincas.
¿Qué estaba haciendo ahí?, se preguntó Esperanza extrañada.
Nadie lo había llamado. Miró alrededor, buscándolo, sin hallarlo.
Cuando entraron en la casa tuvo su respuesta. El padre Camilo estaba sentado en un banco de la cocina, tomando café. Merceditas le atendía, pero de mala gana. Nunca le había tenido cariño ni respeto al sacerdote.
Esperanza se acercó a saludarlo.
—¿Ideay, pues, padre, por qué no avisó vos que vendría? No tenemos mucho, vos lo sabés, pero voluntad no nos falta de atenderlo como merece. ¿Tiene hambre? ¿Qué le ofrecemos?
El sacerdote la saludó dándole su acostumbrada bendición.
—He comido antes de partir, hija, no apetezco nada que no sea vuestra compañía —y al decirlo giró hacia Luciano y estrechó su mano.
—Pasá a la sala, por favor, padre —dijo Esperanza—. Mercedes, serví un poco de calabaza. Vos sabés cuánto le gusta al padre. ¿Qué tomás vos, Luciano?
Luciano comprendió que el cura había viajado a la finca para hablar con Esperanza, no con él.
—Me tendrán que disculpar —dijo despidiéndose—, pero tengo un asunto que atender.
Esperanza condujo al sacerdote a la sala. Señaló una mecedora de mimbre para que la ocupara y ella misma se sentó en el sofá. En breve llegó Merceditas para entregarle al cura su postre.
—Decíme, pues, padre, ¿a qué se debe el honor de su visita?
—Quería saber qué razón me das de María, hija. No me habrá dejado mal contigo esa niña, ¿o sí? Me prometió ser comedida y respetuosa.
—No tengo queja de ella. Es más, le hemos agarrado cariño. Incluso Mercedes que, como vos sabe, es una persona difícil de complacer.
—Me alegro de saberlo. He estado preocupado por ella y por ti. Y agradezco que estés dispuesta a tenerla. El Señor recompensará tu bondad.