Tiempo de flor y de ceniza Tiempo de flor #2
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Tiempo de flor #2

—¡No te eches nomás pazguata! —la regañó—.

¡Tenemos que hacer algo! ¿Qué tal que no despierta?

¿Qué tal que los dioses se la roban? ¿Y si son brujos?

¿Y si se la comen? Ay, Virgencita ¿por qué nos haces esto?

Viste que le dije a esta chamaca que no viniéramos.

Que mejor te rezara en la capilla, pues. ¡Pero terca es!

Caminó en círculos, tratando de calmarse.

Quizá debería bajar corriendo a buscar ayuda.

Quizás precisaba traer a alguien antes de que a María le agarrara el mal de la montaña.

Pero y luego, si la dejo, pensaba ¿qué tal que viene el jaguar y se la come?

¿Qué tal que me pierdo en el camino de vuelta como ella dijo? ¡El jaguar nos comerá a todos!

En eso estaba, debatiendo qué hacer, cuando se acordó de lo que había escuchado en boca de su madre: que cuando María lo sanó a él, cuando le regresó el alma al cuerpo, igual se durmió.

Perdió el juicio. Nadie pudo despertarla.

Mero después cuando volvió en sí, asegún le contaron, se puso cabal, como si nada hubiera pasado.

Quizás igual aquí. Quizás María estaba regresando el alma de alguien, y ya pronto se le quitaría el soponcio.

Así esperanzado, se sentó junto a la Perra a esperar y trató de pensar en cosas bonitas para darse valor y espantar el miedo.

Recordó que esa no era la primera vez que iba al bosque con María.

Nunca se habían adentrado tanto, eso no, ni trepado tan alto, pero hartas veces se habían escapado al monte.

Cada vez que era día de «soltar el azadón», o sea, día de asueto, se escapaban de la finca y nadie daba razón de ellos hasta la hora del mosco.

Tenían permiso de andar sueltos siempre y cuando regresaran antes de que oscureciera.

Esos eran días felices, rastreando los alrededores.

Siempre aprendía algo de María. ¡Sabía tanto!

Aprendió a pescar cangrejos de agua dulce y prepararlos con sal.

Aprendió a envolverlos en hojas blancas, antes de enterrarlos en las cenizas calientes para guisarlos.

María le había mostrado, también, a comer las «jícaras de mono» una fruta que tenía muchas semillas, de pulpa agridulce.

Las llamaban así, le dijo, porque era la fruta favorita de los monos.

Por ella sabía cortar «bejuco arpón» para hacer canastas con sus varas.

A veces se entretenían persiguiendo «cuatetes», esas pequeñas iguanas que no nadaban, sino que corrían al atravesar el agua clara de las pozas.

En la arboleda siempre encontraban algo interesante, ¡hasta en los rastrojos había flores!

Después de corretear todo el día, regresaban a casa con su carga de semillas, bejucos, helechos, chapón y tal vez, palmas enanas.

Jerónimo nunca había sido tan feliz como lo era en esa finca.

Aunque tuviera que pizcar. Aunque el capataz lo regañara por ser lento.

Si por él fuera, se quedaría a vivir en La Concepción por siempre.

María seguía dormida, pero su rostro estaba sereno y eso lo tranquilizó.

—Más vale que te despiertes pronto —le dijo impaciente—. Ya va a comenzar la hora del mosco. Y más vale que sepas que si no te despiertas, me voy. La Perra también. Ái que te coma el jaguar.

La Perra, al escuchar su nombre, alzó las orejas y miró a su amo, pero pronto perdió interés y regresó su atención a la niña.

Por fin, después de lo que a Jerónimo se le hizo una eternidad, María abrió los ojos. En su mirada ambarina había una extraña luz. La Perra se le acercó meneando la cola y ella alzó la mano y la acarició lentamente reconociendo su entorno.

—¡Ya despertaste! —exclamó Jerónimo, con gran alivio.

La niña estaba sudada y tenía las mejillas arreboladas.

—¿Hablaste con los Señores? ¿Qué querían? —preguntó Jerónimo.

—Nada recuerdo. Nada —contestó ella. Y era verdad, ni siquiera recordaba el canto que la había dormido.

María miró el cielo que comenzaba a obscurecer y comenzó a guardar de nuevo en el morral los enseres que había sacado.

—Ya no precisa rezar. Habrá buena cosecha —aseguró—. Doña Esperanza no va a sufrir más. Tons vámonos pa atrás. ¡Púrate, pue!

No se lo tuvo que decir dos veces. Jerónimo estaba más que listo para irse de ese lugar peligroso.

Los niños bajaron por la misma brecha que los había entregado a la cima.

Adelante iba la Perra rastreando zarigüeyas, sorprendiendo armadillos y sacándolos de sus agujeros, y acorralando mapaches que siempre se escapaban, trepándose en los árboles.

Viendo al animal, María sintió un poco de envidia.

Qué ganas de andar como la Perra ¡libre!

, sin más quehacer que correr aquí y allá descubrien do recovecos, raíces o arroyos.

Qué ganas de tener tiempo para desperdiciar.

Ella solo quería ser una niña cualquiera y no ser h’ilol .

No quería tener que sanar. Solo quería jugar y corretear por el monte con la Perra y con Jerónimo todo el día, hasta que le ardieran las piernas.

El tiempo de sequía se había prolongado y Esperanza llegó a pensar que todo estaba perdido.

En lo que llevaba el mes, no había caído ni una sola gota de agua del cielo.

Ahora sí tendrían que vender la finca, pensaba con amargura.

No soportarían otro año más de mala cosecha.

Pero gracias a Dios y a la Virgencita Morena, hoy por fin habían llegado las primeras lluvias y con ellas, la bendita floración.

Ahora mismo, al ver ese campo blanco, como si hubiera sido espolvoreado con cal, su alivio era enorme, aunque no tan grande como el de su administrador, Luciano, que cabalgaba a su lado.

—Mientras siga el clima así, cálido y húmedo, las plantitas responderán. Ya verá — apuntaba el italiano.

El sol caía y pronto oscurecería. Recorrían el cafetal a caballo y Luciano, desde su yegua, le mostraba con gran orgullo el resultado del trabajo arduo que los había ocupado esos últimos meses.

El hombre que casi nunca sonreía, ahora sí no podía ocultar su gozo.

Hasta se miraba guapo cuando estaba contento, pensó Esperanza.

Se sentía agradecida con él. El hecho de que fuera tan serio y callado se le perdonaba porque era un hombre competente que a todo le entraba.

Luciano no dudaba en arremangarse y ensuciarse las manos y las botas cuando era necesario.

No era remilgado, pues. Muchas veces lo había visto trabajar hombro a hombro con los peones y los acasillados haciendo las labores propias de la limpia: preparar el semillero, cuidar los brotes de soja como si fueran los ojos de Cristo, trasladar los soldaditos al almácigo y nutrirlos con agua y fertilizante.

Gracias al buen criterio de Luciano para seleccionar las plántulas más fuertes, ahora ahí estaban, floreando de lo lindo.

Sí, Luciano era la salvación de esa finca.

—Estas son las nuevas plantitas, señora, vea qué bien pegaron. Todas las matas, viejas y nuevas, prometen buena cosecha.

—Sos totoreco, Luciano. Si vos hablás con las matas entonces decíles que no prometan y que cumplan —replicó ella—. Vos sabés lo ingratas que fueron con la cosecha pasada. ¡Lo que sufrimos!

Era cierto. El año previo la pizca había resultado escasa. Un fracaso. Luciano se lo había advertido incluso antes del tiempo de pizca, pero ella se había obstinado.

—Conseguiré el varo, vos no tenés que preocuparte —le aseguró.

El administrador había mantenido un respetuoso silencio, como siempre. Y ella, ante la verdosa mirada que tanto la enervaba, aprovechó para disipar cualquier ilusión que el hombre pudiera albergar añadiendo:

—Y escucháme bien, Luciano. No voy a aceptar propuestas indignas ni de usted, ni de nadie. ¿Entendés? No volveré a casarme. Primero muerta.

Desde aquel día el tema no se volvió a tocar.

Esperanza agradeció que Luciano aceptara su rechazo con dignidad y sin resentimientos.

Y para su sorpresa, a partir de ese momento, la relación entre ellos se volvió más agradable.

Menos tensa. Cada uno volvía a ocupar su lugar propio, ella de patrona y él de empleado.

No obstante, algo intangible pero importante había cambiado para Esperanza.

Ahora entendía que el interés de su administrador por ella, y por la finca, era genuino y desinteresado.

Por su parte, Luciano comprendía y aceptaba que Esperanza todavía sufría por la traición de su marido.

Nadie mejor que él sabía lo difícil que era volver a confiar.

Volver a amar. Sobre todo después de una gran decepción.

Lo bueno era que él no tenía prisa. Confiaba en que algún día se ganaría el corazón dañado de Esperanza.