Tiempo de flor y de ceniza Tiempo de flor
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Tiempo de flor

María ascendía hacia ese lugar sagrado justamente para honrar a esos dioses: los dioses de la fertilidad, el viento, la lluvia y el agua que habitaban en cuevas y ojos de agua.

Para ello llevaba a cuestas su morral lleno de enseres.

Iba a rezar. Quería que las deidades se pusieran contentas con sus ofrendas para que llenaran las galeras de esa finca con pizcadores.

Para que los sacos reventaran con harto grano.

Quería, además, que ayudaran a su nueva patroncita, doña Esperanza, para que se le borraran los surcos de zozobra que mostraba su frente.

Tan bonita ella. Buena también. ¡Qué diferente era doña Esperanza a doña Elena!

Doña Elena maltrataba a quien tuviera a su alcance con cualquier pretexto.

En veces, cuando se ponía rabiosa, hasta usaba el cepo.

María ahora se daba cuenta de lo poco que se daba de comer en La Victoria.

Pura tortilla dura daban allá. El frijol lo servían lleno de piedras y basura.

Con gorgojos. Y luego no pagaban las fichas y la gente ¿qué podía hacer?

Por más que se quejaban con el planillero, y con el municipio pa que les dieran sus monedas, ¡nada hacían ellos!

La palabra del ladino era más fuerte que la palabra del indio.

El hambre mordía la panza. Por eso la gente acababa creciendo su deuda en la tienda de raya, o pidiendo de fiado al habilitador, y luego no podían desquitar la deuda por más que trabajaban.

En cambio, aquí, en La Concepción, doña Esperanza era generosa.

A pesar de la escasez que estaban viviendo, daba harta tortilla caliente y frijol limpiecito.

Pagaba en tiempo lo justo. Trataba a la gente con respeto.

Seguido daba regalos, aunque no fuera fiesta: una camisa, un pantalón o zapatos.

Era buena, pue. Merecía que los dioses- Chauk bendijeran su finca.

Rezaría para que así fuera. Sobre todo, rezaría con fuerza por su hermana.

Que los dioses le abrieran a Amada el camino hacia ella.

Ya habían sido muchos días. Necesitaba abrazarla.

Resuelta, siguió subiendo, pero con pasos lentos.

Jerónimo venía atrás de ella y tras él, la Perra.

Esa mañana lo había convencido para que la acompañara.

Él nunca había visto el cafetal floreado.

Tenía que verlo, le dijo. Tenía que ver ese manto blanco desparramado sobre las plantitas y oler el aroma azucarado de sus estrellitas.

—¿Pero por qué hay que ir hasta allá, tan arriba? —alegaba él, renuente—. Aquí mero las huelo, pues. ¿Qué gana uno subiendo tan alto?

—Allá arriba oyen mejor los dioses —respondió ella—. Hoy es jueves. Hoy abren las puertas de sus casas y atienden favores. Vamos voy a rezar.

El terreno se inclinaba más y era preciso prenderse hasta con las uñas para no irse pa atrás.

Jerónimo subía despacio, apoyándose en piedras, agarrándose de raíces y troncos y parándose a cada rato a tragar aire.

La Perra seguía sus pasos, cuidando que su amo no se resbalara.

Qué poco rendía ese muchacho, pensó María, al verlo subir.

A pesar del frío, estaba sudadito. No sabía encallar los caites, pue.

Tampoco era bueno pa la pizca. Cuando lo mandaban a cortar, el capataz nomás se la pasaba gritándole: «¡Jaragán inútil!

», y no sin razón. Cortaba mal las cerezas, antes de que colorearan, desperdiciándolas.

Mejor fuera que le dieran tareas en la Casa Grande, pensaba María, pero él siempre se negaba.

Aunque lo regañara el caporal, prefería andar suelto en el monte como cabra, retozando con ella y con la Perra.

En cambio, la Perra, ella sí era buena pal monte.

Ahí venía, subiendo ágil, sorteando sin dificultad las amenazas de la tortuosa vereda.

En una parte plana y estrecha de la subida María se detuvo a esperar a su amigo.

Cuando la emparejó se adentraron entre árboles muy altos en los que formaban alharaca las guacamayas y los loros.

El escándalo hizo sentir a María como si estuviera de vuelta en La Victoria.

Todo le recordaba a ese lugar, el único hogar que conocía: el ruido, el olor a campo mojado, las plantitas, los arroyos.

De las ramas de los árboles colgaban orquídeas, bejucos y helechos.

A sus pies, la tierra cubierta con hojarasca crujía con cada paso.

Era tierra espesa y rica con su propio olor.

Ninguna otra tierra olía como la tierra de un cafetal.

Ahora, ahí mero en ese atajo, se cortaba la maleza para que la luz pegara bonito a los cerezos, pero siempre dejaban algunos árboles para que dieran sombra a los cafetos.

Al llegar a la cumbre, María dio una vuelta en círculo, abrió sus brazos y abrazó el panorama.

—Aquí estamos —dijo orgullosa de regalarle tanta belleza a su amigo.

Jerónimo miró el campo con la boca abierta.

—¡Ahora sí estará buena la pizca! —exclamó, feliz.

—Sí. Ahora sí las plantitas reventaron bonito con hartas estrellas —asintió ella—. Pero si don Luciano no engancha gente, de nada servirá. La cereza se pudrirá en la baya. Triste es ver el grano arrugarse en su mata.

—No podemos dejar que eso pase —dijo él vehemente.

—No, pue. Por eso vamos voy a rezar —y así diciendo, comenzó a sacar los enseres de su morral.

Justo entonces se escuchó un canto.

—¿Eso qué es? —preguntó María, extrañada.

—¿Qué? ¿Dónde?

—Shhhhh. State quieto y oye bien —le ordenó.

Pero lo único que Jerónimo escuchaba eran los latidos de su corazón desbocado después de la subida.

María, por su parte, advertía un canto que parecía salir de la boca del volcán.

Los cantores tenían una voz grave, hipnótica.

Son los ángeles- aj’elitik ¿será? se preguntó.

Son los dueños del lugar- yajaval que venían a castigar ¿será?

O los pukujs , esos seres maléficos tan temidos en la montaña ¿será? Esta última posibilidad la angustió.

—¿No oyes esa música? Abre bien las orejas. Abre tu alma- ch’ulel también.

Jerónimo no sabía cómo abrir su alma, pero aguzó los oídos para complacer a su amiga. Y no. Solo escuchaba el silbido del viento alebrestando las ramas de los árboles. Los pájaros ya huían, echando vuelo, emitiendo chillidos de alarma. Algo raro sucedía, cierto, pero ¿qué?

—No, no oigo música, no oigo nada.

La Perra comenzó a ladrar apuntando la nariz hacia la cima de la montaña, de donde provenía el canto.

—¿Viste? hasta la Perra los oye —insistió ella—. No stás poniendo atención.

—Eso no es verdá. La Perra ladra así cuando tiene miedo. Y orita ya me pegó el miedo. Stá muy bonito aquí pero mejor vámonos.

Una sensación tibia y grata comenzó a abrazar el cuerpo de la niña.

Ella inmediatamente la reconoció. Era preludio de la presencia divina.

¡Sí, eran ellos! Los Señores de la Montaña.

Los mismos que la habían llamado en sus siete sueños para ser h’ilol .

¿Por qué acudían a ella ahora, sin que los hubiera llamado?

¡Todavía no comenzaba a rezar! Además, no quería mirarlos de nuevo, no.

Solo quería honrarlos pa que ayudaran con la cosecha.

Rezarles como el Tata le había enseñado a rezar.

Solo eso. Verlos, no. Pero ahí venían ellos cantando, acercándose más y más.

¿Ora que nos van a pedir?, se preguntó angustiada.

La suave melodía entraba en su cuerpo, meciéndola.

Era una sensación deliciosa. Arrulladora.

Sabía lo que iba a suceder, quisiera o no.

Los Señores de la Montaña la iban a dormir.

Eso harían. Siempre la dormían cuando iban a darle La Palabra y después, cuando despertaba, no se acordaba de nada.

Nada. Ya después, cuando se despertaba, la gente hablaba de las cosas buenas que había hecho ella.

Cosas raras también. Lo malo era que si los dioses la dormían ahora mismo, Jerónimo se espanta ría mucho.

Saber qué haría ese muchacho atrabancado.

Mejor sería explicarle prontito lo que iba a pasar, aunque no entendiera.

No era tzotzil, pue. La tildaría a loca- chub’a ¿será?

La acusaría de ser bruja- pukuj ¿será? ¿La dejaría sola en el monte, sola?

—¿Qué te pasa? Estás más papucha que esas flores —dijo él, desde ya atemorizado —. Clarito se nota que te está pegando el mal de montaña. ¡Mejor vámonos pa abajo, rapidito! ¡Vámonos ya!

María decidió hablarle con la verdad. Jerónimo no pensaría mal de ella porque su corazón era limpio. El kerem caminaba en armonía con la tierra y con la gente. Tenía lekil kuxlejal , pue. Era de confiar, aunque no fuera tzotzil.

—Vamos voy a decirte algo, pero tú no vas a repetirlo. A nadien —le dijo con voz severa. Las piernas ya le flaqueaban por lo que se sentó en la hojarasca. El sueño inminente poco a poco se la iba tragando.

Jerónimo vio cómo los ojos raros, color de miel, de María se iban cerrando.

—¡State despierta! Mírame pues —le ordenó, asustado.

—Vamos voy a dormir para hablar con los Señores —dijo ella, con voz débil—. Pero tú aquí nos esperas. Alueguito vuelvo. Nomás que me digan su voluntá me devuelvo. No nos dejes sola en el monte. Hay mucho animal. Te perderás. Aquí te quedas. Mero aquí.

Dicho eso, la niña cayó en un profundo sueño.

El pánico se apoderó de Jerónimo. Trató de despertarla, sacudiéndola por los hombros, llamándola a gritos, pero ella no respondió. Estaba inerte. ¡Como muerta! Se arrodilló a su lado, puso la oreja en su pecho y confirmó con gran alivio que su corazón latía. Que respiraba. Estaba viva, todavía.

—¿Ora qué hacemos, Perra? —le preguntó al animal, con desesperación. La Perra solo gimió y se echó al lado de María indicando su voluntad de no irse a ningún lado.

Un torbellino de angustia e impotencia se apoderó de Jerónimo.