Tiempo de flor y de ceniza La finca San Francisco #3
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La finca San Francisco #3

Benjamín cayó en cuenta de que ese detalle se le había escapado hasta ahora: y era cierto, detrás de los nombres de las fincas siempre había un santo o una santa.

El nombre oficial de La Victoria, por ejemplo, era Santa Victoria de Córdoba.

Asimismo, la finca La Concepción honraba a la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, una figura importante de la iglesia católica.

Pues bien, tendría que pensar en un santo o santa y acatar las tradiciones del lugar, se dijo.

El problema era que esa no era su religión.

¡No sabía de ningún santo! De pronto recordó que su aventura había comenzado antes de abordar el Panamá.

Su aventura, si uno quería ser preciso, había sido concebida antes, en una gran ciudad.

—San Francisco. Así se llamará.

El registrador asintió y en el libro de registros escribió, con muy buena caligrafía, el nombre completo del santo: San Francisco de Asís.

Después del registro caminaron a la iglesia de San Agustín para hablar con el padre Camilo. Amada necesitaba saber si María estaba sana y salva. Necesitaba saber su paradero. Por fortuna, había poca gente en el templo.

—Disculpe, ¿se encuentra el padre Camilo?

El acólito miró al extranjero de arriba a abajo. Iba acompañado por su mozo.

—El padre está en la oficina, allí mero —dijo, señalando el lugar pero cuando vio que hacia allá se encaminaban, los detuvo—. Usté puede ir a la oficina pero su mozo no.

Amada inmediatamente se retrajo.

—El asunto que vengo a tratar con el padre Camilo concierne a mi mozo. Créame que querrá hablar directamente con él.

El acólito titubeó. Otro patrón que venía a quejarse de su mozo, pensó. A saber qué maldades habría cometido ese muchacho. Igual, mejor que lo castigaran en la iglesia que en la cárcel.

—Está bien. Pasen, pue.

Aunque la puerta de la oficina estaba abierta, Benjamín la tocó para anunciar su presencia y la de Amada.

El sacerdote se encontraba preparando los textos litúrgicos.

Despegó los ojos del papeleo e inmediatamente reconoció a Benjamín.

Era ese extranjero, recién bajado del barco, que Anastasio había llevado a La Colonia.

A su lado estaba un mozo indígena, solo Dios sabía de qué paraje. No reconoció la vestimenta.

—Pasa, hijo —lo saludó—. Y tú también, kerem , entren. Me alegra veros en esta, la casa de Nuestro Señor. Decidme, ¿en qué os puedo ayudar?

—Quisiéramos hablar con usted en privado, padre —dijo Benjamín—¿Me permite cerrar la puerta?

—Por supuesto —dirigiéndose a Amada ordenó—: ciérrala, hijo. Pero le advierto señor que, si se trata de una confesión, será mejor usar el confesionario. Así cumplimos con el sacramento y yo podría dispensarle el perdón de sus pecados.

Amada cerró la puerta, se acercó con timidez y se arrodilló ante el sacerdote. Le ofreció la frente para que el sacerdote la tocara de acuerdo con la costumbre tzotzil.

—Padre, somos soy Amada —y al decirlo se quitó el sombrero de paja y el pañuelo- tzute para mostrarle su larga trenza.

—¿Amada?

—Sí, padre, somos soy Amada. Queremos hablar.

—¡Bendito sea el Señor! —exclamó el sacerdote.

La ayudó a levantarse y la miró de arriba abajo, cerciorándose que era ella.

Y sí, ahí estaba esa mirada angelical. Ahí el hermoso rostro moreno, como el de la Guadalupana.

La nieta del Tata, el gran h’ilol estaba bien—.

¿Dónde has estado, hija? Nos has tenido muy preocupados.

—El kaxlan nos dio refugio, padre —al decirlo miró a Benjamín quien observaba la escena sin hablar—, nadien sabe de mí. Vinimos porque queremos saber de María. ¿Buena está? ¿Ónde está? Queremos mirarla.

—María está sana y salva, hija, no te preocupes. La he dejado a cargo de doña Esperanza, la joven finquera, la viuda dueña de La Concepción, ¿la recuerdas?

Amada conocía a la señora. Cada vez que iba a La Victoria a visitar a los patrones trataba de convencerla de que se fuera a trabajar con ella a Tapachula. Le gustaba su sazón, pue. Sintió alivio sabiendo que María estaba con ella. Era buena esa señora.

— ¿ Ónde su casa? —preguntó ansiosa—. Queremos mirarla.

—Lo siento, hija, pero doña Esperanza se llevó a María a La Concepción. Los indios de tu pueblo bajaron de sus parajes a buscarla y exigían que sanara a sus enfermos. A mi sugerencia, se marcharon a la finca.

La desilusión se dibujó en el semblante de Amada.

—Entonces iremos a esa finca —apuró Benjamín, con tono suave.

—No vayáis ahora mismo —aconsejó el sacerdote—. Dejad que las cosas se calmen un poco. Os prometo que yo mismo buscaré cualquier pretexto para ir a La Concepción y darle a tu hermana la buena nueva de que estás bien, hija. Le prometí que si sabía algo de ti, se lo diría.

Amada se tragó las lágrimas.

—Dígale que pronto vamos voy por ella, padre.

—Cuenta con ello, hija.

El sacerdote le dio su bendición. Y al despedirse de Benjamín le hizo prometer que cuidaría a Amada.

—No permitas que nada malo le suceda, por favor. Le prometí a su abuelo que la cuidaría. Dios te dará tu recompensa en el cielo, muchacho.

Al salir del templo, Amada se detuvo en los puestos de los marchantes.

Eligió la vela más bonita que encontró para que San Antonio le hiciera a su vecina el milagro de encontrar a su cerdito.

Y por impulso compró otra vela. Esta tenía la imagen de San Juan.

La misma imagen del escapulario que su Tata le había regalado antes de morir, y que ella a su vez había colgado del cuello de María al despedirse de ella.

Con la misma devoción de su vecina cakchiquel , le pediría a San Juan que le hiciera el milagro de volver a mirar y abrazar a su hermana.