Tiempo de flor y de ceniza La finca San Francisco #2
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La finca San Francisco #2

Encontró a la mujer en la choza. Estaba moliendo el nixtamal sobre un metate, usando las manos con fuerza.

Hacía matz , esa bebida hecha de maíz molido un poco grueso.

Al verla, Amada recordó la historia que el Tata solía contarles sobre la gente cakchiquel , que en el principio de los tiempos los tzotziles, para no someterse a los cakchiquel , les habían robado el fuego y habían huido a los Altos de Chiapas.

Ahora, viendo la leña ardiendo en el fogón de ese jacal, Amada se alegró que el fuego hubiese regresado a ellos.

La mujer suspendió su molienda, y tras escuchar la necesidad de Amada, accedió a prestarle una muda de su señor, la vestimenta que él usaba cuando bajaba a Tapachula.

Pero a cambio le pidió un favor. Que Amada le trajera de güelta una vela.

Ellos no usaban velas para alumbrarse, usaban rajas de ocote y recién se les había perdido un marrano.

Querían prenderle su velita a San Antonio, pue, pa que el santo les hiciera el milagro de encontrar al cerdito.

Amada prometió comprarle la vela más bonita y grande.

De regreso a la casa, Amada se apuró a vestirse con la ropa del cakchiquel .

Se fajó los senos usando un rebozo, y encima se puso la camisa de manga larga con botones en el cuello, elaborada en telar de cintura y bordada con varios diseños.

Se ajustó el pantalón con la faja. Le quedaba bien.

Sobre la holgada camisa se puso la chaqueta- koton corta, hecha con lana de oveja.

La chaqueta tenía bordado en la espalda el murciélago- zotz , símbolo de la dinastía cakchiquel .

Luego se hizo una trenza y la escondió debajo del tzute , el pañuelo grueso que ellos usaban en la cabeza y los hombros.

Sobre el pañuelo se acomodó el sombrero de paja.

Cuando estuvo lista, buscó a Benjamín. Él, al verla, exclamó sorprendido:

—Nadie te va a reconocer. ¡Apenas te reconozco yo!

Anastasio llegó puntual a recogerlos. Su recua de mulas iba cargada con los productos que las fincas mandaban a vender a Tapachula: cacao, plátanos, panela, guayabas, zapotes, aguacate, marañón, achiote, jengibre y muchos más.

Movió algunas rejas y les hizo espacio en la carreta.

Amada brincó para ocupar su lugar, pero Benjamín prefirió montar una mula.

El arriero hizo lo mismo, y montó la mula madrina, la que sabía señalar el camino.

Anastasio se mostraba más callado que de costumbre. Benjamín agradeció su respetuoso silencio, pues el viaje le causaba cierta aprehensión. Cuando casi llegaban a Tapachula, el arriero, percibiendo la inquietud de ese meco , que ahora era caporal de La Victoria, por fin habló:

—Sepa señor Wolf que allá arriba, en las fincas, se habla bien de usté.

Dicen que sabe mandar, pue. Que no ocupa el lazo, o el cepo.

Allá arriba la palabra corre por las fincas como el humo.

No le faltarán manos pa recoger la cosecha.

Ya verá. La gente aprecia el buen trato, pue. El respeto. La dignida.

Benjamín agradeció el comentario, pero no supo qué responder.

—Y yo nomás le digo, oiga, por si le preocupa, que allá en las fincas ya a nadien le interesa saber quién mató a don Macario.

No guardan rencor al que lo mandó pal otro lado, pue.

En veces, se le agradece el favor. Los chuchos están guardaditos.

Ya no los sacan a rastrear. Solo don Julián.

Pero él no busca justicia. Busca a esa india bonita que usté conoció en mi carreta, ¿se acuerda? La Amada.

Benjamín no se permitió ni un gesto, ni siquiera un parpadeo que pudiera delatar su interés por esa información.

No alcanzaba a discernir el motivo del arriero al compartírsela, pero se lo agradecía.

Sentía su buena intención. En cuanto a Julián, por supuesto que estaba enterado de sus ausencias frecuentes, aunque desconocía su propósito.

Benjamín solo sabía que cuando el Mayordomo se marchaba, dejaba a su cargo cada vez más responsabilidades.

—Dígame Anastasio. Si don Julián ya no busca al culpable ¿por qué tanto ahínco en encontrar a esa mujer?

El cochero soltó la carcajada. Ah qué inocente era ese patroncito.

—¿Caso no lo ve? Anda arrecho don Julián, pue.

Benjamín no entendió el significado de la expresión.

Su español había mejorado mucho, pero los regionalismos todavía se le escapaban.

No obstante, en este caso no fue necesaria una traducción.

La malicia en el rostro del arriero bastó para entender perfecto lo que el hombre insinuaba.

El Picho algo ya le había dicho que Julián estaba enamorado de Amada.

Pero que el cochero se lo confirmara burlándose, le molestó.

Para que no percibiera su interés en el tema, azotó su fuete al aire, hostigando a andar a aquella mula que a cada rato se detenía a masticar el zacate.

Por su parte, Anastasio notó el disgusto del extranjero y no volvió a abrir la boca.

Cuando por fin llegaron a Tapachula, Anastasio los llevó directamente al Registro de la Propiedad del municipio. Los hombres desmontaron y Amada se bajó de un brinco de la carreta y se alejó de ellos, manteniendo su distancia. Benjamín pagó el viaje y estrechó la mano del arriero.

—Venga a recogernos en un rato, por favor —le pidió.

Anastasio asintió y se acercó a Amada quien prontamente trató de esconder el rostro bajo el sombrero de paja.

—Cuida bien a tu señor, kerem —le dijo el cochero en tzotzil, y no en cakchiquel , la lengua que hablaría un muchacho vistiendo esas ropas. Ante la expresión de alarma de Amada, el cochero regresó a su recua, riendo abiertamente.

En el registro fueron recibidos por un funcionario público.

El registrador de propiedad, un hombre serio y malencarado, revisó los documentos, verificando la autenticidad y legalidad del plano catastral, el título de propiedad, las certificaciones del deslinde y los antecedentes de propiedad.

Una vez que estuvo satisfecho, abrió el libro de registros.

—¿Cuál será el nombre de la propiedad? —le preguntó a Benjamín.

—Finca Panamá —respondió, sintiéndose orgulloso de cumplir la promesa que hacía tiempo se había hecho a sí mismo.

El registrador alzó la mirada del libro y lo miró con impaciencia.

—Ese es el nombre de un país, caballero.

—Sí. También es el nombre del barco que me trajo a estos lares.

¡Otro extranjero que no entendía las costumbres!, pensó el registrador, exasperado. Se armó de paciencia antes de responder:

—Señor Wolf, en estos «lares», como usted los llama, las fincas se registran con nombres de santos.

A menos que usted sea alemán. Ellos sí usan los nombres de ciudades alemanas.

Pero aquí uno no nombra propiedades con nombres de barcos, caballero.

Esa es nuestra tradición. El motivo es sencillo: el santo elegido puede interceder por la prosperidad de su finca, protegerla de desgracias y atraer bendiciones para su cosecha.

Además, nos ayuda aquí en el registro a evitar duplicidad y mantener el orden.

Entonces ¿quiere usted un nombre alemán? , ¿o a qué santo desea usted honrar?