La finca San Francisco
Benjamín hizo un último corte de madera y se detuvo a enjugar el sudor de su frente.
La temperatura era perfecta, parecía que nunca iba a llover.
En cualquier momento llegarían las primeras lluvias de la primavera y con ellas comenzaría el tiempo de flor en los cafetos.
Pero él había corrido con suerte, pensó, porque las reparaciones de la vivienda estaban prácticamente terminadas.
Para los umbrales y el piso había usado árboles de cajete que en aquella selva abundaban y eran fáciles de emparejar.
De los troncos de madera suave que acababa de aserrar, había sacado los últimos cortes de tejamanil para sellar el techo.
Uno por uno fue reemplazando los cortes podridos con los nuevos.
Cuando clavó la última pieza, se incorporó, se sobó la espalda y miró con ojo crítico el resultado.
Ahora sí tenía una casa decente en su tierra.
No era una casa ostentosa ni mucho menos, era una estructura sencilla de horcones y vigas labradas con hacha por un hombre soñador.
Como él. El norteamericano que había alzado la estructura, según le habían dicho, se llamaba Herman Wingert.
Él había comprado ese mismo terreno de la primera compañía de deslinde, misma que había vendido en parcelas indebidamente, ya que nunca entregó los títulos.
Recordando al señor Wingert, sintió agradecimiento y lástima por él.
Tanto que había arriesgado solo para perderlo.
La aventura le había costado la vida de un hijo.
Un precio demasiado alto. El esfuerzo del hombre era evidente tanto en la casa como en la tierra.
Ahora él, Benjamín, disfrutaría de su ardua labor.
La casa era pequeña pero cómoda, apta para su propósito: resguardarse de las inclemencias del tiempo y de las bestias.
Desde el techo, Benjamín contempló el terreno bien delineado con los mojones.
Se expandía desde el río hasta las faldas del cerro.
Lo que vio lo llenó de orgullo. ¡Por fin tenía su pedazo de tierra!
Su finca. Ahí estaba la toma de agua, allá el pozo y más allá, en el claro de la propiedad, la milpa que ahora sí rebosaba de abundancia, gracias primordialmente a las manos laboriosas de Amada, hilera tras hilera de maíz, erguido y maduro, sosteniendo al frijol trepador y cobijando la calabaza que, a su vez, retenía la humedad con sus grandes hojas.
Las tres plantas eran una unión perfecta, y por eso, ese método de cultivo tradicional mesoamericano era conocido, según Amada, como «las tres hermanas».
Hice bien en comprar este terreno, pensó.
Chiapas era una tierra prodigiosa. ¡Todo se daba!
En el platanar, las matas se doblaban como ancianas jorobadas bajo el peso de sus racimos de plátanos.
En medio del campo abierto, los retoños de la caña que recién habían plantado ya medían más de un metro.
Todos los días Amada iba al bosque y regresaba con algo para sembrar; esquejes que solo ella sabía identificar de achiote, jengibre, árboles de guayaba, zapote, aguacate, marañón y piña.
Con un poco de agua y el cuidado de sus manos benditas, echaban raíces y se reproducían.
¡Cuánto había aprendido de la tierra! Y cuánto había aprendido de Amada…
Al pensar en ella recordó que tenía que apurarse y comenzó a recoger la herramienta.
Anastasio no tardaría en pasar por ellos para llevarlos a Tapachula.
La misión era asentar la finca en el Registro de la Propiedad, como exigía la Ley del Catastro.
Ese registro era clave para la seguridad jurídica, el acceso a incentivos y la integración de su finca al mercado internacional del café.
Algún día mandaría su café a Folger en San Francisco.
Pero antes tendría que presentar sus documentos legales, como el título de la propiedad, y los planos ya certificados que esa mañana había empacado.
También tendría que elegir el nombre de la finca.
Era un gran momento. Y le agradaba que Amada, que tanto había trabajado en esa tierra, fuera su testigo.
Les llevaría dos horas y media viajar a Tapachula y era importante llegar antes de la hora de la siesta, no fueran a cerrar las oficinas.
Se bajó del techo y fue a buscar a Amada.
Amada estaba en la pocilga. El señor Schellenger les había regalado un par de cerdidos que ahora mismo retozaban sobre la paja, masticando guijarros. Amada vertía agua fresca en los bebederos de los cochis, como ella les decía.
—Más vale que te alistes —advirtió Benjamín—. Pronto vendrá Anastasio a recogernos. En la cama dejé alguna ropa. Usa lo que necesites.
Así diciendo le quitó la cubeta y la reemplazó en la faena.
El plan era que Amada se vestiría de hombre con la ropa de Benjamín.
No querían que nadie la reconociera y la delatara con la autoridad.
Escogieron ese día deliberadamente, porque no era día de mercado.
Habría poca gente. La llegada de un meco finquero, acompañado por su muchacho- kerem para que le hiciera los mandados, o le cargara la compra, era cosa de todos los días. No llamarían la atención de nadie.
Pocas personas sabían que Amada estaba viviendo en la finca.
Una de ellas era el señor Schellenger, su vecino.
Benjamín comprendió que, tarde o temprano el alemán descubriría la presencia de una mujer trabajando en su propiedad.
Decidió hablarle con la verdad. Ser honesto era lo menos que merecía ese vecino suyo que tanta ayuda le había brindado.
Gracias a él tenía su puesto de caporal en La Victoria.
Un día que lo vio bajar por agua al río, se le acercó y sin preámbulos le participó de la presencia de Amada y de su intención de darle albergue el tiempo que fuera necesario.
—Sé que Amada es una fugitiva, señor Shellenger.
Y sé que yo, al darle albergue, me arriesgo a que me acusen de encubridor.
Pero sepa que es un riesgo que estoy dispuesto a asumir porque dudo seriamente que esa mujer sea la responsable del crimen.
Como sabe, y gracias a usted, llevo varios meses trabajando en La Victoria y créame que no soy el único que piensa así.
Lo mismo opinan los peones, baldíos y acasillados que la conocen.
Nadie la cree capaz de ese asesinato tan… bestial.
El señor Schellenger lo escuchó sin inmutarse. Ya había visto a una mujer en el terreno de su vecino, y ya se había imaginado quién era. La confesión de Benjamín no le sorprendía. Lo que sí le sorprendía, y agradaba, era la honestidad del joven extranjero.
Ante su silencio, Benjamín se apuró a agregar:
—No quiero comprometerlo de ninguna manera, señor Schellenger , pero le agradecería su discreción.
El alemán se le acercó y le apretó el hombro, afable.
—Yo tampoco creo que la nieta del gran curandero haya cometido ese crimen, señor Wolf. Y si ella lo mató, debemos darle las gracias. Don Macario era un hombre despreciable.
Benjamín sintió un gran alivio. Le desagradaba que Amada tuviera que esconderse cada vez que el alemán se acercaba al río, o cuando venía a pedir su ayuda, lo cual hacía con frecuencia. Benjamín lo ayudaba con gusto. Estaba en deuda con ese señor.
Las únicas otras personas que habían visto a Amada en la finca era una pareja de indígenas cakchiquel del municipio de Mazapa de Madero.
Vivían al otro lado del río en una choza abandonada.
Tenían su sembrado de maíz a lo largo del río, en una angosta faja.
Su choza era de las que se construían temporalmente, techada con hoja blanca y cercado de palos, un refugio para un año y no más.
Amada había forjado amistad con la mujer cuando ambas iban a lavar la ropa al río.
Ella le había enseñado a Amada cómo hacer jabón usando la raíz de una planta llamada chicamole .
Se le quitaba la piel a la raíz hasta que quedaba un palo que, al machacarlo contra la piedra, hacía espuma.
La pareja tenía tres o cuatro gallinas, de las cuales una era negra.
Amada les ofreció pencas del platanar a cambio de la gallina negra.
Ellos aceptaron, y con la ayuda de su gallo, los pollos pronto se multiplicaron.
Gracias a ello tenían huevos de gallina.
En la casa, Amada comenzó a vestirse con la ropa que el kaxlan le había dejado sobre la cama.
Eran las prendas de manta que Benjamín había comprado para trabajar más a gusto en la finca.
La ropa le quedaba demasiado grande. Por más que se arremangó la camisa y los pantalones, se notaba alueguito que no era ropa suya.
La gente sospecharía de un muchacho- kerem vestido así, pensó, con ese atuendo que no representaba su etnia.
Los indígenas de esos lares, sobre todo cuando iban a la ciudad, daban a conocer su paraje y su gente con su vestimenta.
Era parte de su identidad. Si un muchacho- kerem llegaba al pueblo con su patrón, con esas ropas de nadie, llamaría la atención.
Justo lo que no querían. No. El plan del kaxlan no era bueno, decidió.
Pero ¿qué vamos voy a hacer? se preguntó, afligida.
Tenía que esconder la cara, pue. No podemos meternos ta b’aal ta o’otik , en la boca del jaguar, porque nadie nos va a ayudar.
Vestirse de hombre ¿cómo pue? Nadien la ayudaría porque nadien daba razón por ella.
De repente se acordó de la pareja de cakchiquel .
Sí. ¡Ellos vamos van a ayudar! El varón es menudo.
Seguro su vestimenta nos queda más justa.
Sin pensarlo más, corrió al río a buscar a sus vecinos.