Tiempo de flor y de ceniza La santita #2
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La santita #2

—Está con un hombre malo —musitó la anciana. Había un odio enorme en sus ojos hundidos.

Al ver las heridas, María sintió dolor en su propio cuerpo. Los ungüentos habían sanado su piel desde hacía rato, pero el recuerdo era traicionero. La mano del hombre del látigo seguía lastimándola desde el pasado.

—Necesitamos agua caliente —dijo, hablándole a Jerónimo.

—¿Y qué más?

—Nomás.

Jerónimo corrió a la cocina y desde allá acarreó el agua en una palangana pesada.

María amarró el ramo y lo sumergió en el agua caliente.

Con la ayuda de la joven madre, desvistieron a la niña y la sentaron sobre un banco.

La criatura estaba demasiado débil para sentarse por sí sola, y su madre tuvo que sostenerla.

Colocaron la palangana humeante debajo del banco y de ahí taparon a la enferma con una frazada, haciendo casita para que el vapor no escapara.

—Respira, niña- tseb —la animó María.

La tos seca de la pequeña cambió y pronto comenzó a soltar flemas.

María oró, recitando sus conjuros a la vez que arrojaba la resina del copal y hierbas al agua: caléndula, ajo, diente de león, hierbabuena, romero, cáscara de albahaca, cola de caballo, toronjil, llantén y malva.

Un aroma fuerte llenó la estancia. Al cabo de un rato, destaparon a la niña y la tendieron de nuevo sobre la cama.

María le sobó su ungüento en el pecho cerca del corazón.

De repente la puerta se abrió. Era Merceditas y venía acompañada de doña Esperanza.

La sirvienta la había puesto al tanto de lo ocurrido.

Esperanza inmediatamente quiso ir al cuarto de servicio a ver con sus propios ojos qué sacrilegios se estaban cometiendo en su casa sin su consentimiento.

Al ver la humareda odorífera que invadía el cuarto, no entró.

Lo que vio y olió le bastó para tomar control de la situación.

—Jerónimo andá por el cochero. ¡Vení prontito con él! Y vos Mercedes, ayudáme a alistarme que voy a salir.

—¿Onde va usté a estas horas, señora? —preguntó la sirvienta, ansiosa— Orita todito está cerrado.

—¿A dónde, pues? ¡A la iglesia! Ahora sí me va a oír la boca el padre Camilo.

En la iglesia de San Agustín, las campanas repicaban escandalosas convocando al primer rosario.

El cochero se detuvo enfrente del templo y ayudó a su patrona a descender del carruaje.

Esperanza se dirigió presurosa al portón que estaba abierto de par en par para recibir a los feligreses que, poco a poco, iban llegando.

En su gran mayoría eran mujeres de edad vestidas de negro.

Subían con dificultad los peldaños del atrio, tomadas del brazo de algún pariente caritativo o de sus sirvientas.

Antes de entrar, se cubrían la cabeza con sus mantillas o rebozos y una vez adentro de la casa de Dios, se hincaban si las piernas lo permitían para persignarse antes de dirigirse a la butaca de siempre.

Esperanza entró con ellas. El aire, impregnado de incienso, cera de velas y flores marchitas le golpeó los sentidos.

La luz de las velas parpadeaba y proyectaba sombras danzantes en las altas paredes de las torres.

Buscó dónde sentarse. Las butacas más cercanas al altar ya estaban ocupadas por aquellas devotas parroquianas que nunca faltaban y ahora oraban con la cabeza inclinada, sosteniendo sus desgastados rosarios.

El murmullo de su rezo, suave y rítmico, hacía eco en la nave.

De pie, frente al altar, estaba el padre Camilo guiando la oración con voz calmada y solemne.

Acababan de comenzar uno de los misterios gozosos: el Nacimiento del Hijo de Dios.

Esperanza se acomodó en la última fila, tratando de no interrumpir.

Se arrodilló, cerró los ojos y se dejó envolver por la paz del momento.

Hacía tiempo que no acudía a los rosarios, reflexionó, reprochando su descuido.

Debería hacerlo con más frecuencia. Estar ahí postrada ante la mirada bondadosa de Jesús disipaba todas sus angustias.

Ahí no tenía que pensar en todo aquello que le quitaba el sueño: el precio del café, la falta de manos en la finca, la niña bruja o milagrosa ¡a saber!

y Luciano… ¿qué carambas iba a hacer con ese zopenco?

El padre Camilo concluyó el rosario con la Letanía Lauretana y Esperanza acudió presurosa a colocarse en la fila del confesionario. Sería la primera penitente. No tenía nada que confesar, pero sí mucho que reclamarle al párroco y aquella era la única manera de acaparar su atención.

Esperanza se introdujo en el estrecho espacio de la cabina de madera y esperó hasta que el sacerdote tomó su lugar al otro lado. El padre Camilo entreabrió la rejilla que los separaba para poder escucharla, y sin mover la cortina de privacidad, comenzó el ritual.

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

—No he venido a confesarme, padre —le informó, abrupta—. Vengo por un apuro…

El padre Camilo inmediatamente reconoció la voz.

—¿Doña Esperanza? —preguntó asombrado. Ella rara vez iba al rosario. ¿Qué facía alí? , se preguntó. Abrió la ventanilla de par en par.

—Esperanza. ¿Qué ha pasao , hija? ¿Está todo bien?

—No. Nada está bien desde que vos me dejó a la muca . Mandá por ella en este instante, padre. Hice mal en permitir que me la dejara.

—Pero, ¿por qué? ¿Ahora qué hizo María?

—Mi casa está invadida de indios. ¿Oí vos? Anoche llegaron arrastrando a sus enfermos y ahí están. Dicen que María es su santita y quieren que los cure.

—Vaya que son necios. ¡Bola de ateos! Dios los castigará.

—Mientras los castiga, mi casa está invadida. Vos no entendé, padre, la castigada soy yo. ¡Me están llenando mi casa de enfermedad!

—Cálmate, hija, que a ti nada te pasará. De eso me encargo yo. Venga, vamos a hablar con esos necios.

El sacerdote salió apresurado del confesionario. Se disculpó con los penitentes que aguardaban su turno y, después de darle instrucciones al acólito, asió el brazo de Esperanza y salió con ella de la iglesia cojeando. Ella llamó al cochero y este acudió pronto a recogerlos.

Durante el camino a casa, Esperanza no dejó de hablar.

Quería que el padre Camilo se enterara de todo lo que había ocurrido desde que el sacerdote le dejara encomendada a María.

Habló de los malhumores de Merceditas, de la enfermedad y sanación de Jerónimo, de las gallinas que ya no ponían sus huevos, de los problemas en la finca, y de la ridícula propuesta de matrimonio de su administrador, Luciano.

El sacerdote escuchó las quejas de la joven viuda sin interrumpir, hasta que su monólogo tocó ese último tema.

—La propuesta de Luciano no me parece descabellada, hija. Deberías de considerarla. Es un buen tipo, trabajador y serio.

—¿Serio? Ese hombre es más soso que el agua de coco, padre. Eso me sacá de quicio.

—El italiano ha estado soltero mucho tiempo, hija.

Créeme que cambiará en cuanto dejes de ser su patrona y seas su esposa.

Escucha lo que te digo. Un matrimonio os vendría bien a ambos.

Él podría conseguir préstamos para sacar la cosecha y tú podrías conservar el inmueble que es legado de tus padres, no lo olvides.

Esperanza nada dijo, por lo que el sacerdote se atrevió a agregar.

—Yo te pediría, hija mía, que te lleves a María a la finca, solo unas semanas, nada más.

No hace falta que nadie lo sepa. En la finca podrías pensar bien las cosas y darle a Luciano una oportunidad de mostrarte quién es.

Sospecho que te agradará. Y si no es el caso, os regresáis, y entonces vendéis la finca.

El aire fresco le vendrá bien a la pequeña y a ti también.

Además, estoy seguro que tu generosidad no pasará desapercibida al Señor.

—¿Y qué hacemos con la muchedumbre?

—De ellos me encargo yo. No te preocupes.

Al llegar a la casa se dirigieron directamente al cuarto de servicio. Adentro, sentada sobre la cama, estaba la joven madre, sosteniendo en sus brazos a su bebé. La criatura dormía como una bendita. Ya no tosía. Ya no tenía fiebre.

—María le quitó el susto —exclamó Jerónimo—. Lo que dicen los chamulas es verdá. María es h’ilol . Es santa, pues.