La santita
Merceditas apagó la cazuela de los frijoles, asió su rebozo y su morral y se dispuso a salir sigilosamente para no despertar a nadie.
Las campanas de la iglesia no llamaban al primer rosario todavía.
No era la hora de Dios. No era hora de nadie, pero sí del pan.
En la panadería, doña Fátima ya estaría sacando las primeras charolas de su horno de leña: pan de chucho seco, carrilleras, rosquillas y su famoso pan árabe de anís.
Era árabe la señora, por eso le quedaba tan sabroso.
La gente se lo arrebataba. Por suerte, Doña Fátima quería harto a doña Esperanza y siempre le apartaba unas piezas.
Sabía que en su casa se tomaba muy en serio la hora del café con pan. Y no podían ir el uno sin el otro.
En el umbral de la casa, quitó la tranca del portón, se cubrió bien la garganta y salió al frío de la madrugada.
Olía a mojado. La lluvia de la noche previa aún goteaba desde el tejado.
Cruzó el jardín por la senda de guijarros procurando no resbalar en la oscuridad.
El murmullo apagado de los pajarillos cobijándose en las ramas de los arbustos acompañó sus pasos.
Al llegar a la calle, abrió la reja. Entonces se llevó el susto de su vida.
Ahí, justo afuera, había una multitud de indígenas.
¿Qué cosa estaban haciendo ahí?, se preguntó sobresaltada.
Eran muchos y estaban haciendo cola, una cola más larga que la cola del molino.
Algunos estaban en cuclillas, otros, recargados contra el enrejado y los menos, echados en sus petates.
¿Qué querían? ¿A quién esperaban? Iba a preguntarles cuando una mujer, al percatarse de su presencia, llegó corriendo a su encuentro.
— ¡Li’ote! ¡Aquí estás! —exclamó agitada. Era muy joven, casi una niña. Tenía los ojos enrojecidos y el rostro desencajado. Se veía sucia y muerta de hambre. Tomó la mano de Mercedes y trató de besársela como era la costumbre entre ellos. La sirvienta se la arrebató.
—¿Ideay? ¿Qué hacen aquí? —le preguntó en tzotzil porque estaba claro que esa mujer era chamula. Conocía bien sus ropas.
—Queremos ver a la santita —respondió, abriendo mucho sus ojos pequeños y rasgados—. Mi niña stá malita. Mírela usté, siñiora.
Señalaba a una criatura escuálida que tosía sin cesar. Estaba envuelta en un rebozo mugriento. Una indígena de trenzas canosas y el rostro surcado de arrugas la sostenía en sus brazos. La anciana alzó los ojos y clavó a Mercedes con una mirada penetrante. Mercedes se estremeció.
—¿Cuál santita? —zanjó, molesta—. ¡Aquí nuay santitas!
Las indígenas se vieron entre sí, pero nada dijeron.
—¡Que aquí nuay santitas! —repitió, alzando la voz para que todos la oyeran.
Pero era como si le hablara a la neblina. Nadie se movió.
—¡Sáquense, pue! —ordenó impaciente—. ¡Sáquense, si no, orita mesmo llamo al topil!
De repente, un hombre de complexión robusta dejó su lugar en la fila y se le acercó. Caminaba con autoridad. En la mano llevaba la vara del poder. Los demás le abrieron paso, con reverencia.
—Güenos días, madrecita —la saludó.
—Güenos serán pa usté —rebatió ella, sin amedrentarse.
El hombre sonrió con indulgencia.
—Vinimos de lejos y traemos l ’ hambre. Traemos enfermos. Nos dijieron que aquí jallaríamos a la h’ilol .
—¿Y quién le dijo esa mentira?
—¿Caso importa? —contestó alzándose de hombros.
—Pos quien haya sido, los durmieron. Aquí nuay nadien así.
El silencio se meció entre ellos. La multitud los miraba expectante, sus ojos yendo y viniendo entre el chamula y la señora.
Justo entonces alguien exclamó:
—¡Sí stá! En esta casa stá.
Merceditas buscó a la dueña de esa voz entre la multitud. La reconoció en el acto. ¡Era Trinidad!, la sirvienta de doña Rosaura. ¿Qué cosa hacía Trinidad con esa gente?, se preguntó, pasmada.
—¿Tú los trajiste? —exigió saber.
—Sí, pue —contestó Trinidad, desafiante.
—Pero, ¿por qué?
—Me mandó mi patrona. Quiere que lleven de güelta a la indita a su pueblo. Dice que es bruja ella.
Mercedes tardó en reaccionar.
—¡Mensa eres, Trinidad! ¿No stás viendo? La bruja es tu patrona, no la chamaca.
—Pos yo no sé. No me puse a veriguar. Así que conmigo no te amuines, Merceditas. Como ya dije, jue la voluntá de mi patrona y yo nomás obedecí.
—¿Y por qué no tocaste la puerta? ¿Caso alguna vez te hemos negado a entrar?
—A mí no, pero a mi patrona sí. Doña Esperanza la corrió. Sí, pue. La echó de su casa pior que si juera un perro sarnoso. Vieras lo amuinada que está la doña. ¡Bien rabiosa stá!
Merceditas no acertó a responder.
—¿Pa que la corrieron si ya saben cómo es ella, pue? —agregó la sirvienta.
En eso tenía razón Trinidad, reflexionó Mercedes.
Doña Esperanza se había pasado tres pueblos echando a esa mujer arpía de su casa.
Con lo vengativa que era, ishpiadora de segunda.
¡Harto coraje traía atorado! Y es que a juerzas quería ser como doña Esperanza, de esas señoras que se quieren bien, que hablan bonito, que visten elegante.
Y eso nunca podría ser. Uno no puede cambiar su lugar así nomás.
Ni los cortes de moda que se ponía, ni las alhajas que su marido le compraba, escondían la verdad: no era fina, pue.
No era entendida. Las finqueras la invitaban a sus casas por puritito compromiso, pero cada vez que abría la boca le reviraban los ojos y fruncían las cejas. Nadien la respetaba.
—Pos ora mirá nomás en qué lío nos metiste, Trinidad —le reclamó—. Mirá nomás este gentío. Tú los trajiste ¿verdá? Pos ora a ver cómo te los llevas.
Trinidad iba a defenderse, pero el hombre de la vara tomó la palabra.
—Vaya usté por su patrona, madrecita —ordenó a Mercedes.
Merceditas comprendió que discutir no era opción.
Aquella gente no se iría a ningún lado hasta que no se salieran con la suya.
¡Bola de mucos ! masculló, entre dientes.
Airada, se dio la media vuelta para marcharse y se topó con María.
La niña había aparecido de la nada, para variar.
Era como la neblina, una criatura silenciosa que nomás sembraba miedos.
Estaba descalza y su único atuendo era el huipil delgado que usaba para dormir.
Merceditas rápidamente se quitó su rebozo y la cubrió.
—¡Te vas a pasmar, niña! Métase a la casa ¡Pícale!
María no se movió. Miraba serenamente a la multitud con ojos adormilados.
No parecía sorprendida; era como si los estuviera esperando.
Los indígenas, por su parte, se abalanzaron hacia ella en cuanto la vieron, abriéndose paso a codazos y lanzando un coro de súplicas.
Merceditas estaba segura de que aquella humanidad las aplastaría a las dos.
Justo entonces llegó la Perra. Se puso enfrente de ellas y comenzó a ladrar, mostrando los colmillos amenazante.
Los más cercanos inmediatamente se detuvieron.
El animal ladraba con la rabia de una zorra que resguarda su madriguera.
Jerónimo también llegó corriendo y apenas tuvo tiempo de detener a la Perra que ya se arrojaba para atacar al hombre de la vara quien la alzó para defenderse.
La Perra mordió el palo y prontamente desarmó al hombre.
Iba a arremeter, pero Jerónimo la asió por el cuello, impidiéndolo.
—¡Quieta, Perra! —ordenó.
Ella se contuvo renuente y gruñendo.
—¿Qué está pasando? —preguntó Jerónimo.
—Trinidad anduvo de argüendera diciendo cosas que no son —contestó Mercedes—. Y ora estos malhabidos creen que María hace milagros. Ya les dije que no, que es mentira, pero nomás no entran en juicio. Corre por el topil, hijo, y dígale que venga a echarlos. ¡Púrese, pue!
—El guardián no va a venir —respondió él—. Segurito está roncando.
Jerónimo conocía bien al topil. Lo veía todas las mañanas cuando salía a barrer la calle. Siempre se lo encontraba dormido en alguna esquina, hediendo a aguardiente. Era hombre de trago él.
—Pos ¡despiértalo! Dile que venga a echar a esta chusma. ¡Mueve el jonis, muchacho!
—Señora, no llame al vigilante —suplicó María—. Vamos voy a ayudar a la niña. ¿Caso no ayudamos a Jerónimo? ¿Caso no stá bueno ya? Ora mire usté a esa niñita —dijo, señalándola—. Pobrecita. Si no la curamos se irá prontito.
La criatura tosía convulsivamente en los brazos de la anciana.
Se miraba afiebrada y sus quejidos se iban apagando.
María tenía razón, decidió Mercedes. Si no hacían algo ahí merito se les moriría esa criatura ¡Dios no lo permitiera!
A doña Esperanza le daría un soponcio. Y con lo quisquillosa que era, segurito le ordenaría desinfectar toda la cuadra.
—Está bien —cedió—. Ayúdala, pue, pero solo a la niña, ¿me oyes? Esto no es un hospital —luego, mirando a Jerónimo agregó—: llévalas al cuarto de atrás. ¡Apúrele, flaco entelerido!
El hombre de la vara protestó.
—¿Y los demás?
—Aquí se quedan hasta que se despierte mi patrona —espetó Merceditas—. Ya ella que decida qué hacer. Y más vale que no hagan ruido y la despierten, porque entonces sí traigo al topil yo misma y les suelto a la Perra.
El hombre meneó la cabeza en desacuerdo y se alejó.
Jerónimo le hizo señas a las mujeres para que lo siguieran al cuarto de servicio. Ahí acostaron a la enfermita en el lecho. María se sentó a su lado y la revisó con cuidado.
—¿Qué tiene? —preguntó la madre de la pequeña, con angustia.
María le tomó el pulso.
—Le pegó el susto- komel —pronunció —. Eso tiene.
—¿Y eso cómo se cura? —preguntó Jerónimo, con genuina curiosidad.
—El susto no se cura —contestó ella—. Se saca del cuerpo.
María fue por su morral. Extrajo una jícara y varias hierbas y comenzó a preparar un ramo, seleccionando algunas hierbas amargas y otras hierbas insípidas. Agregó de las dulces también, las que calman las emociones. Estaba claro que a la enfermita le dolía el corazón.
—¿Qué miró la niña? —le preguntó a su madre.
La joven indígena comenzó a llorar quedito y la anciana, que era su madre, se le acercó. Con suavidad le quitó el rebozo revelando heridas, todavía frescas, en los brazos y el cuello de su hija.