San Juan Chamula #3
Entonces era cierto, pensó Julián. Amada no estaba en su pueblo y ese viaje hasta allá había sido en balde.
¿A dónde carajos había huido esa mujer? Él mismo había rastreado los bosques y volteado los cerros.
De su propio jornal había pagado cuadrillas de hombres a caballo y con perros, pero nada.
Era como si la tierra se la hubiera tragado.
La cólera invadió su pecho. Estaba tan furioso que no pudo hablar.
¿Amada no estaba en San Juan? Pues bien, de ahí no se iría con las manos vacías.
—Igual deme su bendición, Mayordomo, porque tarde o temprano la encontraré. Aunque tenga que ir por ella al mismísimo infierno. Y cuando la encuentre la haré mía. Así que bendiga usted esa unión. Le prometo que le daré un hogar digno, con honor.
El Mayordomo midió las promesas de ese mestizo enamorado con merecido recelo.
Los ladinos no eran de fiar. Nomás se guiaban por las ganas de hacer dinero.
Lo suyo era oprimir. Despojar. Linchar. Tuvo ganas de negarle el favor pero luego pensó en la mujer.
Era la nieta del gran h’ilol . ¿Qué hubiera querido él si no se hubiera marchado por el camino de las flores?
Duro harto saber pero quizás la muchacha estaría mejor con ese patroncito que en Chamula, pensó.
Mucho tiempo había pasado desde que se la llevaran.
Saber si hablaba lengua, pue. Saber si sabía rezar.
Justamente por eso el tzotzil no permitía que sus hijas se fueran del pueblo.
Allá en la tierra del kaxlan se perdían sus almas.
Su lengua. Su virginidad. Por otro lado, en el caso de Amada, el mismo Tata se había llevado a las niñas en finca.
Quizás eso quería el Tata- h’ilol . Quizás miraría con buenos ojos a ese jefe voluntarioso. Quizás.
Volvió a llenar la jícara, pensando cómo hacer cumplir a ese señor sus promesas. Sorbió con lentitud, lamiéndose los labios. Al cabo de un rato, habló con embriaguez en la voz.
—Si te damos nuestra bendición pa que te anudes con Amada, tú debes traernos de güelta a María.
—Ay, caray. Está duro lo que me pide —protestó él—. Amada no querrá separarse de su hermana.
—Es hembra ella. No puede opinar. Si te la damos, kaxlan , tu mujer tendrá que obedecer. María es h’ilol , dicen. Ella tiene un destino entre nosotros. Acá la necesitamos, pue.
Julián no acababa de entender la importancia que María tenía en ese pueblo.
¿Qué pensaban que esa niña podría hacer por ellos?
, ¿sacarlos de su miseria?, ¿salvarlos de su condición de esclavos?
Ni Dios mismo podría cambiar ese destino del que hablaba el Mayordomo.
Pero ese no era asunto suyo. Y pensándolo bien, igual eso sería lo mejor: que María regresara a su pueblo.
Lo último que necesitaban en La Victoria era que la indiada fuera allá a buscar a la supuesta santita.
—Está bien. Si me dan a Amada yo les regreso a María, tan pronto las encuentre.
El Mayordomo asintió y tomó un último trago.
—¿Y ahora qué hacemos? ¿Usted le avisa al juez? —preguntó Julián con impaciencia.
El Mayordomo hizo un ademán vago para calmar el ímpetu del enamorado.
—¿Cuánto va a pagar por ella? —quiso saber.
A Julián se le había olvidado esa costumbre tzotzil.
Los padres del varón tenían la obligación de pagar algo a la familia de la novia cuando pedían a las muchachas: ovejas, aguardiente, elote, lana.
Era un acto de respeto y agradecimiento pues dentro de la tradición tzotzil los novios se comprometían a vivir con los suegros por un tiempo, antes del matrimonio, para aprender los «modos» de las respectivas familias.
La costumbre de intercambiar familias no aplicaba en el caso suyo con Amada, pensó Julián.
Ninguno tenía familia. Pero al parecer, el asunto de la dote era igual.
—¿Cuánto quiere? —preguntó Julián.
—Depende de qué sabe hacer la mujer. Si es haragana. Si sabe tejer. Si sabe moler. Si deja que se agrien los frijoles, si se le esponjan las tortillas o le saca harta espuma al chocolate. Cuánto hay que dar depende en qué puede hacer ella, pue.
Julián pensó en Amada. En su mente apareció la figura serena y afanosa, trajinando sus ollas, lavando y cortando verduras, restregando pisos y palmeando tortillas, su cabello meciéndose con cada paso menudo y prudente.
Recordó su voz suave y su risa alegre, su piel prieta como el color de sus cazuelas y sus ojos grandes, pícaros y sabios a la vez.
El deseo imperioso de volverla a ver lo poseyó.
—Amada me hace reír —acertó a decir.
El Mayordomo soltó una carcajada y Julián, avergonzado, se levantó. Sacó un fajo de billetes y se lo alargó.
El hombre no aceptó el dinero.
—Ta bueno, pue —dijo—. Ande de güelta con el Mayor y páguele usté a él.
Dígale que usté y yo ya nos arreglamos. Dígales que el escribano ponga en el papel que habla lo que aquí decidimos, pue.
Le daremos a la nieta del h’ilol , Amada, pa matrimonio, tan pronto usté nos traiga a la otra nieta, María. La niña que sana.
El sol descendía en el ocaso cuando Julián partió de San Juan Chamula. Quizás el viaje no había sido en balde. Llevaba consigo el papel del escriba y un renovado propósito: encontrar a María. Tarde o temprano, Amada sería suya. Sería su mujer.