Tiempo de flor y de ceniza San Juan Chamula #2
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San Juan Chamula #2

—De eso no nos ocupamos aquí. Aquí vienen las familias ya arregladas. Uno tiene que pedir a la mujer a su familia, primero. Después que se la den, entonces ya la trae y aquí anudamos el matrimonio. Antes no.

—No puedo pedir a la mujer, Amada no tiene familia —protestó Julián—. Su padre murió de enfermedad. Su madre murió pariendo a su hermana. Su Tata también murió, apenitas, en la finca. ¿A quién chingaos se la voy a pedir?

El intérprete ignoró la falta de respeto del ladino y tradujo con mejores palabras su protesta. Mucho tenía que aprender ese señor, pensó.

—Andé usté a la iglesia con el Mayordomo —dictó el Mayor—. Él le dirá qué hacer.

—¿El Mayordomo?

—Sí, pue. Él atiende el culto del santo, la sacristía. Él hace las fiestas del pueblo. Andé con él o con su ayudante, el alférez, y pregúnteles. Caso ellos saben qué debe usté hacer. Nosotros no.

Julián comprendió que el fallo del Mayor era inapelable. Frustrado, dio media vuelta y se disponía a partir, cuando la voz del juez lo detuvo.

—Pérese tantito. Acá la costumbre es dar regalos pa los gastos, oiga. Tráiganos un barrilito y llevéle otro al Mayordomo pa que lo atienda bien. Si no, no, pue.

El intérprete se ofreció a ir a buscar el aguardiente. Julián le dio unas monedas y en breve el joven regresó con dos garrafones. Entregó uno al escribano y el otro a Julián, quien a cambio le dio una propina. Tras despedirse, Julián atravesó la plaza hacia el templo cargando el «barrilito».

El edificio de la iglesia era blanco. El portón estaba cerrado, pero cedió sin dificultad a su empuje.

Adentro, un intenso olor a flores, resinas quemadas, ceras ardiendo y muchedumbre sudorosa asaltó sus sentidos.

Era un espacio oscuro; los techos altos dejaban entrar poca luz natural.

Apenas se podía avanzar entre esos cuerpos sentados o extendidos en el suelo.

No había bancas de fe en ese lugar; los indígenas rezaban de rodillas sobre el suelo y se daban golpes en el pecho.

La juncia servía de alfombra. Derribadas por doquier, sin ninguna reverencia, había todo tipo de estatuas.

A algunas les faltaba la cabeza, a otras las manos, y a otras la nariz.

Al fondo, la imagen de madera policromada del santo patrón, San Juan Bautista, pastoreaba desde el nicho más eminente del altar mayor a las otras imágenes de vírgenes, apóstoles mutilados y ángeles.

A un lado, una indígena profería rezos y lamentos a Santa Margarita, doncella de breve pie.

En una esquina un joven le oraba a San Jerónimo, el del tigre en las entrañas, protector secreto de los brujos.

Julián observó que algunas estatuas estaban cubiertas por rollos de lana, haciéndolas verse obesas; semejaban enormes tortugas puestas de pie.

Los adornos en los nichos consistían en sombreros de paja de Zinacantán, diminutos espejos, jícaras y ollas de barro.

Había plumas, huevos, paja y zacate. La luz de los cirios parpadeaba con cualquier soplo, alumbrando las imágenes de las vírgenes, los apóstoles y los ángeles.

Julián tardó unos minutos en acostumbrarse a esa atmósfera sofocante y solemne.

—Güenas tardes, kaxlan —dijo una voz carrasposa en la oscuridad—. Ahí vamos, voy.

Era el Mayordomo. Venía bajando las escaleras del desván, el área asignada al coro.

Cuando llegó a su lado, Julián hizo entrega del garrafón de aguardiente que el Mayordomo recibió con un gesto de gratitud.

El deber de cortesía lo forzaba a compartir el obsequio con su huésped.

Se acercó a una mesa, asió una jícara, y la llenó de licor.

La presentó primero a Julián y al negarse él, bebió un largo trago, con deleite.

Con un gesto de la mano lo invitó a sentarse en el suelo, sobre la juncia.

Como Julián se negara a hacerlo, ambos permanecieron de pie.

—¿Qué tal van las cosechas este año? —preguntó el Mayordomo.

Julián hubiera preferido ahorrarse esas formalidades y resolver el asunto que lo apremiaba.

Pero aquella era la pregunta obligada y el protocolo a respetar, incluso en estas tierras de nadie.

Aquel hombre no tenía por qué saber lo cargadas que estaban las matas en La Victoria, decidió.

No convenía despertar envidias entre esa gente.

—La cosecha va a estar mala este año. La tierra ya no da como antes —mintió.

Por respuesta, el Mayordomo tomó otro largo trago de aguardiente.

—El gran Tzotz sigue enojado —comentó seguro de ello—. Recién juí al Soconusco y trabajé en la poda y el corte. Miréme las manos. Hartos callos les sacaron las tijeras de podar… Ya luego me tocó servir aquí. Y ya vamos voy por el año.

A Julián poco le importaba la historia del hombre, pero asintió, fingiendo interés. La pausa se alargó. Los lamentos de la mujer que rezaba se hicieron más fuertes y desesperados. El Mayordomo tomó otro trago de la jícara, escupió y con voz carrasposa por fin indagó por su propósito.

—Hable, pue. ¿Qué quiere?

—Busco a la hija del h’ilol . Amada. Quiero hacerla mi mujer. El Mayor dijo que usted me la puede dar.

—¿Y su gente? A ellos tiene que preguntar, kaxlan .

—Murieron. Solo tiene a su hermana María. Una niña.

—Sí. La conocemos. La santita.

No quiso rebatir, pero le sorprendió que ese señor, la autoridad del templo, diera cabida a esas habladurías. El Mayordomo, ante el silencio del kaxlan volvió a hablar.

— ¿Y ónde están ellas?

—No lo sé. A eso vine. Las estoy buscando.

—Pos acá no están, kaxlan .

—Eso oigo. Falta que sea verdad.

El Mayordomo soltó una risita.

—Es verdá. Se lo digo yo enfrente de San Juan. Que me castigue si no, pue.

Al decirlo giró la mirada embriagada hacia el santo y se persignó.