San Juan Chamula
El sol despuntaba tras las montañas cubiertas de neblina.
Julián espoleó su yegua hacia el norte, alejándose cada vez más de la región cafetalera del Soconusco.
Siempre que salía de La Victoria y se internaba en los bosques del llamado «lugar de las tunas agrias», se redoblaba su anhelo de poseer un cacho de esa tierra quebrada que abarcaba desde el mar hasta el volcán.
En el pinar, sobre todo, uno sentía como si estuviera en el mismísimo cielo.
Los árboles, el ciprés, el pino, el romerillo, el sabino y el roble eran los altos y gallardos ángeles de aquel paraíso.
Julián no aspiraba a la vida eterna del «más allá» que tanto prometían los párrocos.
No. Él solo deseaba el pedacito de cafetal, ese que su padre le venía prometiendo desde niño; tierra en donde alzar su casa cabal, plantar una milpa, y darle a Amada una pila de chamacos que, ante Dios y la ley, hicieran alarde a su apellido: Morales Toro.
—Pero no, patroncito, nadien por acá las ha mirado, pue —insistían—. Bueno hubiera sido.
A Julián le sorprendió lo lejos que había llegado el rumor de los supuestos poderes de María.
Rumor que desde un tiempo para acá se escuchaba con más frecuencia, escurriéndose entre las matas de los pantes , como una nauyaca.
Él, por su parte, desde la primera vez que escuchó esas habladurías las desechó, tomándolas por lo que verdaderamente eran: supersticiones.
Él no tenía tiempo para pendejadas. Aun así, los chismes en la finca volaban alto y lejos, como la cascarilla.
Lo raro era que la fama de «la niña milagrosa» hubiera llegado hasta allá, hasta aquellos pueblos montañosos, difíciles de penetrar, incluso, por los mismos conquistadores.
En esa región escalonada, olvidada por Dios, había de todo.
Era una mole de gente arrebujada, cada quien con su cacho de monte, con su propia ropa, lengua y creencias: choles, tzotziles, tzeltales, tojolabales.
El verdadero y único milagro era ese, que en aquel revoltijo de indios disparejos no hubiera más broncas, ¡ese era el milagro!
Que no se hubieran matado desde hace rato.
Y ahora ellos, en cuanto se enteraban de que él venía de La Victoria, querían saber lo mismo que él quería saber: la santita es h’ilol como su Tata, ¿será? , ¿o es bruja?, ¿qué es, pue?
Le urgía llegar a Chamula. Estaba cansado y hambriento.
A esas horas en La Victoria ya estaría descansando en su hamaca, con su cuartito de tascalate a un lado y su buen tasajo, envuelto en tortilla recién salida del comal.
Más que nada le urgía encontrar a Amada y saber que estaba bien, sana y salva.
No se creía, ni por un momento, que nadie la hubiera visto, ¡la mujer andaba a pie, carajo!
Además, arriaba con una niña. Por fuertes que fueran las hermanas, y sí que lo eran —rendían la jornada pizcando mejor que cualquier peón—, aun así, en algún momento tuvieron que haberse parado a pedir ayuda.
¡Claro que las habían visto y segurito las habían refugiado!
Más sabiendo que eran las nietas del h’ilol .
Si se lo negaban era porque así era esa gente: mentirosa y vengativa, siempre listos para chingarse a un ladino como él.
Frustrado, espoleó su yegua y atravesó las últimas rancherías.
Su porte altivo giraba los rostros de la gente que se cruzaba en su camino, pero nadie lo miraba de fijo.
Debajo de su sombrero de ala ancha se percibían sus ojos resentidos.
El cañón de su escopeta se dejaba ver desde su funda y el lazo que castiga, también a la vista, colgaba cerca de su mano criolla.
Ningún ladrón, de esos que acechan en la ruta, se atrevería a meterse con ese patrón, pensaban, viéndolo pasar.
No, pue. Nadien tendría ganas de escarmentar a ese señor por andar solo, y tan lejos, de su finca.
Por todo el arrojo que Julián proyectaba, en su fuero interno se sentía vulnerable.
Él era un hombre acostumbrado a obtener lo que deseaba, pero esta vez no estaba seguro de lograrlo.
Amada no era cualquier mujer; era la nieta del gran h’ilol , y seguramente la autoridad de su pueblo no permitiría que se la llevara a la fuerza.
Mucho menos a María quien, por sus supuestos dones, era lo más preciado de esa comunidad.
No. Si Amada y María estaban en Chamula, tendría que convencerlas por las buenas que se regresaran a La Victoria con él.
Y eso iba a ser difícil. El Tata ya no estaba para protegerlas y Amada no tenía por qué seguir soportando los malos tratos de su madrastra.
Por su parte María, si de verdad era curandera, estaría mejor haciendo sus curaciones entre su propia gente, y no exponiéndose a que cualquier ladino, o padrecito, la tachara de hechicera.
Pensando en todo esto Julián sabía que ese viaje impetuoso a los Altos era una necedad.
No debió de haberse alejado de la pizca, justo ahora que alguien había matado al capataz.
El extranjero ese que habían contratado a toda prisa, no tenía ni la menor idea de cómo aplacar a indios envalentonados.
En cualquier momento armaban un revoltijo porque para eso sí eran buenos los cabrones. Para sus motines.
Las horas se deslizaron entre caminos angostos, bordeados por bosques de pinos y cañadas profundas.
Finalmente, al caer la tarde, divisó los primeros jacales del valle de San Juan Chamula: viviendas con techos de zacate de cuatro aguas.
Los perros, flacos y sarnosos, lo miraron pasar, indiferentes, rascándose las pulgas.
Las campanas de la iglesia sonaban a lo lejos y el aroma a pino, humo y copal impregnaba el aire.
Al llegar al centro del pueblo, se dirigió a la plaza principal.
La plaza bullía de vida; hombres y mujeres iban y venían con sus huipiles de colores, cargando leña y mercancía.
Julián desmontó con una mezcla de cansancio y esperanza.
Preguntó por Amada, primero a los niños que jugaban junto a la iglesia, luego a las mujeres que vendían frutas en la plaza pero ellas apenas le concedieron más que una mirada de reojo.
Nadie entendía la castilla. Se dirigió al templo, cuyo portón estaba cerrado.
Justo afuera había un grupo de ancianos reunidos bajo un gran árbol.
Se les acercó y preguntó por Amada, pero otra vez las respuestas fueron ambiguas.
Repitió la pregunta, ahora con más firmeza, y por fin uno de ellos, mirándolo con recelo, preguntó en castellano:
—¿Amada la nieta del h’ilol ?
—Ella mera.
—Tiempo hace que aquí no está. El h’ilol se los llevó a todos en fincas. Se jueron todos, pue.
El anciano le miraba directo y sin titubear. Julián le explicó su propósito sin rodeos.
—Quiero hacerla mi mujer —dijo.
El hombre asintió con lentitud. Parecía entender la necesidad del kaxlan .
Algunas mujeres eran así, de las que se le meten a uno en la cabeza y no sueltan, hasta no salirse con la suya.
Algo había oído de las nietas del curandero.
Que si una embrujaba nomás por ser mujer bonita.
Que si la otra embrujaba porque tenía poderes.
¡Fuerte era el alma- ch’ulel de esa niña!
decían por ahí. Tras una larga pausa se dirigió al resto de los ancianos que, curiosos, esperaban expectantes.
El hombre tradujo las palabras de Julián.
Ellos nada dijeron tampoco, pero Julián sintió que lo miraban con mejores ojos.
Aprovechando el momento, habló con determinación.
—No vengo a llevármela a la fuerza —explicó—, aunque bien pudiera. Salió huyendo sin saldar cuentas. Ni adiós dijo. Eso ya no importa. Hoy vengo hasta acá para hacerla mi mujer. Con respeto y bajo ley. Quiero unirme con ella con propiedad y darle mi nombre, pues.
Los ancianos escuchaban con atención a través del hombre que traducía. Cuando Julián terminó de hablar, discutieron acaloradamente entre ellos, evaluando la sinceridad del ladino. En algún momento, el traductor comunicó a Julián el pensar colectivo:
—Si decide buscar a esa mujer, la tal Amada, que sea con nobleza y para protegerla. Si busca nuestra bendición, tendrá que ir con el Mayor. Solo él anuda y desanuda matrimonios. Ande con él, pue.
—¿Y dónde está el Mayor?
—Ahí alueguito —respondió señalando el cabildo municipal.
Hacia allá se encaminó. Adentro, le informaron que el principal estaba en el cuarto de juramento.
Era un cuarto enorme y frío, regado de juncia, sin más mueble que una mesa al centro.
Estaba lleno de chamulas quienes, en cuanto Julián entró, se pusieron de pie para saludarlo con una inclinación de cabeza y palabras masculladas, ininteligibles.
El aire en el aula era irrespirable; olía a sudor, a tabaco, a humedad.
El Mayor estaba sentado en la cabecera de la mesa.
Era un hombre de mediana edad con rasgos afilados y mirada esquiva.
Era la más alta autoridad y ahí estaba, escuchando querellas.
A su lado se hallaba su escribano, la persona encargada de poner en «papel que habla» las decisiones del juez.
El tema era la justicia que en Chamula significaba arrasar la hacienda, denunciar abusos de los enganchadores, vengarse del que maltrata a los hijos y viola a las mujeres.
Cuando el Mayor resolvió la última rivalidad —unos vecinos que se disputaban ovejas—, le hizo a Julián un ademán para que se acercara.
Él solicitó un intérprete, porque lo que iba a decir era largo.
Hubo una breve discusión entre los chamulas y tras pausas y miradas de resistencia, uno de ellos se paró y se puso a su lado.
Solo entonces Julián expuso su deseo. El juez lo escuchó solemne pero en cuanto comprendió su solicitud, prontamente se desentendió del asunto.