La h’ilol #3
Mercedes nunca olvidó aquella amonestación. Nadie debería saber el nombre de su nahual, ni siquiera Jerónimo. Por eso, que el niño siempre anduviera con esa Perra la reconfortaba. Era su tona - nakual ese animal. Compartían el mismo destino.
—Si no sabemos su nahual, no podemos curar —insistió María.
Mercedes giró a ver a su patrona que, desde el umbral, miraba la escena con una mezcla de curiosidad y repulsión. Mercedes no quería revelar el nahual de su hijo enfrente de doña Esperanza.
Por su parte, Esperanza, al ver la mirada vacilante de su sirvienta, comprendió que ahí su presencia sobraba.
Cuánto mejor, se dijo a sí misma, eso que discutían eran «cosas de indios» y a veces era mejor no saberlas.
Ahí que hicieran sus brujerías ellas solitas. Su corazón ya no daba para tanto susto.
—Vos hacés lo que les dé la gana, pues. Decíme cuando querés que llamemos al doctor.
Se dio la media vuelta y salió del cuarto.
En su cuarto de costura, la aguja subía y bajaba sobre la tela añadiendo el encaje en los pliegues del suntuoso vestido de satín.
Esperanza llevaba un rato cosiendo y ya casi terminaba cuando tocaron la puerta.
Hizo a un lado su maquinita, se levantó y sobándose la espalda fue a abrirla. Era Rosaura.
—¿Ideay?, ¿por qué abres tú la puerta? ¿Dónde está la Mercedes?
Definitivamente aquella era la mujer más fastidiosa y metiche que conocía, pensó Esperanza, molesta. Haría todo lo posible por despacharla rapidito.
—Pasá, pues. Mercedes está indispuesta.
—No digas. Qué desgracia, yo que venía saboreándome sus bocadillos. Y la indita esa, ¿cómo se llama? La que te enjaretó el padre Camilo. ¿Hoy no hizo pastelillos?
—Se llama María. Y no, no hay pastelillos. Venimos llegando de la finca.
—María. Claro. Así se llaman todas las indias.
—Si tenés hambre vení a la cocina y rascamos algo en la alacena.
—No, no. Déjalo, querida. No tengo hambre, solo antojos. ¿Y tu mocito bonito? ¿También enfermo?
—Sí, también.
Rosaura soltó una carcajada.
—¡Les ha caído la peste! Andemos con el vestido, pues, para sacarme de aquí antes de que me contagien.
Las mujeres pasaron a la sala.
—Sentáte un momento, por favor. Me hacen falta un par de puntadas.
La invitada no se sentó. En vez de ello comenzó a pasearse por la estancia, impaciente, mirando con curiosidad los cuadros que colgaban en la pared y levantando las figuritas de loza, yeso y madera que había sobre la cómoda.
Eran imágenes de vírgenes: la Virgen de Lourdes, la Virgen de la Concepción y otras que no reconoció.
En medio estaba la figura más grande y hermosa de la patrona, la Virgen de Guadalupe.
—No sabía que coleccionabas vírgenes —comentó por decir algo—. A esta pobre Guadalupana le mocharon una mano.
Esperanza no dejó de coser.
—Sí. Se nos cayó en el último temblor.
—Qué lástima. Es la más bonita. Pero no te preocupes, querida, yo tengo una de jade. Está arrumbada en algún cajón de mi casa. Mandá a tu mocito por ella en cuanto se alivie, y te la regalo.
La mujer estaba verdaderamente obsesionada con Jerónimo, pensó Esperanza, asqueada.
—Gracias, pero nada reemplaza esa virgencita «mocha», como vos le decís, es un regalo de mi difunta madre.
Hizo un último nudo, cortó el hilo y alzó el vestido.
—Listo. Vení a mi recámara a probártelo.
En la recámara Rosaura se puso el vestido y se miró en el espejo. No cabía duda que la huacalera era una modista extraordinaria.
—Tienes manos de ángel —dijo, modelando su vasta figura.
Esperanza se hincó con la boca llena de alfileres y comenzó a ajustar el dobladillo. En eso estaban cuando de repente se escucharon voces alarmadas en el patio. La Perra ladraba desenfrenada. Alguien gritaba.
—¡Jesús! —exclamó Rosaura— ¿Pero qué pasa?
Las mujeres corrieron al patio a indagar.
El origen del escándalo era el cuarto de los sirvientes y hacia allá se dirigieron.
Cuando abrieron la puerta un olor pesado a copal, incienso, sudor y animal las detuvo en seco.
Alguien había esparcido juncia por todo el suelo.
El cuarto estaba en tinieblas, salvo la luz titilante de las velas que alumbraban, en el centro de la estancia, a una gallina muerta.
En el lecho, Mercedes abrazaba a Jerónimo y él, confundido, miraba su entorno, como si estuviera despertando de un sueño pesado.
—¡Ya volvió! —exclamó Mercedes—. Ya está bien mi niño, señora.
Esperanza no alcanzó a reaccionar. Algo se movía en una esquina.
Era la figura fantasmal de María. La niña estaba tendida, como si durmiera, sobre el petate.
Tenía los brazos cruzados en el pecho y sudaba copiosamente.
Su vestido estaba manchado con sangre. Poco a poco abrió los ojos, y la luz radiante y ambarina, de su mirada iluminó la alcoba.
La luz se posó en la engalanada figura de Rosaura.
Al acto, el rostro sereno de María se llenó de alarma y repudio.
—Ella jue —pronunció al fin, señalándola—. Ella echó la maldición a Jerónimo. ¡Córrala, señora!