Tiempo de flor y de ceniza La h’ilol #2
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La h’ilol #2

Mercedes no era tzotzil, pero conocía bien las creencias de esa etnia gracias a su suegra, una indígena oriunda del pueblo de Soyaló.

Poco antes de que Jerónimo naciera, su padre había muerto, y la suegra, asumiendo la responsabilidad de su hijo fallido, se había llevado a Mercedes a vivir a su jacal.

La cuidó el resto de su preñez. Así, Mercedes había aprendido el modo y la lengua del tzotzil.

Fue ella, su suegra, quien la tomó por la espalda y la sostuvo mientras pujaba para parir a la criatura.

Fue ella quien recibió al niño cuando por fin salió de su vientre.

Ella le amarró el ombligo con una pita y lo cortó con las tijeras de los carneros.

Ella le había dado el huacal con agua de chile caliente, mientras enterraba la placenta cerca del jacal que rodeó con una franja de cenizas.

«Para el tzotzil cada persona tiene dos almas», le había explicado su suegra, «una llamada ch’ulel y otra llamada wayjel .

El ch’ulel vive dentro del individuo pero por las noches, mientras la persona duerme, abandona el cuerpo y deambula en el reino de los muertos, el katibak .

A veces, mientras el ch’ulel anda vagando, cae víctima de alguien que lo agrade y ya no puede regresar al cuerpo.

Es entonces que la persona se enferma y hay que traer al h’ilol para que haga sus ceremonias, lo regrese al cuerpo y lo cure».

Todo eso y más había aprendido, gracias a su suegra.

Mercedes sabía que el abuelo de esa indita había sido h’ilol pero ella ¿cuál era su magia?

, ¿era buena?, ¿era mala?, ¿sabría regresar el alma- ch’ulel de Jerónimo al cuerpo?

Algo en el pecho le decía que sí, que tenía poderes la niña.

Además, ahí estaba su sueño, ¡se había convertido en bola de fuego para proteger a Jerónimo!

Fuego que ahora parecía brotar de sus ojos ambarinos.

Viéndola ahí parada, con la luz de la vela abrazando su pequeña silueta, parecía un ángel.

—Ora pue, ¡cúreme a mi hijo! —accedió, por fin.

María se apresuró hacia el lecho, se encuclilló y sacó el morral que escondía debajo de su cama. De él fue sacando los objetos, uno por uno, que su Tata le había dado en el campo, hacía ya muchos años, cuando supo del llamado de los dioses: trece velas de color, copal, y perfume Siete Machos.

—Necesitamos gallina negra —dijo.

—Tenemos —dijo Mercedes—. ¿Qué más?

—Flores.

—Tenemos. ¿Posh ?, ¿te sirve?

—No Posh . No bebemos. Solo refresco.

—Tenemos.

La niña pensó un poco y luego, como si de pronto recordara algo, preguntó:

—¿Cuál su lab?

—¿Eso qué es?

—Su nahual. ¿Cuál es?

Mercedes titubeó. Sabía que eso era algo que no debía de revelar.

Su suegra se lo había advertido claramente: «Para el tzotzil cuando un niño nace, nace a su vez un animal en el monte.

Ese animal es su otra alma; su wayjel o nahual, su compañero.

Los destinos del hombre y del animal están unidos; lo que le ocurre a uno le ocurre al otro: el poder, la enfermedad, la muerte.

Todos tenemos cuando menos un nahual, pero a veces tenemos más.

Nuestra fuerza depende de cuál es nuestro wayjel y de cuántos tenemos.

Algunas personas nacen con nahuales muy poderosos como el jaguar, el puma o el coyote.

Unos pocos tienen nahuales de la naturaleza como el rayo o el viento.

Esos son más poderosos todavía: pueden ver desde lejos los lugares sagrados, dentro de las montañas, el cielo y la Otra Muerte-Otra Vida; son capaces de encontrar las cosas o personas perdidas, ver las causas de las enfermedades, hablar con los dioses y con los muertos.

Son h’ilol . Hay personas que nacen con nahuales malos; esos son animales de la oscuridad como el zopilote rey, la lechuza o el zorro.

Cuando la persona es maléfica, puede convertirse en animal para dañar a otros; puede elegir a su víctima y mandarle el poslom, que es la energía del mal, en donde quiera que se encuentre y causarle una enfermedad o la muerte».

La suegra de Mercedes no le había revelado a ella el nahual de Jerónimo hasta el día que le dio su nombre.

Al amanecer de aquél día, elegido por el sacerdote tonalpouhque , se juntó la gente del paraje y se hizo el rito que fijaría su destino- tonalli .

La suegra tomó al niño en brazos, lo bañó y se lo ofreció al Sol- Chutotic .

Anunció su nombre en voz alta: Jerónimo López Gallo, tres nombres de acuerdo con la tradición: un nombre de pila, un apellido ladino y otro indígena, que casi siempre era el nombre de un animal.

López Gallo habían sido los apellidos de su padre y ahora serían suyos.

Al alzarlo le recordó que había nacido en el noveno cielo y agradeció a Quetzalcóatl y a Tloque Nahuaque por su existencia.

Después le dio a probar el agua, primero en la boca recitando: «He aquí el agua azul clara, el agua amarilla, la que baña y limpia el corazón».

Tres veces lo alzó a los cielos, orando a Ometecuhtli, a Omecíhuatl, a Citlallatónac y a Citlalicue.

Terminada la ceremonia por fin le entregó su hijo a Mercedes, y solo entonces le susurró en el oído el gran secreto: el nombre de su nahual.

—Es perro —le dijo—. Pero a nadien lo dices. Ni a él.