Tiempo de flor y de ceniza La h’ilol
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La h’ilol

Los golpes de la butaca le estaban haciendo papilla la espalda y encima, una sorda angustia agitaba el corazón de Esperanza: no dejaba de pensar en la propuesta insólita de Luciano.

¿Casarse con él? Ni que estuviera loca. No podía creer que Luciano, siendo un hombre inteligente, se hubiera atrevido a declararle sus sentimientos de esa manera tan…

exagerada. «Llevo años amándola» había dicho, con ojos de perro pateado.

¡Por Dios! ¿Qué bicho le había picado al italiano?

Ya no estaban en edad para esas ridiculeces.

Además, si lo que la gente decía de él era cierto, que una monja le había roto el corazón, ya debía de saber que el amor no era más que una soberana mentira; una trampa tendida a los jóvenes para que cumplieran con su obligación de procrear.

Nada más. No, la propuesta de Luciano no nacía desde el amor.

Entonces, ¿qué quería el hombre, pues? ¿La finca?

¿Las pocas pertenencias que le quedaban?

¿Como para qué? La finca estaba quebrada y él lo sabía mejor que nadie.

¡Él era el contador! Ese no podía ser el motivo.

¿Cuál era, pues?, por más que Esperanza buscaba la respuesta, no la hallaba, y por más que trataba de no pensar en Luciano, el recuerdo de esa mirada suya, verdosa como el mar, la seguía asaltando.

Tendría que correrlo, decidió. Vendería la finca cuanto antes.

—Andá, cochero, que ya me anda por llegar —lo apuró, molesta con sus cavilaciones que no llevaban a nada. Le urgía que aquel viaje inclemente terminara.

—Ya mero llegamos, señora —avisó él.

Sentada enfrente de ella estaba Mercedes, otra vez durmiendo como una bendita.

Qué ganas de dormir así, pensó, con un dejo de envidia.

Dormir sin tener que preocuparse por los gastos, por el mantenimiento de la casa, por las cosechas o por propuestas ridículas de hombres desquiciados.

Bien decía su sirvienta que ser pobre tenía sus ventajas.

«No se apura una por perder lo que una no tiene, señora, ni de tener falsas amistades.

No dice usté mesma que el reino de los cielos es de los pobres, pue?

Tonces, ¿pa qué se angustia tanto?». Esa verdad bíblica, dicha por su sirvienta pagana, de pronto le arrancó una carcajada.

Mercedes despertó sobresaltada.

—Jo burro con este calorón —dijo quitándose el rebozo.

—Dice el cochero que ya casi llegamos —comentó Esperanza, y señaló la ventana para comprobarlo.

Caía la tarde en Tierra Caliente. El bochorno adormecía a las familias huacaleras que sentadas en las banquetas frente a las puertas de sus casas, abanicaban su modorra.

A lo largo de la calle las indígenas preparaban sus ramitos de jazmines, azucenas y gardenias, perfumando el ambiente y preparándose para venderlos a los caballeros.

Era la hora en que los hombres «de a caballo» paseaban en sus corceles.

Todas las tardes las herraduras de sus caballos criollos golpeaban el empedrado anunciando su desfile.

Las señoritas de edad merecedora salían a verlos, vistiendo sus mejores prendas.

Ellos, al pasar enfrente de la gente, se alzaban el sombrero y saludaban: «Buenas tardes», aunque fueran malas por el calorón, o por cualquier otra contrariedad que seguido achacaba al pueblo.

Detrás de ellos siempre iba el mozo muy pendiente, listo a sostenerles el caballo cuando desmontaban para presentar sus respetos a alguna de esas señoritas con esos ramilletes de flores que compraban a las indígenas.

La hora de la canícula era para eso, para arrancarle suspiros a las jóvenes agraciadas de buenas familias y para pregonar las riquezas de los «meros hombres»: el caballo de mediana alzada, fuerte y veloz, el traje de gamuza con adornos de plata, la silla de cuero amartelado con hilos de vívidos colores que embellecían los arreos.

Viéndolos ahí, en medio de su desfile, Esperanza se acordó de Rosaura.

Esa mujer siempre platicaba que así la había cortejado su marido, desde el caballo.

Al pensar en ella recordó que tenían una cita pendiente.

—Decíme, Merceditas ¿qué día es hoy? —preguntó, inquieta.

—Asegún es martes, señora.

—¡Madre de Dios! Esta noche viene a la prueba de su vestido doña Rosaura. Y mirá vos que no he acabado de costurar el encaje.

Mercedes no supo qué decir.

—Tan pronto lleguemos a la casa me sacás la máquina, Mercedes —le ordenó. Se refería a su maquinita manual de coser—. Debo tenerlo listo.

—No se apure, patrona, yo la ayudo. ¿Pá cuando lo quiere, pue?

—Para el domingo. Para el jaripeo. ¡Por eso me acordé!

—Tá bueno. Yo la ayudo.

Merceditas era una bendición, pensó Esperanza, agradecida.

Siempre salía al rescate. La máquina de coser era más fácil de manejar entre dos personas.

Así, mientras una sostenía la costura, la otra podía darle vueltas a la rueda y avanzar mejor.

El vestido ya casi estaba terminado y le estaba quedando bonito.

El patrón lo había conseguido de El Educador Universal de Gateley .

Era un vestido dominguero de muselina blanca con botones rojos que estaban muy de moda.

—Muchas gracias. He trabajado bastante con ese modelito.

—Sí, pue. Lástima que esa señora no le hará justicia.

Ambas rieron.

A Merceditas también ya le andaba por regresar a casa.

Todo el viaje había soñado feo. Soñaba con ese hijo suyo, averiguador, que con todo el mundo hablaba, con el bolero en el parque, con las marchantas en el mercado, con la cacahuatera de la esquina.

En su sueño, Jerónimo algo decía a esa gente que los hacía enojar.

Bravos se ponían escuchándolo y de pronto ya querían hacerle daño.

Estaban a punto de agredirlo cuando de repente aparecía María convertida en una bola de fuego a arrojarse contra la muchedumbre, para protegerlo.

Fue entonces que la risa de doña Esperanza la despertó.

¡Qué sueño tan raro!, pensó, estremeciéndose.

Ya quería llegar a casa y mirar a su muchacho con sus propios ojos para ver que nada malo le había pasado.

Tan pronto el cochero detuvo las bestias, Mercedes sintió un aguijón en el corazón.

La Perra no había salido a recibirlas y ese animal siempre ladraba cuando alguien se acercaba a la casa.

Vio los faroles. Estaban apagados y a esa hora, Jerónimo ya los debería de haber encendido.

¿Dónde andaba, pues, ese muchacho? El alma se le encogió.

Por ningún lado se veían ni su muchacho, ni la Perra.

El cochero ayudó a las mujeres a descender del carruaje.

—¡Jerónimo! —lo llamó—. ¡Ábrenos, pues!

Pero nadie respondió. La reja del jardín estaba abierta. Lo atravesaron y se encaminaron presurosos a la casa. El cochero golpeó el portón con su chicote, pero el portón se mantuvo cerrado.

—Tiremos la puerta —urgió Mercedes.

Justo entonces la abrió María.

—¿Dónde está Jerónimo? —preguntó Mercedes enojada. La empujó a un lado y se introdujo a la casa—. ¡Jerónimo! ¡Jerónimo!

María señaló hacia el cuarto de servicio y Mercedes hacia allá se dirigió, apurada.

La recámara estaba oscura y el aire era pesado. Solo la luz titilante de una vela iluminaba el lugar. La Perra estaba echada a un lado de la cama junto a su amo. Jerónimo estaba tendido en esa cama. Tenía los ojos cerrados.

Mercedes se abalanzó hacia él.

—¡Hijo! ¿Qué te pasa?

Arrancó el zarape que lo cubría y le palpó el cuerpo, buscando algo que explicara su inercia. Cuando le tocó el rostro, Jerónimo gimió de dolor. Ahí, debajo del ojo, tenía un golpe. La hinchazón le cerraba el párpado, y la mejilla era una bola más grande que un limón. Estaba afiebrado.

—¿Qué le hiciste? —le preguntó a María con furia—. ¡Habla niña!

María se retrajo pero no contestó.

—¡Mercedes! ¡Por la vida de Dios!, agarrá juicio zopenca —la amonestó Esperanza que había corrido tras ella y ahora estaba parada en el umbral del cuarto. No se atrevía a entrar por aquello de los gérmenes—. ¿Por qué le echás la culpa a la chiquilla?

Jerónimo entreabrió los ojos. Una sonrisa trémula se dibujó en sus labios.

—Nada hizo ella, mamá. Fue un ladrón —hablaba con voz apagada. No tuvo fuerzas para decir nada más. Los ojos se le cerraron en contra de su voluntad y volvió a caer en su sueño afiebrado.

—No te duermas. ¡Despierta! —ordenó Mercedes. Lo asió por los hombros y lo sacudió pero él no volvió en sí.

—Corré por una berlina, chamaca —dispuso Esperanza—. Y decíle al cochero que te lleve donde el médico. ¡Andá!

—No, señora. Yo voy —exigió Mercedes—. A la chiquilla no le hará caso el médico, menos a esta hora.

Iba a salir cuando María se interpuso en su camino.

—Yo curamos —dijo.

Las mujeres se miraron entre sí.

—¡Mirá vos! —exclamó Esperanza—. Resulta que ahora esta sabe curar. Menuda sorpresa.

—Yo curamos— repitió María, sin dejar de mirar a Mercedes.

La sirvienta sintió una mezcla de terror y de esperanza. ¡Lo sabía! Esa indita tenía poderes. Hablaba poco, pero cuando lo hacía, su voz se imponía. Perdía uno la voluntad, pue.

Esperanza se desesperó. Le urgía salir de ese chiquero de cuarto que apestaba a perra.

—Hacé lo que le digo, niña —insistió—. Decíle al cochero que traiga al médico. ¡Andá pazguata!

María no se movió. Esperaba la respuesta de Mercedes. Enojada, Esperanza la jaló del brazo, apremiándola a obedecer, pero la Perra, que observaba con las orejas paradas, brincó y le peló los colmillos, gruñendo.

—¡Quieta! —ordenó Mercedes y el animal se retrajo, renuente.

—Esta niña tiene magia, señora —explicó Mercedes—. Sabe curar.

—¡Mercedes, por Dios! Dejá de decir burradas.

Mercedes solo miraba a María.

—¿Qué tiene Jerónimo? —le preguntó.

—Su alma- ch’ulel no puede volver al cuerpo. Está lastimada.