Manos prodigiosas #2
El lugar se veía cambiado, pensó Benjamín, mirando su entorno.
Cada cosa tenía su lugar. ¿De dónde había sacado Amada esas canastas y jícaras?
¿Qué eran esos racimos que colgaban del techo?
Lo más impresionante era la madera, cortadita y alineada, lista para alimentar el fogón.
Sí, la mujer sabía usar el machete, y también el hacha.
A la luz de la lumbre, ella también se miraba diferente: lucía más sana, más tranquila, más…
hermosa. Justo entonces Amada alzó los ojos y lo miró.
El rubor encendió sus mejillas y por primera vez, y a pesar de sí misma, correspondió su sonrisa.
Amada había olvidado lo alto que era el kaxlan .
Más alto que las botargas en la fiesta de San Juan, pensó.
Se le había olvidado también su modo sereno, reposado.
Era suave su andar y su habla. Hasta cuando cortaba madera o espoleaba la mula nunca se agitaba, pue.
Nunca alzaba la voz, como otros ladinos.
A la mula también le hablaba suavecito, como si fuera su mujer.
Incluso, a la hora de pelear, era manso él.
Lo sabía pues en aquel pleito con él, cuando los dos rodaron por el suelo peleándose por el machete, la había sometido sin lastimarla.
Fuerte y firme era el meco , pero no violento.
El tigre es su nahual, ¿será?, se preguntó.
El águila, ¿será? Tenía que ser un animal poderoso.
Así que, por muy fuerte que fuera el ch’ulel del brujo que le había echado la maldición al plantío, por muy feroz su nahual, no podría jamás comerse al alma- ch’ulel del kaxlan . Bueno era él. Petome su alma.
Amada aprovechó el agua que había hervido para su pozol.
En ella guisó un manojo de xispolul , una hierba amarga pero sabrosa, parecida a la espinaca, que crecía por doquier.
Se afanó cortando tomates, picando cebolla y palmoteando la masa.
Mientras tanto Benjamín fumaba, mirando a esa mujer callada y humilde, siempre atenta, yendo y viniendo como una silenciosa ardilla, de la lumbre a la tinaja de agua, a las ollas, al comal.
Amada parecía bailar sin más música que el trajín de los trastes y las cazuelas.
Cuando la masa estuvo lista, Amada arrimó el comal a las piedras calientes y extendió sobre él las primeras tortillas. Conforme se fueron inflando, su placentero aroma impregnó el aire frío de la noche, mezclándose con el olor a tabaco del kaxlan .
Amada le presentó el plato lleno de alimentos en la mesita y se dispuso a verlo comer, sin participar.
Benjamín apagó el cigarro y ahora sí se sentó.
No insistió en que Amada comiera con él.
Había aprendido a respetar esa costumbre tzotzil, en la que la mujer servía y no comía hasta que el hombre hubiese terminado.
No le agradaba esa costumbre, pero tampoco quería imponer su voluntad.
Sin más, se empinó sobre el plato y comió, ávido y agradecido.
No tenía idea de qué estaba comiendo, pero lo que fuera, estaba delicioso, ¡qué buen sazón tenía esa mujer!
—¿Todo bien aquí? —preguntó entre bocados.
Ella tardó en responder. No quería hablarle del uch . El kaxlan no entendería. Además, el remedio iba a funcionar, de eso estaba segura, entonces ¿para qué preocuparlo? Mejor callar.
—Sí. Y allá en la finca ¿qué razón le dieron de mi hermana?
Era la primera vez que Amada mencionaba a su hermana.
—No me habías dicho que tienes hermana —le reprochó.
Amada ignoró su tono molesto.
—María. Se llama María. Ocupo saber de ella.
—No está en la finca.
Amada sintió un gran alivio. La chamaca la había obedecido.
—¿Dónde está? ¿Caso dijeron?
—No, no lo saben. El Picho dijo que tu hermana está contigo. ¿Tú sabes dónde está?
—No. Ya decimos, queremos saber.
—Entonces ¿Por qué dijo el Picho que andaba contigo?
—El Picho. Ese señor, ¿qué va a saber? —replico molesta—. Pa tomar chicha solo sirve él.
—El Picho sabe mucho de la finca. Me está entrenando.
—De la finca será, pero nomás. Nada sabe de mi hermana. Nada sabe de mí. El Picho harto solapó la maldad de don Macario. Sépalo usté. Culpa tiene que lo hayan matado. Más vale que se ande usté con cuidado, kaxlan . Ese señor no es de fiar.
Le sostenía la mirada al hablar, sin parpadear. Me está diciendo la verdad, pensó él. Además, era cierto que al Picho le gustaba tomar. Eso le había quedado claro.
—Tu hermana, ¿dónde está entonces?
—Caso sabemos. Le pedí que se juera con el padre Camilo a Tapachula. Pero es terca ella. Como Modestine. No sabemos si hizo caso, pue.
Benjamín llevó su plato a lavar, pero ella se lo arrebató y lo lavó ella misma. Él encendió otro cigarrillo y miró el cielo. Había dejado de llover. Los chirridos de los grillos se hacían cada vez más fuertes. Tras una larga pausa, desprendió la mirada de aquel cielo estrellado y habló.
—En un par de días debo ir a Tapachula a registrar la finca con las autoridades. Vendrás conmigo y buscaremos a tu hermana.
¿Cómo iba ella a ir a Tapachula?, pensó Amada.
¿Y si alguien la reconocía? ¿Y si la aprendían las autoridades y la encerraban en la celda de Las Margaritas?
¿Quién iba a defenderla? ¿Quién iba a ver por María, pue?
No. Staba loco el kaxlan . Restregó los platos, pensando y mientras más pensaba, más se le antojaba la idea descabellada de ir a Tapachula con él.
Había riesgos, sin duda, pero también sentía la necesidad imperiosa de encontrar a María y saber que estaba bien.
Necesitaba ver a su hermana, abrazarla y llevársela lejos.
Lejos de las fincas. Estarían mejor muertas que separadas.
Iría con él, decidió finalmente. Y ya Dios diría si las iba a proteger.
Y si no, si las abandonaba, ¡que las llamara el Tata de una vez, allá donde nadie sufría!
Terminó su faena sin hablar. En algún momento escuchó que Benjamín se levantaba y entraba a la casa. Ya va a dormir, pensó, pero no. El extranjero pronto volvió a salir.
—Tú duermes en la casa y yo en la pocilga —dijo con voz de mando y sin esperar su respuesta se dirigió al cochinero.