Tiempo de flor y de ceniza Manos prodigiosas
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Manos prodigiosas

El uch se había apoderado de la milpa. Amada lo sabía por el color pajizo de los tallos y las hojas del maíz.

Así se ponían las plantas, secas y tristes cuando les pegaba el uch .

Después morían. La joven tzotzil recorrió la parcela mirando con lástima el maizal, las matas de frijol trepador, la calabaza.

Todas enfermas las plantitas. El uch era una maldición mandada por algún demonio- pukuj a saber de donde.

Más fácil era espantar animales, tuzas o jabalíes, pero ¿el uch ?

¡difícil era sacar esa maldición, pue! Aunque harto duro fuera salvarlas, pensó, tenía que intentarlo.

No podía dejar que el uch’ acabara el arduo trabajo del kaxlan así nomás, sin echar pleito.

Lo bueno era que ella sí sabía cómo correr al uch de la milpa.

Su Tata les había enseñado el remedio, a ella y a María, muchos años atrás, cuando recién habían llegado a La Victoria.

Eran pocos los que conocían ese remedio que, cuando pegaba, enseguida alegraba las parcelas.

El problema era que no siempre pegaba. Como aquella vez que su Tata había tratado de ayudar a un señor de Zinacantán.

Era el carnicero de la finca, y trabajaba descuartizando animales en el rastro.

Era desagradable ese señor y también su chamba.

Vivía en un ranchito con una buena parcela cerca del rastro.

Un día le pegó el uch a su milpa y mandó por el Tata.

Pero por más que su abuelo trató de azuzar la enfermedad, al final no pudo salvarle ni un grano de maíz.

El señor, ese teco malagradecido, ¡qué bravo se había puesto!

En su desesperación acusó al Tata injustamente: «Tú nos echaste la maldición», le gritó, «tú no eres h’ilol de deveras.

¡Eres demonio- pukuj !». El Tata no se había defendido.

Soportó los reniegos del carnicero sin parpadear, pero después, a la hora del pozol, cuando ya estaba solo con ellas, les explicó por qué la cura no había funcionado: «Hay hombres que tienen puro odio en su alma- ch’ulel », dijo.

«Con ellos ningún remedio funciona. El bien no cabe en el mal».

Y era cierto. El carnicero era malo. ¡Mataba borreguitos él!

Esos animalitos mansos que para los tzotziles, eran sagrados.

Aprovechaban su lana, eso sí, pero era un sacrilegio comer su carne, o beber su leche porque ésta pertenece a las crías.

Por eso, ellos nunca vendían sus borregos, porque no existe nada que pueda pagarlos.

Tampoco los cambiaban por otras pertenencias.

Solo se desprendían de sus borreguitos para ofrecerlos como valiosa ofrenda.

Malo era, pues, que aquel teco, siendo de Zinacantán, pueblo hermano tzotzil, estuviera matando los animalitos.

Ahora mismo, Amada necesitaba saber esto: el kaxlan tenía odio en su alma- ch’ulel como el teco, ¿será?

Porque de ser así, el remedio no funcionaría.

Cerró los ojos y convocó la imagen del extranjero en su pensar: vio su mirada celeste y su sonrisa cabal.

No, decidió. En él no había odio. Bueno era.

Caminó por la parcela una vez más. Pasó su mano por las hojas de una mazorca. Miró de cerca el tallo y palpó la tierra. No podía seguir alargando el tiempo. La milpa necesitaba el remedio ya. Sí o sí.

Resuelta, se abocó a buscar los enseres que necesitaría para el remedio.

En la pocilga encontró una bolsa de riata despercudida y en el monte, después de rastrear, justo en donde las aves de rapiña señalaban volando encima, halló los huesos del tuluk -tuza.

Los recogió, los metió en la bolsa e hizo un bultito que amarró con una tira de palma.

Luego lo colgó del horcón en la entrada de la propiedad.

—Ora sí no entra el uch —pronunció convencida—. Bonita se pondrá esta milpa.

Alzó la vista al cielo tratando de calcular la hora del día.

Todavía había luz, pero el Sol- Chutotic ya comenzaba a esconderse en el cenit.

Hoy tampoco regresaría el kaxlan , auguró, y esto le encogió el corazón.

Hacía falta la presencia alta y sonriente de ese meco .

Cierto que era raro- jut , pero de alguna manera la hacía sentirse a salvo.

Además, ya le andaba por que le diera noticias de la finca.

Ocupaba saber, ante todo, si su hermana María la había obedecido y se había ido con el padre Camilo a Tapachula.

O si no. Más valía que la chamaca le hubiera hecho caso.

Y los patrones, seguían buscándola ¿será?

Pensaban que ella había matado al caporal ¿será?

Los perros ¿seguían rastreándola? Esa última posibilidad la estremeció.

No vamos a pensar en eso, se dijo. Corrimos en aguas todo el tramo hasta llegar aquí, pa no dejar rastro.

No, los chuchos no nos van a oler. Hasta aquí no llegan. No, pue.

Necesitaba ocuparse en algo. Tanto pensar no era bueno, nomás le hacía bolas la cabeza.

Mejor aprovechar la poca luz que quedaba y sembrar, en caso de que el remedio no pegara.

Eso haría. Crecería la milpa del kaxlan , ahí mero, donde pegaba bonito el sol hasta bien tarde.

Eligió un pedazo de terreno bravío y con el machete comenzó a derribar los acahuales.

Movió piedras, jaló la mala hierba, y cuando el terreno estuvo limpio, hizo la primera hilera de hoyos con un palo cuya punta afiló a machetazos.

Trabajó con rapidez, llenando esos pocitos con estiércol y tierra, enterrando encima las semillas.

Cuatro granos de maíz en cada agujero y en las esquinitas semillas de calabaza, frijol y chilacayote.

En lo alto, el cielo se oscureció y el destello de un relámpago seguido de un trueno la obligó a cesar su labor.

Se venía el agua. Eso era bueno. En unos quince días brotarían las puntitas de su siembra, mechitas que de ahí pal real se crecerían solitas.

Y el uch ya no estaría por ahí. Ya se habría vuelto al alma negra del demonio que lo había mandado.

Aquí, en esta finca, habría harto que comer.

La lluvia se desató con furia, y Amada corrió a resguardarse en la casa del kaxlan .

Desde que este se había ido, ahí dormía ella, por órdenes de él.

Dormía sobre una tarima revestida con una densa cobija que ella misma fabricó, rellenándola con hojas de maíz.

Esa no era la única mejora que había hecho en la vivienda del extranjero, durante su ausencia.

También había limpiado y ordenado sus tiliches, guardándolos en canastas que tejió con tiras de palma.

Afuera, en la cocina, colgó del techo muchos ramilletes de hierbas silvestres y raíces que todas las mañanas salía a recoger, cuando iba por agua y leña.

Cerca del río había bejucos con jícaras que cortó y secó haciendo con ellas vasos y bandejas.

En esos recipientes guardó semillas y frutas del monte, para que no se les treparan las hormigas.

¡Había tanto que hacer en ese lugar! Hoy el día se le había hecho corto por culpa del uch .

Tan ocupada había estado espantando la maldición, que nada había comido desde que amaneció.

Al pensarlo sintió hambre y decidió hacerse un pozol.

En el brasero puso a calentar un poco de agua.

Y en eso estaba, esperando a que hirviera, cuando de repente escuchó ruidos extraños afuera.

El corazón le dio un brinco. Un animal ¿será?

se preguntó, y rezó para que así fuera. Más fácil era defenderse de una bestia de cuatro patas que de una de dos.

Asió el machete que siempre tenía a la mano y se escondió detrás de la casa con el corazón latiendo, desbocado.

Desde su escondite miró sigilosa buscando al intruso, pero la lluvia y la oscuridad no la dejaban ver nada.

El ruido se fue acercando y pronto pudo identificarlo: era el galope de un equino.

Un caballo, ¿será? Una mula, ¿será? La lentitud y peso de la cabalgata le dieron la respuesta.

Se asomó de nuevo, con su temor ya reducido, y confirmó con alivio que sí.

Era la mula Modestine y sobre ella venía el kaxlan .

Soltó el machete, asió la antorcha y salió a recibirlo.

—¡Le agarró la noche! —le dijo, con tono de reproche—. ¡Qué susto nos dio!

Benjamín se apeó de la mula. Estaba empapado. Se sobó la espalda y tras amarrar al animal en un árbol, se refugió bajo el envarado de la cocina. Se quitó el sombrero y el capote de monte y sacudió las prendas empapadas.

—Modestine se puso terca —explicó—. No quería atravesar el río.

—¿Ideay? Así son las mulas, pue —apuntó ella—. No por nada el dicho.

—¿Qué dicho?

—Que «cuando la mula es mula, aunque la carguen los santos». Eso dicen.

Él soltó una carcajada.

—Aquí para todo hay dichos, Amada.

Mucho había extrañado la risa del kaxlan , pensó ella, y la manera como decía su nombre. El bochorno ardió en sus mejillas y eso la avergonzó más todavía.

—Siéntese, pue —dijo turbada—. Ha de estar hambreado. Orita le hago algo.

Benjamín se acercó al fogón. Añadió un poco de leña al bracero y se frotó las manos.

No se sentó. Le dolía la espalda y necesitaba estirar las piernas todavía entumecidas por el largo y laborioso viaje.

Se recostó en el poste, encendió un cigarro y fumó sin dejar de mirarla.

Cada vez que ella se dignaba mirarlo, le sonreía.

Ella, en cambio, le esquivaba los ojos y le escondía la cara.