Tiempo de flor y de ceniza El Picho #3
57%

El Picho #3

—Pos dígale que don Juan no se encuentra, oiga —respondió él—. Caso sabemos cuándo regrese. Si quiere, nomás déjeme a los reos y yo los encierro. Ay, como usté prefiera.

—No, gracias. Nosotros nos ocupamos. Pero sí le voy a pedir que les mande agua, y algo de comer, aunque sean los restos pa los perros.

—Sí, señor. Orita les mandamos su ración. Usté y aquí el patroncito, pasen a la cocina cuando terminen. La Chencha les dará su tortilla caliente, si gustan.

El Picho esperó a que el hombre les abriera, o les diera las llaves del candado, pero el hombre titubeaba. Algo quería decir, pero nada salía de su boca.

—¿Tiene usté la llave? —le preguntó el Picho, impaciente.

—Sí, pue. La tengo. Pero dígame, oiga, ¿los va usté a escarmentar o nomás los va a encerrar?

—¿Cómo?

—Sí, o sea, ¿los va usté a castigar, pue, como acostumbraba hacer don Macario?

El Picho no entendía a qué venía la pregunta.

—A ese caporal ya lo mataron.

—¿Sí, pue? —su asombro era evidente.

—Sí, pero ¿por qué pregunta que si queremos castigarlos? Digamos que eso queremos. ¿A usté qué carajos le importa? Son nuestros presos.

—Sí, son suyos. Y no se amuine, oiga. Yo nomás pregunto porque la vez pasada se le pasó la mano a su caporal, ese que dice que mataron.

Y aquí nos dejó a un indio todo jodido. Nadie lo atendió.

No resistió y se murió. Lo vinimos a saber harto después y nomás por el hedor que hasta arriba llegaba.

El patrón, don Juan, se molestó bastante.

¡Bien enojado se puso! Nosotros lo tuvimos que enterrar y don Macario, oiga, ni un quinto nos dio.

Tonces yo le pido a usté que si a estos los va a escarmentar, que luego venga usté a revisarlos bien pa ver si todavía le sirven de algo.

Y si no, écheles tierrita encima pa que no nos apesten el lugar. Yo nomás eso le pido, oiga.

El Picho nada dijo. Miró hacia los cerros, se quitó el sombrero y se pasó la mano por la cabeza canosa.

—¿Y cómo sabe usté que ese indio era nuestro?

—Eso dijeron, pue, cuando levantaron el acta.

El joven tzotzil, que hasta entonces escuchaba esa plática con aprensión, rompió en llanto.

—¡Nos van a matar! —gimió—. ¡Ay, Mapache! Nos van a dejar morir como ratas.

El Mapache se apuró a callarlo.

—¡Cállese! Nadien le está hablando a usté.

El muchacho trató de controlarse, pero el miedo lo sacudía. Cayó de rodillas y con sus manos atadas se cubrió el rostro y siguió llorando.

El Picho sacó el lazo y lo reventó al lado del muchacho.

—¡Párese, cabrón! ¡Déjese de mariconadas!

El joven se levantó como pudo.

—Como ya le dije, ese caporal está muerto —dijo el Picho, bajando el lazo—. Orita mesmo, este señor que ve aquí, el señor Wolf, es el nuevo caporal. Pero no se preocupe, nosotros no buscamos matar a estos. Los queremos vivos pa que desquiten su deuda. De nada nos sirven muertos, pue.

El mestizo asintió con la cabeza.

—Tá bueno, pue. Y mucho gusto patrón —agregó inclinando la cabeza hacia Benjamín—. Orita le mando unas tortillas pa sus presos. Cuando terminen aquí, pasen a la cocina a ver a la Chencha y ella les atiende, si gustan.

Y así diciendo le entregó las llaves y se marchó.

El Picho asió el ocote a la entrada del sótano, lo encendió y se lo dio a Benjamín para que se lo detuviera, mientras él se entendía el manojo de llaves. Al cabo de varios intentos por fin cedió el candado y se abrió el portón viejo y oxidado.

—¡Órale cabrones! ¡Pa dentro! —les ordenó a los presos y ellos obedecieron mansos ante la amenaza del látigo.

En cuanto penetraron aquella boca de lobo, oscura y húmeda, un olor pútrido los golpeó: olía a una mezcla de pulpa de café fermentada, orina, y otros hedores.

Bajaron por las escaleras, que crujían con cada paso.

Abajo había dos celdas pequeñas y sin ventanas.

Dentro de las celdas había un petate en el suelo y una vasija sucia.

Benjamín no supo si la vasija era para los alimentos, o para que los presos hicieran sus necesidades.

Cuando alzó el ocote las ratas se escabulleron por doquier y notó, por primera vez, que las paredes estaban manchadas con sangre.

Al final del pasillo de aquel lúgubre recinto le llamó la atención un aparatejo.

Constaba de dos vigas largas en las que había espaciados varios pares de escapes en forma de medio círculo.

Ambas vigas estaban unidas en un extremo con una bisagra.

—¿Qué es esto? —preguntó.

Al Picho le sorprendió la pregunta.

—¿No sabe qué es?

—No.

¡Ese patroncito nada sabía, pue! pensó el Picho, preocupado.

—Es un cepo. Sirve pa escarmentar a los presos.

Benjamín no acertó a contestar. El cepo. ¿No era eso un instrumento de tortura de los tiempos de la inquisición? ¿Qué cosa hacía en esas celdas? ¿Qué tipo de negocio era ese? Sintió asco de estar ahí en esa aula hedionda donde, por lo visto, se cometían todo tipo de salvajadas.

El Picho encerró a los presos con candado, cada uno en su celda.

—Más vale que aprenda usté a usarlo —dijo, señalando el cepo—. En esos hoyos mete usté las patas del preso. Acá aprieta las vigas pa que queden pa arriba. Y ahí lo deja usté un buen rato, pero no más de dos días. Si no se les revienta la sangre y luego ya no pueden ni caminar.

Benjamin nada dijo. Temía decir una imprudencia.

—Entonces señor Lobo, dígame usté, ¿cómo quiere que castiguemos a este par de cabrones? ¿Con este cepo o con el gato de cuero? ¿Qué prefiere?

La pregunta era sincera, sin malicia, como si tuviera que elegir entre café o pozol. Desde sus celdas, aferrados a los barrotes, los presos aguardaban su respuesta con ansiedad. El Mapache no parpadeaba. El joven sollozaba, quedito.

—Eso no será necesario —dijo—. Deles usted de comer, Picho, por favor y vámonos de aquí. Arriba lo espero.

El Picho iba a protestar, pero lo pensó mejor, y no lo hizo. Ái que fuera aprendiendo solito ese kaxlan , decidió. Pero por lo que había visto hasta ahora él apostaría un huevo y el otro también, que ese patroncito no duraría en su puesto ni una semana.