El Picho #2
—¿Usted sabe quién mató al caporal?
—Caso sabemos —se alzó de hombros—. Quienquiera que juera, nos hizo un favor.
—¿No habrán sido los hombres que se fugaron?
—Los conozco. Son de mi paraje, pue. Puede ser, pero no lo creo.
—¿Y la mujer?
—¿Cuál mujer?
—Ayer preguntaba don Julián por una mujer.
—¡Ah sí! la Amada. Ella trabaja en la Casa Grande.
Sí, también se peló. Y ora andan echándole la culpa, pero no.
Ella no jue. ¡Imagínese! —rio con sarcasmo—.
Una indita así de bajita contra un semental como él.
No, ella no lo mató digo yo, aunque harta razón tenía pa despachárselo.
Andaba tras ella como lobo en celo, pue.
Y ahí sí que la jodió, digo yo. La Amada ya estaba apartadita pa don Julián.
Por eso anda de malas él, oiga. Armó una cuadrilla y peinaron el monte, buscándola con todo y chuchos, pero nada.
Nadie da razón de ella. ¡Se la tragó la tierra!
No se lo tome usté a mal. El patroncito siempre ha querido con ella y ya ve lo que dice el dicho: «gallo en celo espolón filoso».
Se le fue el pichón, pue. Y es que todos quieren con esa india bonita.
También el muertito quería con ella. Me consta.
Bien hizo en huirse la Amada, digo yo. Y bien hizo en llevarse a su hermana.
Aquí, entre tanto gavilán, no iban a durar mucho ese par de pollitas.
—¿Dice usted que esa mujer tiene una hermana?
—Sí, pue. Su hermana María. Asegún esa niña es bruja- pukuj . Eso dicen. Yo no. Tampoco creo que esa niña se haya echado al caporal. Porque a ver, dígame usté, por mucha magia que tenga esa chamaca, ¿cómo va a hacer picadillo a un cabrón tan grande como él? Bueno, eso mero pienso yo.
De todo aquello que el Picho le estaba diciendo, lo que más le sorprendía a Benjamín era que Amada tuviera una hermana.
¿Dónde estaba esa hermana? ¿A dónde la había escondido?
Repasó su primer encuentro con ella. No.
A su tierra había llegado sola, de eso estaba seguro.
Y dudaba mucho que la estuviera escondiendo en la selva.
¿Por qué no la había mencionado cuando le confesó su situación?
se preguntó. ¿Qué más daba que él supiera de su existencia?
Aunque fuera «bruja» como decía el Picho, a él poco le hubiera importado. Él no era supersticioso.
—Este aquí es el semillero —comentó el Picho, volviendo a su cátedra—. Aquí comienza todo, pue, y lo que sucede aquí, fija lo que viene después.
Se acercó a un saco de semillas, agarró un puñado y se las mostró.
—Las semillas brotan en sesenta días, más o menos, y si uno no las escoge bien, la cosecha no se dará, por mucho que uno le meta ganas después; no importa que el monte esté limpiecito, que la tierra esté bien abonada, que el sol y el agua se nos den a su debido tiempo.
Primero hay que saber escoger bien las plántulas.
Por eso, en tiempo de siembra, aquí me mandan los patrones.
Saben que tengo buen ojo pa escoger chapolas.
Me tienen confianza, pue. No les fallo. Cuando primero brotan les llamamos fósforos y de ahí, cuando les salen las hojitas a través del pergamino, se llaman chapolas.
Ya que se les cae la cáscara del frijol están listas las maripositas pa la enfermería.
Esas chapolitas que ve usté aquí las acabamos de traer del germinador.
Se ponen en esas bolsitas pa que les pegue el sol bonito.
Les decimos colinos y ahí se quedan, hasta que sea la hora de trasplantarlas al campo.
El Picho alzó una plántula para mostrársela. En eso estaban, inspeccionando, cuando de repente se dejaron escuchar voces agitadas. La algarabía procedía del beneficio.
—¿Qué es ese escándalo? —le preguntó el Picho a un hombre que venía subiendo a cuestas con su mula.
—Es Moll Julián. Asegún ya agarró a los huidos.
Justo entonces sonó el cuerno que convocaba a la peonada. Los hombres y las mujeres suspendieron sus labores y comenzaron a acercarse al beneficio, extrañados de que se les estuviera llamando a esa hora de nadie.
El Picho y Benjamín también descendieron.
En el medio del patio estaba Julián hablando con el jefe político de Tapachula, un tipo desdeñoso y cruel.
Era la cabeza de las guardias estatales, los soldados pagados por las fincas para perseguir a los trabajadores huidos.
A pesar de que en este caso Julián personalmente había encabezado la persecución y localización de los fugitivos, la entrega tenía que ser formalizada por medio de aquella constancia que ahora mismo firmaba.
Mientras tanto ellos, los presos, estaban amarrados a un poste.
Al Picho le sorprendió que fueran solo dos hombres: el Mapache y su ahijado.
¿Dónde pue estaba el Tuerto? Se preguntó, extrañado.
Benjamín miraba la escena con interés y curiosidad.
Se notaba que los aprehendidos habían hecho su mejor esfuerzo por escapar.
Estaban haraposos y fatigados; chorreaban lodo.
Una costra de mugre cubría sus cabezas rapadas.
Era la costumbre: traer a la peonada a coco.
En cuanto los enganchaban los rapaban precisamente para poder identificarlos con facilidad en caso de que trataran de escaparse como había hecho ese par, o huir a otras fincas.
Pero ¿quién en sus cabales trataba de huir en esa selva?
Se preguntó Benjamín. Por mucho que conocieran los bosques, y por muy fuertes que fueran ellos, era imposible ganarles la carrera a los perros, o a los soldados que andaban a caballo, mientras que ellos iban a pie.
Tendrían que estar locos para intentarlo. Locos o desesperados.
Julián terminó el trámite con el jefe político y antes de despedirlo, se dirigió a los prisioneros en voz alta, para que el resto de la peonada lo oyera:
—¿Ven esta lana que tengo que pagar por su captura? —les dijo, alzando el fajo de billetes—. Se les aumentará a su deuda, pendejos. Y en cuanto termine su castigo tendrán que desquitar cada centavo, ¿me oyen? Que les sirva de escarmiento a los demás, bola de cabrones. A mí no se me pela nadie.
Los trabajadores lo escucharon sin reaccionar, pero Benjamín pudo percibir en sus miradas un sordo desprecio.
Julián se acercó a hablar con el Picho. Él también se veía cansado y empolvado.
—Picho, llévese a los presos a Las Maravillas y ahí enciérrelos —le ordenó—. Que lo acompañe aquí, el señor Wolf, pa que vaya conociendo el lugar. Díganle al señor Luttemann que mañana voy pa allá a hablar con él.
—Si, señor. Orita mesmo los llevamos —asintió el Picho, y luego, armándose de valor se atrevió a preguntar—. ¿Oiga, y qué razón nos da del Tuerto?
—Ninguna —contestó Julián molesto—. Estos cabrones dicen que no saben nada de él, pero eso que se los crea otro pendejo.
Yo no. A ver si ustedes les avivan la memoria con unos varazos.
Bien merecidos se los tienen. Ahí se los encargo, Picho.
Y si tratan de escaparse de nuevo, ni lo piense.
Métales un tiro. Ya estuvo bueno de andar correteando a estos hijos de la chingada.
Y con eso, se dio la media vuelta y se fue.
El Picho se alistó para hacer el viaje. Mandó a pedir las mulas. Las ensilló y ordenó a los reos montarlas. Los amarró para que no huyeran y de ahí empacó agua y algunos víveres.
—Ámonos, pue, señor Wolf —dijo.
Partieron en caravana tan pronto pudieron.
Las Maravillas quedaba a una hora y media de distancia a caballo por lo que no llegarían sino hasta el mediodía, calculó el Picho.
Lo bueno era que el cielo estaba despejado.
Salieron toreando el estrecho descenso y los animales, sintiendo el peligro, avanzaron despacio.
El Picho iba adelante y Benjamín de escolta en su mula Modestine.
Desde atrás miraba con preocupación al muchacho ese que apenas si podía con su alma.
Se tambaleaba como si estuviera borracho.
Por fortuna, en algún momento el suelo se emparejó y comenzó un tramo por un terreno faldeado, arenoso, con altos paredones de cenizas volcánicas.
Llegaron a Las Maravillas en el tiempo estimado por el Picho.
Los perros de la hacienda los recibieron con fieros ladridos.
Alerta por el escándalo vino un mestizo vestido de manta, y con solo ver a los presos comprendió su cometido.
Les hizo señas y los guió hasta la cárcel que estaba ubicada en el sótano del casco, donde se cobijaban las máquinas.
Era el lugar perfecto pues con el bullicio de los aparatos no se percibían los gritos de los ajusticiados provenientes del subsuelo.
La finca Las Maravillas era una de las tantas fincas que pertenecían al señor Juan Luttemann, el representante de la firma alemana inversionista más importante.
Era la única finca que contaba con una escuela y con esa cárcel a la cual tenían acceso los vecinos finqueros.
La propiedad era casi una réplica de la finca La Victoria; la Casa Grande estaba ubicada en el pante más alto y el casco de la maquinaria en el centro.
Los grandes patios, donde estaban los silos, los depósitos para humedecer y los secaderos, servían de eje del poblado.
Bajo los vastos jacalones yacían desparramadas las chozas de la peonada.
Desde el aula de la maquinaria se podían ver las oficinas.
El administrador era otro alemán. Según le habían dicho a Benjamín, el señor Luttemann así solía llevar sus fincas: se traía a sus administradores de Alemania y al personal técnico, de Guatemala.
Los únicos mexicanos que contrataba ese señor eran los chamulas que, como el resto de los finqueros, tenía que reclutar y traer desde los Altos.
Los hombres se detuvieron frente a una puerta al lado del aula de las máquinas. Se apearon de las mulas y las amarraron a un poste.
—Le manda decir don Julián a su patrón que mañana viene a hablar con él —le dijo el Picho al mestizo.