El Picho
Llevaban una hora recorriendo el cafetal.
—Yo vine de Comitán —decía el hombre—. Mis papaítos eran de allá, también.
Mi padre, Horacio Pérez, de oficio carpintero, murió cuando yo tenía apenitas seis añitos en Guatemala.
Mi madre se llamaba Petrona y por eso me pusieron Petrono.
No vaya usté a creer que Picho es mi nombre propio.
No, pue. Yo fui bautizado en la iglesia de mi pueblo ante Dios nuestro señor como Petrono Pérez Canario.
Cuando murió mi papaíto, mi santa madre se dedicó a lavar ajeno pa mantenernos.
Pero no duró mucho. Se murió de inflamación.
Para ese entonces yo ya tenía trece años.
Me fui a trabajar con un tío y de él aprendí a ser carpintero.
Pero no había trabajo, pue. Estaba fea la cosa y nos vinimos pa Tapachula.
Aquí, la zona cafetalera era la salvación de todos los hombres que necesitábamos ganarnos la tortilla.
Aquí cuando menos uno come, oiga. Nos llevó ocho días caminar desde allá por la vereda vieja.
Nos vinimos por Motozintla y antesito de llegar a Tapachula, agarramos una veredita que llegaba a la finca Guanajuato.
El administrador de ese lugar era Francisco Ruiz, un español.
Tenía como gerente a míster Edwin, otro norteamericano, como usté.
Tenían, aparte de esa finca, otras más. Déjeme ver si me acuerdo: Hidalgo, Acapulco, Santa Rosalía, Irlanda, Esmeralda.
Luego estaba San Juan Chicharras que era de unos ingleses.
Puras fincas de café de altura. Mi tío luego luego nos colocó aquí, en La Victoria.
Mi primer trabajo fue en la Casa Grande ayudando a las muchachas.
Me mandaban a la milpa a pegarle a las mazorcas; las metía en una red y las golpeaba duro con palos, juntaba los granos de maíz, los encostalaba y los llevaba hasta la cocina.
También cosechaba los frijoles y cortaba las calabazas, secando las pepitas.
Le daba de comer a los cochis, ordeñaba las vacas, y sacaba trementina de los ocotales.
Acarreaba la leche cruda o el agua, asegún me lo pidieran, pue.
Un día me miró fijo doña Elena y le dijo a las muchachas: «¿Qué hace este indio grandulón aquí en la casa?
Mándenlo al campo a ayudar, que ahí sí falta gente».
Rápido me mandaron pa juera y así comencé a aprender las tareas de los hombres.
Yo estaba feliz, oiga. Me sentía muy machito pero ¡zaz! , rápido aprendí lo que era bueno.
Me pusieron en los patios a rayar café, moviendo el grano pa aquí y pa allá, pa que el sol no le pegara en un solo lado.
¡Jijole! Entonces sí aprendí a sudar. Tempranito en la mañana hacíamos fila pa agarrar nuestra fichita y ya con esa fichita nos daban el desayuno: café, frijoles y tortillas, a veces huevos.
Dormía en la gallera de los solteros. ¿Ve esa casa de allá?
—señaló—, pos ahí merito viví. Y mire usté, todo esto que le vengo contando sigue igualito.
Nada ha cambiado, pue. La gente afamiliada, los que tienen mujeres, viven ahí mero en las rancherías; les damos sus fogoncitos y ahí se hacen de comer y ahí se pasan la vida.
Los solteros se la ven solos como pueden, en sus galleras.
Eso no cambia. Pero como le decía, ya después me ocuparon de fogonero, y ya me daban una lanita más.
Pa ganarme otro poquito me puse a hacer leña pa las calderas de la secadora, o a darle a la poda, la limpia y el desombre de cafetales.
Lo que fuera. Un poco de todo pa que rindiera el sueldo, pue.
Y así, conforme fui enseñándome del café, y de cómo entraban y salían las mulas cargadas, me jueron agarrando confianza los dueños hasta que un día me dijeron: «¿Quieres ser caporal, Picho?
», y yo dije: «Pos sí». Y me pusieron de caporal.
Esos jueron los mejores años, oiga. Me rendía la lana hasta pa guardar un poquito.
Me compré unos animalitos, planté mi milpita y hasta regresé a Comitán a buscarme una mujer.
La pedí propio, de acuerdo a nuestras costumbres, y me la traje hasta acá, con la bendición de sus papaítos.
Me salió buena mujer, mi vieja, y por gracia de Dios, sigue con salud y me sigue aguantando.
La mera verda, señor Wolf, es que me ha ido bien en esta vida que me concedió Diosito.
No me quejo de nada, oiga, solo de esta cojera y estas reumas que cada día están pior.
Y pos ya no puedo rendir igual. Antes con estas meras manos recogía bastantes canastas al día.
¡Nadie me ganaba! Ora todavía me defiendo, pero ya no igual.
Hay días que amanezco con las manos engarrotadas, como hoy. Mire usté nomás cómo las tengo.
—Venga, le enseño el semillero —agregó, haciendo una seña con esas mismas manos engarrotadas.
Benjamín lo siguió por uno de los tantos senderos.
Era temprano, todavía, y las nubes serranas no acababan de alzarse.
La neblina esparcía el murmullo de las voces de los peones cortando por doquier.
El Picho caminaba pensativo, de cuando en cuando mirándose las manos como si no fueran suyas.
Benjamín agradeció la pausa en su monólogo.
Hasta ese momento lo había tratado de escuchar sin interrumpirlo, pero el día apremiaba y quizás ya era hora de tomar las riendas de su adiestramiento.
Necesitaba aprender lo esencial, cuál sería su función y cómo desempeñarla.
En cuanto llegaron al semillero apuró la primera pregunta, antes de que el hombre retomara su discurso.
—¿Cuántos hombres se emplean en esta finca?
El Picho se alegró de que el patroncito se animara a hablar. Ya le estaba preocupando que fuera mudo y si lo era, ¿cómo carajos se iba a entender con la gente? Por mucho que aprendiera el trajín de la finca, si no ordenaba su voluntad en alto, como Dios mandaba, nadie lo respetaría.
—¡Qué bueno que quiere usté saber! Mire, pa la cosecha de poco más de mil cuerdas ocupamos por lo menos unas cincuenta personas.
Y de ahí, otras setenta y cinco pa que no se críe monte.
También agarramos vaqueros, arrieros, el administrador y las muchachas que atienden la Casa Grande.
Y luego tenemos a los que agarramos asegún se van necesitando: albañiles, carpinteros, herreros y el médico.
—Y ¿cómo se les paga?
—Aquí en el campo se trabaja por tarea. Se les mide la cuerda y se les marca su pedazo de limpia, o pizca, asegún sea el caso. Usan granos de maíz pa contar sus días de trabajo. Ya después, el día de raya, se les paga con fichas que canjean en la tienda de la finca.
—¡Cómo! ¿No se les paga con monedas?
—No. Con fichitas, pue, y esas solo sirven en la tienda de raya.
Benjamín no salía de su asombro. Por lo visto aquello era un negocio redondo, pues por lo que entendía, el finquero le ponía el precio que le daba la gana a la mercancía, sacándole provecho.
—También les sirven pa comprar de las bayunqueras —aclaró el Picho —.
Cada día de raya llegan esas mujeres a vender.
Traen ropa y otras chucherías y la peonada ahí se compra sus trapitos.
Aceptan fichitas, o maíz. Y es que a los peones de poca comprensión, los recién llegados de sus parajes, hay que hacerles las cuentas contando granos de maíz.
Así entienden mejor, pue. Además, a toditos les damos sus raciones pa complementar la paga: mazorcas de maíz en hoja, frijol, sal y cal pa cocer el maíz, panela y plátano.
Se pone alegre la cosa el día de raya pero ¿le digo la verda?
, ya no es como antes. No vaya a repetir esto que le voy a decir, señor Wolf, pero si usté va a mandar, es bueno que lo sepa…
El tono del hombre se volvió solemne. Benjamín prestó atención.
—Antes se hacían bien las cuentas y la paga rendía, pero ahora ya no.
Ahora hacen trampa. Mire usté cuando yo comencé a cortar, yo hacía cinco o seis tareas por semana.
Luego comencé a trabajar más rápido y llegué a hacer hasta once tareas por semana.
El caporal de aquel entonces me fue dando mejores tareas y yo, a cambio, le compraba sus cigarritos y su chicha .
Ya sabe, teníamos un buen arreglo, pue. Las fichitas me rendían pa comprarle algo a él y lo demás pa mí.
Me compraba mi pantalón, mi camisa, mis zapatos y calzones.
Hasta una pistola pa darle a los pájaros también, si quería.
Pero aquel buen caporal se murió y entonces don Guillermo y doña Elena contrataron a ese señor que mataron, don Macario y ¡zaz!
Todo cambió. Ese caporal, el difunto, llegó a imponer su modo, pue.
Se acabaron los arreglos por las buenas.
A puro chicotazo y cepo mandaba ese señor.
Él hacía las cuentas a su manera y no pagaba lo justo.
Y de lo poco que pagaba, luego había que darle más a él que a uno.
Cuando usté venía a ver, no alcanzaba ni pa comprarse unas tortillas.
Encima, al que no cumplía le pegaba con cueros, mecapales y palos.
Lo que tuviera a la mano, pue. Duro pegaba, fueran hembras, o fueran chiquillos.
Malo era ese señor, oiga, pero ya ve lo que le pasó.
Diosito lo castigó. La gente se hartó y la maldad se le regresó bonito.
Tenía que suceder. No sé usté qué costumbres tenga, oiga, o cómo le guste mandar, pero yo le aconsejaría, si me deja, que se ande usté con la mano suave, por lo menos orita que anda la peonada alebrestada.
No le digo que no escarmiente al que lo merezca.
No, pue. No vayan a perderle el respeto.
Pero mire bien que el castigo sea justo.
Y no humille a nadie. Más que nada eso: fíjese bien cómo reparte las fichitas.
Haga bien las cuentas porque uno trabaja reduro pa que después no pueda comprarse su chicha …
Benjamín aprovechó el momento para hacer la pregunta que lo venía molestando.