Jerónimo #3
La pregunta sobraba. Era obvio que eso quería la chiquilla. Sus ojos ambarinos se humedecieron y ella, queriendo disimular su llanto, bajó la mirada.
El sacerdote le alzó el rostro con ternura.
—Venga, niña, no pongas esa cara de tristeza.
Tu hermana está bien, te lo aseguro. Nadie sabe en dónde está, ni yo mismo.
Pero eso debe alegrarte. Han volteado el monte, y es la hora que no dan con ella, ¡ni siquiera don Julián!
Malo fuera que la hubiesen encontrado. Aquí la Providencia desea que primero encuentren al diablo que mató al capataz.
Eso queremos, hija. Así, cuando aparezca tu hermana, el asesino ya estará tras las rejas.
No te preocupes. Ambos sabemos que tu hermana está bien, y que pronto aparecerá y te buscará.
Nuestra Señora santísima, aquí, la festejada, la protege.
Venga, niña. Vamos por un helado de esos de maracuyá tan sabrosos que hace don Polito.
—A mí me gusta el de rambután —apuntó Jerónimo, encantado con la propuesta.
—Vale. Vamos a gozar la verbena, chicos.
La plaza se encontraba llena de barracas, puestos de aguas frescas, mesas de juegos y rincones para jugar dados.
Los corredores entre las barracas eran tan angostos, que era difícil abrirse paso entre el gentío.
María se sentía ofuscada. Los gritos, la música, los cohetes del castillo que iban a quemar, y el pregón de los comerciantes, ofreciendo sus mercancías, la aturdían.
La mezcla de aromas vibrantes que despedían los puestos: fritangas, elotes, tacos y churros la mareaban.
Caminó prendida de la mano tibia y segura del padre Camilo, siempre tratando de encontrar, entre aquella multitud la anhelada silueta de su hermana.
Por su parte, el sacerdote sentía una extraña sensación recorrer su cuerpo.
Una ola reconfortante que como agua bendita aplacaba el temblor de sus manos.
En algún momento cayó en cuenta con asombro que el milagro había comenzado desde que había tomado la pequeña mano de María.
Ahora resulta que hasta yo me creo esas tonterías, se dijo, enojado consigo mismo.
Soltó la mano de la niña y se persignó por haber sostenido pensamientos herejes.
Se detuvieron a comprar los helados que don Polito no les quiso cobrar. Cuando se acabaron los helados el sacerdote se despidió, no sin antes prometerle a María que en caso de que supiera algo de Amada, sería la primera en enterarse.
De regreso a casa, al doblar la esquina de la manzana, los niños escucharon los ladridos feroces de un perro. Jerónimo apuró el paso, alarmado.
—Es la Perra —exclamó, echando a correr hacia la casa.
María corrió tras él. Llegaron juntos, jadeando, y se encontraron con que el portón principal estaba abierto. Alguien había forzado la cerradura con un gancho que ahí estaba todavía, tirado en el césped, a un lado de la entrada. Se miraron entre sí, asustados.
—El ladrón está adentro, todavía —susurró Jerónimo, con el corazón encogido. Se oían ruidos. Alguien arrastraba muebles, abría cajones y rompía la porcelana.
—Están robando —susurró Jerónimo.
No lo pensó. Levantó el gancho y se dispuso a entrar, pero María lo detuvo.
Con los ojos llenos de pánico le señaló la reja que daba acceso a la casa a un lado del jardín y hacia allá se dirigieron, sigilosos.
La Perra ladraba furiosa. Jerónimo la había amarrado antes de partir a la fiesta para que no los siguiera, y ahora lamentaba haberlo hecho.
Debió haberla dejado suelta, pensó. Pero se había puesto terca y había tratado de seguirlos.
Incluso se había brincado la barda. Cualquier otro día Jerónimo se la hubiera llevado consigo, pero luego se ponía brava y violenta con el ruido de los cohetes. Las fiestas no eran para ella.
La reja de atrás estaba trancada, pero eso no fue impedimento para ellos.
Se la brincaron sin dificultad y de ahí caminaron cautelosos y pegados a lo largo de la barda, escondiéndose entre los matorrales.
La Perra seguía amarrada en un poste del patio junto al pozo donde la habían dejado.
Ladraba colérica tratando de liberarse de la cuerda que la ahogaba y le rasgaba la piel.
Jerónimo se echó al piso y se escurrió como lagartija hacia ella.
—¡Perra! —la llamó quedamente.
El animal inmediatamente lo reconoció y se dirigió hacia él, gimiendo, hasta que el jalón de la reata la detuvo en seco. Volvió a ladrar con más rabia, esparciendo babas y alertando del intruso.
Jerónimo asió la cuerda y trató, frenéticamente de liberarla.
Las manos le temblaban y el sudor corría por su rostro, cegándolo.
Con tanto jaleo el nudo de la cuerda era imposible de deshacer.
La Perra no ayudaba. Jalaba y mordisqueaba la atadura, enloquecida.
De repente María gritó. Cuando Jerónimo volteó a verla, encaró el puño alzado de un hombre.
Fue lo último que vio antes de perder la conciencia.
Justo entonces la cuerda se reventó y la Perra, rabiosa, brincó al ataque del ladrón.