Jerónimo #2
Era la primera vez que María paseaba por las calles de Tapachula.
Todo la sorprendía. Los árboles estaban llenos de periquitos gritones.
Debajo de esos mismos árboles estaban los grotescos zopilotes moviendo sus grandes cabezas y abriendo los picos.
Los niños los corretearon y los pájaros sisearon ariscos.
Al pasar por una zona de árboles de hule, Jerónimo rápidamente peló las tiras de goma que sangraban de su corteza.
Le mostró cómo hacer pelotas, apretando la goma con fuerza.
Más abajo, se detuvieron a cortar tamarindo maduro de las ramas frondosas, les quitaron la cáscara y se los comieron, riéndose de sí mismos por las muecas que les provocaba la acidez de la fruta.
El eco de las campanadas de la iglesia espoleó el paso de los niños.
La feria de la Villita de Guadalupe se alzaba enfrente del templo.
Había misa a cada hora, pero la más concurrida era esa, la misa de la noche, porque una vez que terminaba, la gente podía disfrutar de los festejos en el parque.
Ahí la marimba ya estaba instalada y las linternas decorativas chinas, ya colgaban de los faroles. ¡Qué hermoso se veía ese patio enorme!
Entraron al templo y alcanzaron lugar en una banca cerca del púlpito.
Desde ahí vieron a la procesión que avanzaba en fila para coronar a la Virgen; niños, abuelos y jóvenes marchaban solemnes, cargando imágenes de La Patrona y de Juan Diego.
Llevaban velas y cirios para colmar el altar.
El padre Camilo encabezaba la procesión.
¡Qué elegantes ropas vestía! pensó María, y qué bonito cantaba con su voz ronca que se alzaba sobre las demás:
Del cielo bajó
Triunfante y ufana
A favorecernos
La Guadalupana…
Algunos de los peregrinos apenas podían caminar.
Venían desde sus pueblos cargando las pesadas imágenes de La Virgen que escoltaban los antorchistas —los encargados del fuego sagrado.
Tempranito en la mañana se habían reunido en sus parajes, en la casa de alguno de los participantes.
Tomaron café, un atole servido en jícaras, un plato de frijoles y sus tortillitas; y después de encomendarse a la virgencita para que los protegiera en el camino, habían comenzado el largo trayecto afrontando los desafíos del peregrinaje hasta llegar a Tapachula.
A María le llamaron la atención unas gentes que vestían un chuj de lana blanco.
Llevaban un pañuelo amarrado en la cabeza con la imagen de la virgen pintado en la tela.
Una mujer de pelo recogido, envuelta en su chal- mochebal era la encargada de encender la antorcha.
Se tomaba su papel muy en serio y no permitía que la flama se extinguiera por ningún motivo.
María dedujo por su vestimenta que eran tzotzil, de San Juan Chamula, el pueblo de su Tata.
Muchas veces le había platicado Tata de su pueblo y de su gente con nostalgia.
De seguro esos señores también añoraban su paraje, como su abuelo, y de seguro tampoco tenían posibilidades de regresar.
No tenían manera de saldar cuentas con sus patrones, o con la tienda de raya.
A lo más, ganaban permiso para ir a la fiesta y celebrar el cumpleaños de la Guadalupana.
Eso les daba la oportunidad de lucir sus mejores prendas, de adorar a la Reina de los Cielos y de pedirle con fervor su más ardiente deseo: algún día poder regresar a San Juan Chamula.
Mientras se les concedía, ahí estaban con el cuerpo acalambrado y los pies lastimados arrodillándose ante su imagen.
Algunos lloraban, otros reían y otros más rezaban.
Era un cuadro conmovedor. La devoción que María había presenciado en la capilla de la hacienda, palidecía ante la fe de estos cientos de personas que seguían llegando, en procesión, desde muy lejos.
Mientras Jerónimo disfrutaba del desfile, ella buscaba desesperadamente a su hermana.
Decidió que si Amada no llegaba a la fiesta, hablaría con el padre Camilo.
De seguro él sabría darle razón de ella.
¡Necesitaba abrazarla! En cuanto la encontrara se iría con ella a donde fuera que estuviera, con tal de estar juntas.
Nunca más se separarían, pasara lo que pasara.
La misa terminó y los creyentes salieron en masa a la celebración.
Iban directo a la plaza, en donde los músicos y los marimberos ya tocaban animados bailes de son: el torito, el zapateado, el rascapetate.
La gente reía. Los hombres con soltura, sin disimulo; las mujeres ocultando los labios bajo el fichú de lana, el chal de tul, o el rebozo de algodón.
María también estaba estrenando un rebozo —otra compra de Merceditas.
«La patrona quiere verte decente», le había dicho al entregárselo, y le prohibió ponerse más su mochebal , «no te pongas ese ‘trapo peludo’ tuyo, asqueroso, que apesta a rancho».
El rebozo de algodón estaba lindo, pero no abrigaba igual.
Y qué caro le estaba saliendo. Cada semana se lo iban descontando de su jornal.
Igual los caites y sus alimentos. «Aquí nada es gratis, niña,» la sermoneaba Merceditas.
«Date por bien pagada que tienes a dónde echar petate y tortillas pa comer».
María jaló a Jerónimo de la manga y le señaló al sacerdote.
—Quiero ir con el cura.
—¿Para qué? Ya nos vio —dijo Jerónimo—. Mejor vamos a la fiesta. ¡Vente! ¡Viva la arrechura!!
Pero ella rehusó moverse y él, que ya se imaginaba lo que María quería, no insistió.
— Tá bueno, pues. Orita que salga. Se está desvistiendo.
En la sacristía, el padre Camilo se despojó de su indumentaria eclesiástica y se vistió con su sotana de diario.
Estaba agotado y le hubiera gustado quedarse a descansar, pero sentía la responsabilidad de ir a supervisar el festejo en la plaza.
La celebración de la Guadalupana era una de las fiestas más lucrativas para el pueblo y para la iglesia.
Lo que recaudaban era a veces el único ingreso con el que se podía contar para las necesidades básicas de la parroquia.
De todos los rincones del estado llegaban buhoneros y tahúres para cooperar en aquella piadosa recolección de dinero.
Pero como todo, la iglesia no era la única entidad que se beneficiaba.
A la hora de la repartidera, todos querían su pedazo de tarta.
Por eso, todo cuanto era posible hacer bajo el sol, era permitido por las autoridades durante la fiesta.
El juego, por ejemplo, estaba prohibido por la ley, y como solamente el alcalde o el jefe político podían dar permisos especiales, cada propietario de una mesa de juego tenía que donar una buena cantidad de dinero.
Los cantineros igual se beneficiaban; tenían que pagar la cuota más alta por tener muchachas en los establecimientos.
Las mujeres llegaban acompañadas de sus celestinas, quienes se ocupaban en cerrar contratos y cobrar por sus servicios.
El médico encargado de extenderles una tarjeta de salud también tenía que llegar a un acuerdo con el alcalde para mantener sus privilegios.
Y los buenos ciudadanos que deseaban alquilar sus cuartos por hora, tenían que comprar permisos.
Aquello era un negocio redondo. Los comerciantes también salían ganando.
La gente llegaba de todos lados y eso acrecentaba el número de consumidores.
Los negociantes, tan pronto arreglaban sus asuntos con las autoridades, se dirigían a la iglesia para rogar a la Virgen Morena que bendijera sus negocios y multiplicara sus ganancias.
Le encendían velas, veladoras y aceites, esparciendo el aroma a copal que permeaba el templo.
Dejaban sus limosnas en la alcancía para el cumplimiento de sus plegarias.
Los cantineros igual se arrodillaban y encomendaban a la Guadalupana, prometiendo una parte de sus ganancias.
Hasta las viejas celestinas se echaban los chales sobre la cabeza y rezaban sus docenas de rosarios.
Oraban por ellas y por la salvación de esas pobres muchachas a su cuidado: inocentes cercadas por el destino que las había hecho bonitas pero pobres.
A todo ese rebaño perdido tenía que pastorear el padre Camilo, llamándolos a pedir perdón y a enmendar sus vidas, recordándoles que el reino de los cielos era de todos, hasta de ellos, pecadores.
No. No podía darse el lujo de faltar a la fiesta de la Guadalupana.
Alguien tenía que velar para que la ambición no estropeara el orden establecido del festejo.
Iba de camino cuando salió a su encuentro una niña. La chiquilla se le acercó y le tomó la mano. Él tardó en reconocerla. ¡Era María! Se le veía bien cuidadita y limpia, y esto lo alegró.
—¡María! Te ves muy maja, chiquilla —le dijo y viendo al mozalbete a su lado, agregó—. Y tú, chaval, ¿qué milagro que ahora si vienes a la casa de nuestro Señor? ¿En dónde dejaste a doña Esperanza?
—Anda en la finca, padre —contestó él—. ¿Se acuerda que la patrona le dijo que no iba a poder venir, pue?
—Sí, sí. Tienes razón. ¡La madrina de la cumpleañera ausente! Bien plantao que nos ha dejado vuestra patrona —dijo, riendo—. ¿Vais a la fiesta?
—Sí, vamos, pero es que aquí, María, quería hablar con usted.
—Pues venga, niña. Habla.
María se apuró a extraer de su cuello el escapulario de San Juan que Amada le había encomendado, justo antes de que saliera huyendo de la finca.
Se lo entregó, como si eso fuera suficiente explicación.
El sacerdote miró la estampilla estropeada.
No entendía qué trataba de decirle la niña, hasta que le dio la vuelta al papelillo y leyó el nombre que aparecía detrás: «Amada».
—¿Estás buscando a tu hermana? —le preguntó.