Jerónimo
—Esta es la buena —declaró. Nadie se opuso a su elección.
—¿Cómo se va a llamar? —le preguntó a Merceditas.
—A mí qué me importa eso, chamaco. ¡Es una perra!
—Entonces así se va a llamar. Perra.
En el fondo, a Merceditas le alegraba que Jerónimo tuviera un animal que lo cuidara.
El chamaco ya comenzaba a andar solito por el pueblo, haciendo mandados y cuando se dilataba, le entraba la angustia.
Además, había algo que Mercedes sabía sobre ese animal que no podía compartir con nadie.
El nahual de Jerónimo era el perro. No era ninguna coincidencia que la Perra hubiera llegado a sus vidas. Tenía que suceder.
La Perra creció rápido y se convirtió en la sombra de Jerónimo.
A donde quiera que iba ese niño, alegre y travieso, ahí iba el animal detrás, siempre pendiente de él.
Por su parte, Jerónimo se abocó a cuidarla; le daba de comer, la bañaba y la sacaba a hacer sus necesidades.
Jugaba con ella y la enseñó a obedecer. Era lista la Perra.
Rápido aprendió a respetar lo ajeno, a dejar en paz a las gallinas de la vecina, la pelota del niño de enfrente, o los huaraches del jardinero.
Era buena cazadora. Jerónimo le enseñó a rastrear lo extraviado; le daba a oler un trapo y luego lo escondía a propósito para que lo encontrara y cuando lo hacía, porque tenía buen olfato, la premiaba con pedazos de tortilla seca.
Su único defecto era que se ponía brava, pero eso también tenía sus ventajas porque, ¿quién quiere a un perro cobarde como guardián?
Cuando se le subía el diablo pelaba los dientes, y todos, menos Jerónimo, se ponían a temblar.
Últimamente andaba rara; no se separaba de esa niña con ojos de jaguar.
Era como si quisiera protegerla de algo, o de alguien.
Al principio, a Jerónimo le dio gusto que le hubiera agarrado cariño a María.
Pero cuando vio que su preferencia se volvía costumbre, se ofendió.
No podía creer que así de fácil la Perra lo abandonara por una perfecta extraña.
Últimamente hasta ignoraba sus chiflidos y de plano tenía que ponérsele enérgico.
«¿Dónde está tu lealtad?», le reclamaba al animal.
«Ahora solo me buscas cuando tienes hambre, ¿verdad?
Vaya usted con la niña, pues, pa que ella le dé de comer.
¡Perra ingrata!». Pero su enojo no duraba.
Bastaba una lamida de mano, o una cara de súplica para que Jerónimo la perdonara.
De por sí él era incapaz de guardarle rencor a nadie, mucho menos a la Perra.
Hoy no la había visto en todo el día. Cuando se levantó, temprano, como siempre, para barrer la calle, la Perra no había salido con él.
Por lo general tantito lo oía, corría a acompañarlo.
Esta vez no llegó. Le chifló, pero no apareció por ningún lado.
La fue a buscar al segundo patio, porque ahora ahí pasaba la noche, resguardando la puerta del cuarto de servicio donde dormía María, pero tampoco estaba ahí.
La niña la metió a la recámara, pensó, sin darle mucha importancia.
Merceditas seguía de viaje con la patrona y quizás a María le había dado miedo dormir solita.
Seguro eso era. Así pensando, agarró su escoba y salió a la calle a comenzar sus faenas sin ella.
Afuera, el pueblo dormía. Era el momento del día que a Jerónimo más le gustaba.
Gozaba del silencio del amanecer y del lento despertar del caserío.
La campana de la parroquia convocaba a los feligreses a la casa del Señor.
El gallo del vecino cantaba su incesante quiquiriquí.
La señora Cleta ya estaba en la esquina, poniendo su puesto de enchiladas.
Le gustaba verla trabajar. Tan pronto llegaba, se afanaba a soplar las brasas de su hornillo, derritiendo la manteca, palmeando la masa, y cociendo las tortillas en su comal.
Enseguida llegaban los marchantes a pedir sus enchiladas rellenas de barbacoa, guajolote, flor de calabaza, pollo, res o queso.
No importaba el idioma en que las pidieran, Doña Cleta sabía muchas lenguas: español, tzotzil, tojolabal y tzeltzal.
Con todos se entendía; bastaba que señalaran el relleno de más de una docena de jarros y cazuelas que la rodeaban. A nadie dejaba hambreado la señora.
Un poco más abajo del puesto de doña Cleta estaba la fuente.
Las mujeres, envueltas como tacos en sus rebozos, comenzaban a llegar para llenar sus cántaros de agua.
Otras ya hacían cola en el molino de doña Pánfila para comprar la pasta de chocolate.
De ahí corrían de prisa a sus casas, antes de que se les cuajara la fragante pasta.
Las cotorritas de don José, el herrero, piaban en sus jaulas mientras que los zanates y palomas brincaban libres de rama en rama en el parque, con su acostumbrado escándalo matutino.
Todo eso observaba Jerónimo mientras barría la banqueta.
Hoy le llevó harto tiempo terminar. En la noche había caído un aguacero y el viento había acarreado bastante basura.
Tuvo que hacer varios viajes al vertedero con las cubetas repletas de hojas sueltas, palos y lodo.
Le dolía la espalda de tanto ir y venir.
Pero no iba a quejarse, pensó. Ese trabajo era fácil comparado con la tunda que en ese momento se estarían llevando los pizcadores en la hacienda de la patrona.
Jerónimo siempre pensaba en ellos porque Merceditas seguido amenazaba con mandarlo para allá, a trabajar en el cafetal con las cuadrillas de peones para que viera lo que era bueno.
Pero él ya lo sabía; la última vez que había acompañado a la patrona se ofreció a ayudar por pura curiosidad y ¡cómo se había arrepentido!
En cuanto llegó al pante asignado, el frío de la madrugada lo congeló y con los dedos entumecidos no había podido llenar ni una sola canasta.
Las subidas y bajadas por aquellas vertientes escalonadas lo habían dejado sin aire.
Encima, tenía uno que andar cuidándose de las serpientes y otros bichos que en cualquier momento atacaban.
A un pizcador le cayó un albayalde en el ojo y Jerónimo nunca olvidaría los gritos de dolor de aquel señor.
Al final de la jornada los hombres se burlaron de él.
«Mejor vete a la cocina», dijeron, «aquí no la haces, cabrón».
Y tenían razón, Jerónimo era el primero en aceptar que era un inútil para el campo.
Hoy más que nunca los peones andarían preocupados por tanta lluvia.
Aquello ha de ser un lodazal, pensó, imaginándoselo.
Cada cosecha había una desgracia: alguien se desbarrancaba.
La lluvia en plena cosecha era un peligro: dañaba las matas y mataba a los pizcadores.
Los caminos se tapaban con el deslave y ni las mulas podían pasar.
Gracias debo dar por este trabajo se dijo, acarreando la siguiente cubeta.
El delicioso olor del puesto de doña Cleta se volvió insoportable.
Le ardía la panza de hambre. A veces se compraba su par de enchiladas de lo que fuera más barato, que casi siempre era huevo, pero hoy no.
La morralla que tenía guardadita no se la iba a gastar en enchiladas, se dijo, sino en la fiesta del pueblo.
Iban a llevar marimba y si había algo que le encantaba, era la música.
Se apuró a terminar la barrida y regresó a la casa para desayunar.
En la cocina algo también olía muy sabroso. Vio con alegría, que María se afanaba sobre la estufa, haciendo tortitas de plátano macho. Se veían más ricas que las enchiladas de doña Cleta. La Perra también estaba ahí, echada debajo de la mesa. Al verlo se le acercó, meneando la cola.
—Ahora sí te acuerdas de mí, ¿verdad? —le reclamó, fanfarroneando–. Anda, ve con tu nueva ama. Ella que te atienda, pue.
María le sonrió con dulzura. Antes de que se lo pidiera le sirvió las tortitas alargadas, rellenas de frijol y queso y se las dio.
—Gracias, se ven sabrosas —dijo él y se las comió ávido, lamiéndose los dedos—. ¡Están buenísimas!
La niña se sonrojó y siguió palmeando la masa, aplanándola, y friéndola en perfecta secuencia. Jerónimo se sirvió más y esta vez se las comió despacio, saboreando cada mordida.
—Hoy hay fiesta en la plaza, ¿quieres ir?
Ella se alzó de hombros, como si le diera igual, pero en realidad la invitación le causó emoción.
Sí quería ir al pueblo. Quizás ahí encontraría a Amada.
Nada sabía de su hermana y ansiaba enterarse de su paradero.
Su corazón le decía que su hermana estaba bien, pero igual quería verla. Tocarla. Abrazarla.
—Va a haber marimba, dicen. ¿Te gusta la música?
—Sí, pue.
—Entonces, ¡vamos!, pero primero tenemos que ir a misa. Así, si se entera mi madre y si me pregunta por qué salimos, le diremos que fuimos a la iglesia a felicitar a la Virgencita de Guadalupe. Es su cumpleaños, ¿sabes? Doña Esperanza estará contenta de que fuimos a felicitar a la Patroncita.
Ella asintió.
—Te advierto que la misa es larga y aburrida, pero es importante que nos vea el padre Camilo, por si mi madre no me cree. Tendremos que llegar temprano para agarrar lugar hasta adelante, si no, ni cuenta se dará el cura que ahí estamos. Habrá mucha gente.
El chico llevó el plato sucio al fregadero.
—Entonces está decidido. Vamos a la fiesta.
Y como ella seguía sin hablar, agregó:
—Me apuro a terminar el jardín y tú acabas de limpiar la casa. Y usted, Perra, ahora sí se viene conmigo. No crea que se va a quedar ahí echada todo el día. Haragana. ¡A trabajar todos!
Los niños se apuraron con sus respectivas labores y cuando terminaron se vistieron con sus ropas y caites de domingo.
María prefería andar descalza pero Merceditas le había comprado esas chanclas de cuero en el mercado, exigiendo que las usara para domarlas.
Ella no quería ofender a la señora pero ¡ay! , qué tortura eran para sus pies.