Luciano
Caía la noche cuando por fin llegaron a la finca La Concepción.
Esperanza y Mercedes estaban agotadas pero agradecidas de haber alcanzado su destino sin mayores contratiempos.
Al verlas, el guardián de la entrada corrió a avisarle al administrador y este, a su vez, salió a esperarlas en la Casa Grande.
—Bienvenidas, señoras —las saludó.
—No se hubiera molestado, señora.
—No fue molestia. A mí también me gustan. Ahorita mismo nos los merendamos porque si no, se pondrán duros. ¿Está Marta en la cocina? Decíle que los caliente tantito y que los sirva de cena con atole.
—Sí, señora. Marta les hizo unos tamalitos, supongo que vendrán con hambre.
—Hambre, no. Nos detuvimos en La Victoria y ahí comimos con doña Elena opíparamente. Pero sí apetezco un pancito. ¿Vos nos acompañás?
—Gracias, pero iba a dejarlas descansar.
—De ninguna manera. Prefiero que soltés la sopa ahora mismo, Luciano. Sé que me tenés malas noticias y como dice el dicho: agua pasada no mueve molino.
—Como usted guste, señora.
El hombre esquivaba sus ojos lo cual confirmó a Esperanza de que algo andaba mal.
—Enseguida las veo en el comedor —dijo él.
Las damas alzaron sus enaguas y subieron los escalones para entrar al rancho.
La casa, asentada en polines para permitir su ventilación y evitar la humedad, era una estructura modesta de madera con techo de tejamanil.
Los padres de Esperanza la habían construido cuando recién compraron la finca, hacía ya muchos años.
Contaba con tres recámaras y dos pasillos, uno que daba al frente y otro al jardín.
El corredor, empedrado, había sido la caballeriza.
En un principio, la familia solo iba de visita los fines de semana, y durante las vacaciones por lo que había sido descuidada por muchos años.
No fue hasta después, cuando Esperanza se casó y sus padres le regalaron el inmueble para vivir, que los recién casados retomaron el proyecto y se dieron a la tarea de renovarla con ilusión y cariño.
Alzaron las puertas caídas, corrieron a los animales y asearon y pintaron las paredes.
Al final del corredor agregaron un último cuarto donde pusieron una estufa de leña, una sala y un comedor cuyas puertas se abrían al jardín.
La cocina era un ranchito separado cerca del pozo, con un fregadero para los trastes.
Todas las puertas daban a ese jardín que en aquel entonces era hermoso, gracias a Esperanza.
Sembró vainas y flores multicolores que, en ese clima idóneo, rápido respondieron a sus caricias.
¡Cuántas horas se había postrado en ese edén, arrodillada, con las manos hundidas en la tierra fértil!
¡Fértil! Tantas risas y lágrimas derramadas en ese pequeño pedazo de suelo que al final, no había dado el fruto deseado.
Hoy la casa daba muestras de dejadez y abandono. El jardín era un triste almácigo—, el semillero y hogar de las chapolas. En temporada de cosecha, ahí tendían a secar el café. Poco quedaba del huerto y del hogar que ella inútilmente había tratado de crear en ese rancho. Era una lástima.
Las señoras se dirigieron al final del corredor, donde estaba ubicado el cuarto de baño.
Ella misma había comprado ese juego de tinaja y bandeja de porcelana en San Benito, de uno de los barcos procedentes del extranjero.
A lomo de mulas y de chamulas habían subido las piezas al cafetal y por gracia de Dios habían llegado completas.
En cambio, la vajilla que también compraron en aquel viaje había llegado destrozada.
Mejor tener tina que platos, se consoló en su momento.
Jamás olvidaría ese, su primer baño con agua tibia, traída de la toma recién construida. ¡Un verdadero lujo!
Esperanza detestaba dormir sola en aquella casa de tantos recuerdos tristes y por eso, cada vez que iba a la finca, compartía su recámara con Merceditas.
La sirvienta tendía su petate en una esquina, cerca del brasero que ardía mansamente y que no acababa de caldear el frío despiadado de la montaña.
Desde ahí, arropada en su chuj de lana, vigilaba el sueño de su señora.
A esa recámara se dirigieron, como era su costumbre, a desempacar.
Una vez instaladas, acudieron al comedor en donde ya las esperaba Marta, la vieja sirvienta, con la mesa puesta.
Al verlas llegar, Luciano se levantó solícito a jalarles las sillas.
Merceditas agradeció el gesto del caballero, pero permaneció de pie.
—No, gracias —dijo— , yo voy a ayudar a Marta —y dirigiéndose a su patrona preguntó—: ¿Va a tomar usté atole, señora?
—Sí, por favor.
—¿Y usté, don Luciano?
—Sí, gracias.
Don Luciano Bertoni era un hombre sobrio.
Había que jalarle las palabras de la lengua y hacer maromas para que sonriera.
Era canoso, de tez blanca y ojos claros, de un verde espumoso, impreciso.
Era bajo de estatura y musculoso, de quijada firme.
Su familia, originaria de Belluno, un pueblo cerca de Venecia, había emigrado a México a mediados del siglo, después de la independencia, cuando el gobierno mexicano liberal abrió las puertas del país a extranjeros agricultores y católicos para que vinieran a trabajar la tierra.
El padre de Luciano, al no ver futuro en su patria, aprovechó la oportunidad y viajó con su familia desde Génova a Veracruz.
En un inicio se instalaron en Papantla y después, cuando Luciano cumplió doce años, se mudaron a San Miguel, Chavaxtla, a un rancho que compraron con lo poco que traían ahorrado.
Luciano había sido un niño callado pero ingenioso.
Le gustaba la tierra y a ella se entregó con gozo, usando su imaginación para mejorarla.
Una vez que entendió el proceso del café, diseñó y fabricó máquinas para despulparlo.
Luego construyó un molino de polenta en el río, cuyo motor era una rueda impulsada por agua.
En época de sequía se arreaba el ganado para la zona templada de Huatusco y en tiempos de lluvia lo volvía a regresar a Víbora, Chavaxtla.
Para ello Luciano construyó un puente que les permitía cruzar la barranca con la manada de mulas y así llevar los productos a Camarón de Tejeda.
Tenía ganada la confianza de su padre que celebraba con orgullo los inventos de ese hijo suyo, tan sagaz.
La perspicacia del joven italiano se dio a conocer en la región y pronto llegó a oídos de un finquero guatemalteco en la zona del Soconusco.
Necesitaba a alguien así, que supiera resolver.
Lo mandó a llamar. A ese, su primer viaje a la tierra chiapaneca, lo había acompañado su padre.
Al finquero le sorprendió la corta edad del muchacho, por lo que no solo le ofreció trabajo, sino además un tutor para que aprendiera a hacer números y le llevara las cuentas.
Así fue que a los diecisiete años, con la bendición de sus padres, Luciano se había quedado en Chiapas a comenzar una nueva vida.
En poco tiempo se ganó la confianza del finquero y su ascenso en la jerarquía del rancho fue rápido.
Cinco años después, ya fungía como administrador.
En los pueblos pequeños no existen secretos y Tapachula no era excepción.
Esperanza estaba enterada del motivo de los largos silencios de Luciano.
Sabía que provenían de una gran desdicha, de un amor no correspondido y de su trágico final.
Las malas lenguas decían que Luciano se había enamorado de una monja, y que a pesar de que la mujer ya había fallecido, seguía queriéndola.
Y quizás, con aquello de que «quien mucho habla, en algo acierta» algo había de verdad en ese chisme, pensaba.
De otra manera ¿cómo explicar que nunca se hubiera casado?
Era bien parecido, educado y trabajador.
En los veinte años que llevaba trabajando en La Concepción, que Esperanza supiera, jamás había mostrado interés por ninguna mujer.
Cuando lo comentaba con Merceditas, su sirvienta, ella rápido alegaba «¿No está usté viendo que se le va la cocha al monte, señora?
» Pero Esperanza dudaba mucho que Luciano fuera afeminado.
No. Lo más seguro era que el hombre hubiera perdido la fe en el amor.
Solía suceder. Algo entendía ella del tema.
Lo que Esperanza no sospechaba era que Luciano poco a poco se había ido enamorando de ella.
Al morir su patrón, don Efraín, una de las consecuencias había sido el contacto frecuente con la viuda.
La juventud y belleza de Esperanza, así como su inteligencia y aplomo con los negocios —tomaba mejores decisiones que su finado marido— terminaron por atrapar su corazón de por sí, romántico.
No obstante, y a pesar de proponérselo cada vez que Esperanza iba a la finca, nunca había logrado expresarle sus sentimientos.
Temía un rechazo. No lo soportaría. Además, él nunca debería olvidar su lugar.
La viuda era su patrona y él solo un empleado.
En el comedor de aquella casa de amores maltrechos, Esperanza remojó su capricho en su atole de pinole. Era el único atole que tomaba, y Merceditas sabía servirlo bien calientito, como a ella le gustaba.
—Ahora sí, Luciano, decíme vos qué tenés atorado.
El aludido carraspeó antes de contestar.
—Preferiría que habláramos en privado.
Esperanza asintió y le pidió a las sirvientas que los dejaran solos. En cuanto las mujeres salieron lo miró de lleno.
—Decíme todo, Luciano, que me tenés nerviosa.
—El precio del café en el mercado sigue bajando, señora.
—Eso me dijo doña Elena, pero ¿y ahora por qué?
—No sabemos. Así sucede a veces, es una industria volátil, ese es el problema.
—Pero si la demanda es fuerte.
—Sí, señora. No hay razón de ser. Pero aquí hay muchas cosas en juego.
—¿Cómo qué?
—En eso estoy, señora, averiguándolo.
—¡Jo, burro, Luciano! De aquí a que lo averigüemos, se nos secan las cerezas.
—Sí... Lo siento mucho.
—¿Y la gente?
—Ya sabe, el rumor vuela lejos, como el cascabillo. Ya comenzaron a irse.
Claro. Cada uno veía por su propia barriga, pensó ella.
Y eso era lo peor, porque sin brazos útiles no podrían cortar lo poco que dieran las matas buenas.
Ahora entendía por qué Elena no había tocado el tema de la finca, ¡qué calladito se lo tenía!
De seguro los peones de La Concepción, ¡sus peones!
, ya habían bajado a La Victoria a pedirle trabajo.
Tonta no era la alemana. Y los indios esos, ¿dónde estaba su lealtad?
No, uno no podía contar con ellos. En cuanto comenzaba a escasear la cereza, se largaban a pepenar a otras fincas y lo dejaban a uno así, al amparo de Dios, sin sentir ni pizca de remordimiento.
—¿Ideay qué hacemos, Luciano?
— Usted dígame, señora.
Ella se empinó su atole.
—Andá a llamar al agiotista. Mañana que venga, ¿oí vos? Pediremos un préstamo para aguantar la mala racha. Hasta que suban los precios.
El italiano bajó la mirada. ¿Cómo explicarle que nadie estaría dispuesto a asumir ese riesgo? Esperanza era una mujer sola. Viuda. Además, su difunto marido se había encargado de destruir el crédito y buen nombre de su familia.
—Lo siento, señora, pero honestamente, no creo que le den ese crédito a usted —se atrevió a decir, por fin.
No era la respuesta que su patrona quería escuchar.
—Si no me dan el crédito, tendremos que vender la finca, Luciano —espetó, diciendo en voz alta lo que ninguno de los dos se atrevía a decir.
Luciano se sumió en uno de esos desesperantes silencios suyos y a Esperanza le dieron ganas de darle un coscorrón. Lo último que necesitaban era esa actitud suya, tan pesimista. Alguna salida tenía que haber, pensó. Él, que siempre había sido ingenioso, ¿por qué ahora no inventaba una solución?
Esperó impaciente alguna reacción del italiano, pero el cansancio del viaje comenzó a abrazarla. No tenía sentido alargar aquella charla inútil, decidió. ¿Qué podía decir el hombre? Ya había dicho lo que tenía que decir. Mañana sería otro día.
—Me voy —dijo, y se levantó.
Luciano se levantó también, pero en lugar de jalar la silla y despedirse, la tomó del brazo, deteniéndola.
—Espere. Hay otra alternativa, señora.
¡Lo sabía! pensó ella, esperanzada. Este hombre siempre soluciona, se las sabe todas. Lo miró expectante. Se veía agitado, pálido, como si estuviera a punto de colapsar.
—Luciano, ¿qué tenés? ¡Estás pachucho!
—Cásese conmigo, Esperanza —soltó sin más.
Esperanza no acertó a reaccionar.
—Cásese conmigo —repitió él, arrebatado— . Yo pediré el crédito. Yo asumiré el riesgo. Yo volveré a sacarle provecho a esta tierra. ¡Se lo prometo!
Esperanza arrancó su brazo.
—¡Agarrá juicio, Luciano! —exclamó, airada—. Mirálo vos. Lo último que me interesa es volverme a casar ¿entendés? Y menos por conveniencia.
—Ese no es mi caso, señora, se lo aseguro —imploró él—. ¿No se ha dado cuenta? Llevo años amándola.
Esperanza enmudeció. En la cocina alguien rompió un plato.