Tiempo de flor y de ceniza La mentira #2
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La mentira #2

—Ideay, ¿cómo quiere usted que los traigamos?

¡Claro que a pie! Lo bueno es que los chamulas, ahí donde los ve tan chaparritos, son pura fibra.

Nomás mire las pantorrillas que tienen. Sépalo usted: esos hombres son capaces de caminar cuarenta kilómetros por día y si les da carga, también.

Pero eso sí, hay que darles mucho alcohol porque así resisten mejor y son más obedientes.

Antes yo mero iba por ellos, pero, déjeme decirle, que esa chambita de enganchador no es nada agradable.

Me los traía por los atajos viejos siguiendo la ruta de Teopisca, Comitán, La Trinitaria, Chicomuselo, Comalapa, Motozintla, Tuzantán, Huixla y Tapachula.

Teníamos que torear a los animales salvajes y a la autoridad.

Ya no sé cuál es peor. Diría que la autoridad.

¿Sabe usted cuánto cobran por pasar un puente?

Diez centavos por cada indígena ¡imagínese!

Y en cada municipio, a donde llega uno a pasar la noche, cobran diez centavos más por pernoctar en el portal del cabildo.

Todo eso hay que pagar por esta gente sin saber si nos van a cumplir o no, o si se van a enfermar, o si van a huevonear, o si se van a rajar.

Y ahí tiene usted la deuda que le vengo explicando.

Esos gastos se les descuentan de su salario, claro, junto con el examen médico que les hacemos y la ropa que les damos porque, como se podrá imaginar, llegan en harapos.

Por eso no podemos permitir que se larguen así nada más.

Que paguen, chingaos. Esto es un negocio, señor, no un albergue para hambreados.

Al llegar a un claro, Benjamín observó a una pareja chaporreando.

Colocado en medio de ellos estaba un niño pequeño que no podía ni alzar el azadón.

Sus rodillas se doblaban y esto enojaba a su padre.

El hombre comenzó a empujarlo y a golpearlo.

Una mujer, que parecía ser la madre, trató de defenderlo.

El padre, furioso, descargó su ira contra ella, pegándole con el mango de su herramienta.

La mujer cayó al suelo con el golpe y el chiquillo se abalanzó a abrazarla lloriqueando.

El hombre volvió a alzar el palo para repartir los golpes, pero Benjamín espoleó su caballo y se interpuso.

—¡Alto! —gritó.

El peón se detuvo, sorprendido. Hasta donde él entendía aquel asunto era suyo y no de la autoridad. ¿Ora qué quería ese meco -patrón?

—No le vuelva a pegar —le ordenó Benjamín. El hombre bajó el palo, renuente. Ese señor estaba loco, pensó. ¿Caso no sabía que esa era su mujer? Tenía derecho y obligación de pegarle cuando juera necesario.

Julián se emparejó e inmediatamente tomó riendas de la situación.

—Usted no se meta —le dijo a Benjamín—. Véngase pa acá.

El peón asintió agradecido. Don Julián sí entendía cómo estaba la cosa.

—Y usted —dijo, dirigiéndose al peón—, ¿pa qué le da palo al chamaco? ¿No está viendo que no puede cortar? Mejor póngalo a recoger basura, chingao.

El hombre se secó el sudor de la frente y le respondió, desafiante.

—Pa na sirve ese chiquillo, patrón. Pura teta quiere el inútil. No sirve pa quebrar la tierra, no puede romper terrones, no corta leña. Na sabe hacer, pue.

—Entonces mándelo al monte con los carneros. Ahí que le enseñen a cuidarlos.

—Pos si usté ordena, patrón —dijo, alzándose de hombros.

—Sí. Lo ordeno. Mándelo pal monte. Aquí no más estorba.

—Ta bueno, patrón. Orita lo mando.

En cuanto se alejaron, Julián le habló a Benjamín, sin ocultar su desagrado.

—Le voy a advertir algo, señor Wolf, o Lobo, o como quiera que le digan.

—Prefiero mi apellido tal cual.

—Está bien, señor Wolf. Usted está aquí para ver que la gente trabaje bien: que no roben, que no se escapen, que no maltraten las matas, que hagan bien el chaporreo, que no se maten entre ellos.

Que no nos maten. Usted está para ver que sus canastas queden bien llenitas.

Nomás eso. Y ellos también quieren eso. Así comen, pues.

Pero lo que a usted no le incumbe es cómo carajos llenan la canasta, ¿me oye?

Si la llenan ellos, sus mujeres, sus chavalos, o sus perros, eso ya es bronca de ellos.

Esa señora es su mujer, y el niño su hijo, y como tales puede hacer con ellos lo que quiera.

Incluso matarlos, ¿me entiende? Esta gente tiene sus propias costumbres y más vale que usted las respete.

Mientras cumplan, a usted no le conviene meterse a indagar qué hacen o cómo lo hacen.

Y ya aprenderá que, aunque todos son indios, no todos son iguales.

Benjamín quiso decir algo, pero entendía que le tocaba escuchar.

—Esto es un mole, señor Wolf. —Siguió Julián, con tono más suave—.

Aquí verá gente chuj, jacalteca, kanjobal, tecos, motozintleco, tzeltal, tzotzil y todavía otros.

La mayoría son tzotziles, chamulas pero también hay mames.

Cada uno habla su lengua y cada uno vive a su manera.

Entonces, oiga bien, todo lo que tenga que ver con la finca es asunto suyo, pero todo lo que tenga que ver con las familias de los indios es problema de ellos mismos, ¿me explico?

Déjelos en paz. Ahorita, por ejemplo, en lugar de ayudar a esa mujer, usted descompuso las cosas.

De seguro ese indio le está metiendo otra buena zurra por haberlo avergonzado ante la autoridad.

A ver si no la mata. Y la culpa será suya, señor Wolf.

Vaya aprendiendo a no meterse donde no le incumbe.

Benjamín se mantuvo callado. Entendía que en todo el cafetal había familias enteras trabajando en la cosecha.

Hasta los más pequeños recogían la cereza y la colocaban en las canastas de los adultos, aportando al esfuerzo.

Eso no le molestaba. Él mismo había ayudado a su padre a ganarse el sustento desde pequeño.

Los chiquillos trabajaban, pero también jugaban, se correteaban o aventaban piedras en el río, o dormían amarrados a la espalda de sus madres, o bajo algún árbol de sombra.

Estaban mejor cuidados al lado de sus padres que solitos en el jacal.

Pero él hasta ahora, nunca había presenciado golpes como los que acababa de ver.

Y dudaba mucho que el maltrato que había observado fuera cuestión de etnia, o de costumbre, como alegaba Julián.

La rabia en el rostro de ese hombre, Benjamín la había visto en la cara de hombres de otras razas, entre ellos su maestro de primaria.

Nunca olvidaría los abusos de ese señor.

Por su culpa había dejado de ir a la escuela.

Tampoco olvidaría la golpiza que su padre le había metido al maestro cuando se enteró que lo estaba maltratando.

Desde ese momento dejó de obligarlo a ir a la escuela.

Y por eso, y aunque Julián le aconsejara lo contrario, él no iba a permitir que un hombre golpeara a una mujer, o a un niño, en su presencia.

En sus jacales que hicieran lo que quisieran, pero enfrente de él no.

Cuando por fin llegaron al casco Julián detuvo su yegua.

—Aquí lo dejo para que vaya usted a firmar su contrato —dijo—. Allí están las oficinas. Cuando termine, repórtese al salón de máquinas. Vamos a ver qué tan bueno es usted resucitando aparatos. Nos urge secar granos, señor Wolf. Ahí lo veo.