La mentira
Julián se presentó puntual, poco antes de que tocara el cuerno.
Benjamín llevaba un rato esperándolo. Había dormido mal.
No sabía si era por el café, o si de pronto lo volvía a atacar el insomnio.
Tenía que ser el arábigo, se dijo, deseando que eso fuera.
No volvería a tomar café después del mediodía.
—Aquí le traigo este alazán —saludó Julián, dándole las riendas del caballo que venía jalando. Él montaba una yegua alegre y fuerte que trotaba con aplomo. Era obvio que le tenía cariño a su animal.
—¿Qué raza es? —preguntó Benjamín, admirando el porte de la yegua. Sabía algo de caballos y nunca había visto uno así.
—Es Azteca. Cien por ciento mexicana. Es de charrería y mire, sabe bailar.
Al decirlo chasqueó los labios y tiró de la correa. La yegua dio tres pasitos hacia un lado, y luego al otro. Julián rio complacido, y le palmeó el cuello al animal que resopló contento.
—Ámonos, pues.
Benjamín montó el alazán y se internaron al cafetal por una estrecha vereda.
No acababa de amanecer. Aquello era una boca de lobo: oscuro y nublado.
A lo lejos cantaba un gallo, obstinado, pero el sol estaba lejos de escucharlo.
La bruma amortiguaba los pasos de los peones sobre la hojarasca.
Apurados, se enfilaban hacia sus cuerdas esparciendo el murmullo de sus voces entre las matas.
Olía a caña, a leña del trapiche que desde temprano ardía en los fogones.
Abajo, en el beneficio, las máquinas comenzaban a andar.
Era otro típico amanecer amodorrado en La Victoria.
Recorrieron la propiedad de punto a punto, comenzando por el pante más alto, Las Nubes.
Al cabalgar, Julián iba mostrando los puntos de interés y dando indicaciones: ahí estaba la Casa Grande y los ranchitos de los acasillados.
Más abajo las plantas de abono y bajo un toldo enorme de plástico, el semillero.
Dentro de la cubierta se miraban las hileras de soldaditos, los retoños que plantarían en unos meses.
De cuando en cuando Benjamín hacía preguntas, pero el resto del tiempo escuchaba atento, tratando de memorizar las formas del terreno, sus llanuras y desniveles, sus senderos y ríos, sobre todo los barrancos de los que había que cuidarse.
Esa selva se tragaba a cualquier distraído.
—La Victoria cuenta con cincuenta mil hectáreas con una altitud que va de los ochocientos sesenta hasta los mil seiscientos ochenta metros —explicaba Julián—.
Puro café de altura sacamos de estos cerros.
Los dueños se asociaron con la casa Oetling Hermanos, con matriz en Hamburgo y compraron esta finca ya en producción.
El dueño anterior era un español venido a menos, según dicen, que no podía desquitar la deuda.
Lo liquidaron y hoy día, los Schmidt son los únicos propietarios, afortunadamente.
En el tope de un cerro se detuvo y señaló el plantío.
—Aquí cultivamos principalmente el café arábigo, como puede ver.
Estas son las matas longevas y tienen gran follaje.
Hace poco comenzamos a plantar el Maragogipe, de Brasil y también un poco de Bourbon.
La cereza del Maragogipe es más roja y grande que la arábiga, y la Bourbon más moradita.
Ya las irá usted distinguiendo. Las plantas que ve allá son esas, las nuevas.
Más pequeñas. Parece que pegaron bien. Ahí van respondiendo poco a poquito. Se van viendo los brotes.
Cuando llegaron al río, Julián desmontó. Benjamín hizo lo mismo y tras amarrar los caballos, lo siguió para treparse en lo alto de unas piedras enormes.
—Aquí tiene el corazón de la maquinaria —dijo su entrenador, apuntando la rueda hidráulica—.
Eso usted ya lo vio: contamos con trece máquinas y dos generadores que dependen de la fuerza de esta rueda.
Por fortuna, en esta región el agua es una garantía.
Más bien el problema es cuando llueve demasiado.
La cereza se daña y luego no hay cómo secarla.
Descendieron de las piedras, y rodearon la orilla del río pasando por un bajo en donde unos hombres movían la tierra. Julián explicó:
—Están haciendo abono. Hay que alimentar el suelo, señor Wolf. Aquí lo hacemos con estiércol, la cáscara del café, lombrices y aserrín de madera. Una parte de este abono se irá al semillero y la otra parte directamente al cafetal.
Bajaron zigzagueando entre los pantes . La niebla comenzaba a levantarse. Los pizcadores los vieron venir y los miraron con aprensión y curiosidad. ¿Quién era ese kaxlan que andaba con Moll Julián? Nadie lo había mirado antes. Era un meco . ¿Y ora qué querían ahí, tan tempranito?
—¡Picho! Venga pa acá tantito —lo llamó.
El hombre se quitó la canasta del pecho y se acercó, cojeando.
—Dígame, patrón.
—¿Cuántos faltan?
—Parece que tres, oiga: no hemos mirado al Tuerto desde hace rato, ni al Mapache. Tampoco al chaval que andaba con él. Su ahijado, pue.
—¿El Mapache?
—Sí, patrón. El que quiso pasarse de listo con la mujer de Leónidas, pue, ¿se acuerda? Ese mero.
—Ah, sí, pinche revoltoso. Ora va a saber lo que es bueno.
El Picho nada dijo. Miró lejos y clavó los ojos en una parvada de zopilotes que volaban, en círculo, sobre la quieta corpulencia del cerro. A Julián le sorprendió que el Picho anduviera así, tan calladito, pero lo agradeció. Hoy nadie estaba para perder el tiempo.
—¿Quiere algo más, patrón?
—No. Es todo. Aquí este señor es el nuevo caporal así es que vaya diciéndole a la gente. Mucho respeto.
—Sí, patrón, yo les digo.
—Y dígales que se apuren, chingaos. Se están quebrando las matas con tanta cereza.
—Sí, patrón.
—Mañana mismo comienza usted a entrenar aquí, al señor Wolf ¿me oye? Usted ya sabe qué hacer.
—Sí, pue, no se apure, yo lo alistamos al señor.
El Picho regresó a su cuadrilla y ellos fueron por sus caballos. Los montaron y resumieron su camino.
— Mire nada más las plantas —señaló Julián con tono de queja—. Uno las quiere así, bien cargaditas, pero no ahorita que se nos peló la gente, carajo. Ya lo vio: aprovecharon que no había caporal y rapidito se largaron los cabrones sin pagar su deuda.
—¿La deuda? ¿Cuál deuda?
—¿Cuál va a ser? La deuda a la finca. Mire usted, primero piden prestado con el enganche y luego llegan y piden fiado a la tienda.
Esta gente no sabe guardar los pesos. Cada fin de semana, cuando reciben su paga, arrasan con toda clase de galguerías: plátanos, dulces, pan.
Sobre todo los costeños, compran bonito los litros de aguardiente.
Se la viven borrachos. Por eso ya no contratamos a los costeños.
Son fanfarrones, altaneros, mal hablados y buscapleitos.
Los chamulas, en cambio, no protestan y se avienen a todo.
Se arrebujan en cualquier esquina de la gallera y se comen lo que uno les dé, sin remilgos.
De ser necesario comen ratas que aquí sobran.
Pero eso sí, si ven la oportunidad, se pelan, como estos.
Nada más vieron que no había caporal, y se escaparon para no tener que pagar.
Pero mañana mismo voy a ir a buscarlos porque las cosas no se pueden quedar así.
Aquí pagan porque pagan, chingao. No deben andar muy lejos, andan a pata.
Son fuertes y rápidos los cabrones, pero no tan rápidos como mi Azteca, ¿verdad?
—dijo, palmeando la crin de su yegua—. Así que a usted le va a tocar trabajar aquí, señor Wolf, mientras yo salgo a perseguirlos.
Por cierto, ¿no los vio pasar por su terreno?
—No.
Julián buscó sus ojos.
—Y a una mujer, ¿no llegó por allá una mujer?
La pregunta tomó a Benjamín por sorpresa. Odiaba decir mentiras, pero algo le decía que en esta ocasión, era mejor guardarse la verdad. Asió su cantimplora y tomó un trago de agua, esquivando la mirada intensa de su interlocutor.
—¿Una mujer?
—Si. Responde por Amada. Es la cocinera. Recién desapareció y nadie sabe de su paradero.
Benjamín se limpió la boca con la manga.
—No. Lo siento. No he visto a nadie.
Julián lo miró con un dejo de desconfianza.
—Tá bueno, pues. Como le venía diciendo, mañana mismo usted comienza aquí, así es que fíjese bien. El terreno que usted me va a cuidar es desde aquí hasta allá, donde comienza ese cerro. ¿Ya lo vio?
—Sí. Y ¿cuál quiere que sea mi función exactamente?
—Eso se lo va a explicar el Picho. Sépalo usted: el Picho, ese hombre que acaba de conocer es el caporal más viejo de esta finca y también el mejor.
Tiene reumas, por eso camina torcido, y ya no puede agarrar machete.
Es lento para cortar, pero sabe mucho. Él le va a enseñar todo lo que hay que aprender de este cafetal.
Entonces, yo mañana me voy a atrapar pelados y a recibir gente nueva, y usted se queda aquí con el Picho a vigilar a estos huevones.
A Benjamín le sorprendió escuchar que llegaría más gente. No era fácil conseguir brazos a media cosecha.
—¿Dijo que vienen más trabajadores?
—Si, cinco hombres. Vienen a suplir a los que vamos a agarrar y a castigar.
—¿Y cómo los consiguió?
—Tengo mis contactos. Me los mandó el señor Guillermo Kahle ¿lo conoce?
—¿El dueño de la finca Germania?
—Ese mero. Qué bueno que sepa usted quién es quién, oiga, porque aquí todos nos echamos la mano.
Este año, precisamente, el señor Kahle fundó la Unión de Cafetaleros del Soconusco.
Ahora ya tiene su oficina en San Cristóbal de las Casas.
Ahí vamos a enganchar a los indios de la región de Los Altos.
Les damos algo de dinero, aguardiente, y otras chucherías y así los comprometemos.
El único problema es que tardan en llegar.
La caminata les lleva de siete a once días.
—¿Se vienen a pie desde allá?