La chamula #4
Guisaba bien la tal Lupita, pensó Esperanza probando el guiso entomatado, pero nunca como Amada.
Ella sí tenía buena sazón. Tomó nota mental para abordar el tema de su ausencia, en cuanto se presentara la ocasión.
Ahora mismo la plática giraba en torno al tema que más preocupaba a todos: el clima, la esperada cosecha, el bienestar de la familia y otras trivialidades.
—¿Qué sabés de los precios del café? —les preguntó.
—Está por los suelos, querida, esa es la mala noticia —respondió Elena—. La buena noticia es que no dejaremos que baje más.
—¡Qué barbaridad! Eso mismo me dijeron, que bajó a treinta y cinco marcos la tonelada, ¿será cierto?
—Sí que es cierto, por desgracia. Ya lo sabes, en el 96 estábamos a cien y ahora esto. Hemos tenido una mala racha, y encima hay que lidiar con la peonada. ¡No hay manos! Nos ha pegado duro, Esperanza.
—Seguro que por eso me mandó a llamar Luciano. En fin, contámelo, mujer. Qué asunto tan engorroso lo de don Macario.
Doña Elena tomó un largo trago de su agua antes de contestar.
—Te cuento. Alguien lo mató, pero nadie sabe quién es el asesino. Más, no sabemos.
—¡Pa su mecha! Algo habrá hecho el tipo para merecerlo. ¿Sí o no?
—Sí. Por desgracia, y como bien lo sabes, ese caporal era una persona digamos… difícil.
Don Guillermo lanzó una carcajada.
—¿Difícil? Elena, meine liebe, seamos sinceros. A estas alturas, ¿qué más da? El hombre era un hurensohn, ¡un hijo de puta!
—¡Guillermo, por favor!
—Es la verdad. Lo sorprendente es que no lo hayan matado antes.
Elena le dirigió a su marido una mirada fulminante.
—Te suplico que perdones la falta de recato de mi esposo, querida. Como ves, este tema le altera. Mejor hablemos de cosas más agradables.
El aludido volvió a reír, ahora con más ganas. Cuando recuperó la compostura, se quitó las lentes, y se enjugó las lágrimas.
—Tiene razón mi mujer, doña Esperanza. No preste atención a este viejo amargado. Por favor cuéntenos cómo anda todo en Tierra Caliente.
Esperanza manejó el momento de discordia conyugal con la elegancia de su buena cuna.
Habló sobre los preparativos de la fiesta de la Guadalupana; el diseño del manto que había bordado para la Reina Morena; incluso el dulce de calabaza que le había llevado al padre Camilo.
Sus anfitriones la escucharon solícitos, haciendo preguntas aquí y allá y comentando a su vez pequeñeces para rellenar los vacíos de su charla.
Cuando les retiraron los platos, la anfitriona tomó la palabra.
—¿Qué te parece si tomamos el postre en mi despacho? —preguntó, y antes de que Esperanza pudiera contestar, se levantó de la mesa, dando fin al almuerzo—. Tú termina de comer, mein traut , y toma tu siesta —le ordenó a su marido con frialdad.
El aludido volvió a reír y se empinó su copa. Esperanza sintió pena ajena. Qué odiosa manera tenía Elena de hablarle a su esposo.
—Que descanse usted, don Guillermo —le dijo, con empatía— . Y muchas gracias por el poema.
Él le tomó la mano y se la volvió a besar.
En el despacho, Lupita les sirvió a las damas el postre: plátanos con crema y queso. Ese platillo sí que estaba bueno, decretó Esperanza.
—Esto es un manjar, Elena.
—Gracias. Los dulces le quedan bien a Lupita, pero definitivamente no es Amada, estarás de acuerdo.
—Estoy de acuerdo. Por cierto ¿qué argüende me ibas a contar de ella? ¿Qué pasá con ella?
—Se fue. Desapareció el mismo día que mataron a don Macario.
—¡Ay, Dios! ¿Cómo que desapareció?
—Si. Se fue de la finca. Y es la hora que no regresa. Ni adiós dijo la malagradecida. Dime algo, Esperanza, ¿no te parece una gran coincidencia que se hubiera ido el mismo día que mi caporal apareció muerto?
—¡Elena! No pensás que Amada algo tuvo que ver con ese crimen. Sería incapaz.
—Yo ya no sé ni qué pensar.
—¡Agarrá juicio, Elena! Amada es una buena mujer. Yo más bien estaría preocupada por ella ¿no le habrá pasado algo? ¿Cómo sabés que se fugó? ¿Qué tal si, Dios no lo quiera, alguien le hizo algo malo? —tocó madera al decirlo.
La alemana titubeó. No sabía qué tanto compartirle a Esperanza para que comprendiera sus sospechas.
Si le platicaba de la visita del padre Camilo, seguramente iría a buscarlo para cuestionarlo directamente.
Era sabido que mantenía una gran amistad con el cura.
No, mejor dejar ese asunto por la paz, decidió.
Tomó un sorbo de su café y guardó silencio.
Justo entonces Lupita entró a la sala a interrumpirlas.
—Perdón, siñiora, pero hay un hombre que quiere verla. Dice que viene de donde el señor Schellenger.
—Te lo he dicho mil veces, Lupita. Se pronuncia She-llen-ger .
—Sí, ese, pue. Ese mero.
—¿Y qué haces ahí parada? déjalo pasar.
La sirvienta corrió a obedecer.
—Esta gente —dijo Elena, con enfado—. No sé cómo se atreven a llegar a mi casa justo a la hora sagrada de la siesta.
Lupita regresó acompañada de un joven alto, rubio y bien parecido quien, al verlas, se quitó el sombrero e inclinó la cabeza con gallardía.
—Buenas tardes, señoras —dijo en español, con marcado acento—. Mi nombre es Benjamín Wolf.
Ante el silencio asombrado y curioso de las damas, abrió un papel y leyó la frase que el señor Schellenger amablemente le había escrito para que la usara, a manera de presentación.
—Soy el nuevo caporal, señora. Vengo a ponerme a sus órdenes.
Mirálo este chelo, pensó Esperanza, viéndolo de arriba a abajo.
Entrar así a presentarse, a esta hora y sin cita.
Por guapo que esté, hay que ser cochi pero no tan trompudo, se dijo.
Mucho tenía que aprender ese extranjero.
Y dándole un sorbo a su café, se acomodó para disfrutar la inesperada escena.