La chamula #3
A la finca no volvió a regresar, ni volvió a dirigirle la palabra a Efraín.
Para ella, su marido había muerto. Su nueva agenda giraba en torno a su negocio, y al calendario litúrgico.
Un día, el padre Camilo llamó a su puerta.
Venía a informarle que Efraín estaba grave y de paso, sin que ella se lo pidiera, a aconsejarle que, como toda buena cristiana, su deber era cuidar de su esposo en su agonía.
«Que lo cuide su amante», se defendió ella.
Por respuesta, el sacerdote le habló de la carencia de médicos y medicamentos en la selva, cosa que Esperanza conocía de sobra por el desmedido respeto que le tenía a la enfermedad.
Luego le habló del perdón, de la gracia de Dios, de la recompensa divina.
Al final, Esperanza acabó cediendo, como siempre, porque sabía que, si se negaba, no podría acallar su conciencia.
Pero eso sí, rehusó ir por él o cuidarlo.
«Tráigalo usted a mi casa», le dijo al cura.
«Y aquí lo atenderá Mercedes». Tomada su decisión, le acondicionó un cuarto y contrató a una prima de Mercedes para que les echara la mano.
Cuando Efraín por fin llegó, a duras penas lo reconoció.
Era un esperpento. Estaba amarillento, enclenque, maloliente, de ojeras profundas y totalmente calvo.
Temblaba y hablaba incoherencias. Sufre su merecido castigo, pensó, inmediatamente arrepintiéndose de tan malvado pensamiento, ¿a dónde estaba su compasión? , ¿a dónde su bondad?
Varias veces Efraín la convocó a su lecho de muerte; quería decirle algo importante, le mandaba decir con Mercedes.
Pero Esperanza nunca aceptó ir a verlo. «Lo que tenga que decir que se lo diga al sacerdote», fue su tajante respuesta.
Y cuando el padre Camilo llegó a darle los últimos sacramentos, y a tratar de convencerla para que lo fuera a despedir y que lo perdonara, igual se negó.
«A usted y a Dios les toca absolver sus pecados, padre.
A mí me toca sobrevivir. Ese hombre malgastó mi herencia y despedazó mi corazón. No lo puedo perdonar. No soy santa».
Efraín murió al poco tiempo y ella inmediatamente retomó las riendas de la finca.
El primer reporte de don Luciano no le sorprendió: las cosechas estaban perdidas y los ingresos andaban por los suelos.
No sería fácil recuperarse de tanta pérdida y descuido.
Y si él lo decía, razón de sobra debería tener.
Don Luciano Bertoni, el contador italiano, era un hombre de toda confianza que por años había sido la mano derecha de Efraín.
En aquella reunión, que Esperanza recordaba como si fuera ayer, don Luciano le confesó que no había podido proteger al patrón de sí mismo.
Los últimos años, sobre todo, don Efraín había tomado medidas poco prudentes: rehusaba gastar en la limpia entre temporadas, por ejemplo; había corrido al enganchador y no lo había reemplazado, y tampoco hizo nada cuando faltaron brazos.
Como consecuencia, la cereza se había fermentado en la vaina.
Los peones que quedaban, andaban como cabras sin pastor.
Sabían que el patrón no prestaba atención y se aprovechaban.
«Ya sabe, señora, cómo son», comentó el italiano, con tristeza en sus ojos.
Al oír todo esto, Esperanza prontamente convocó al personal, a los acasillados, caporales y peones.
Amenazó con despedirlos a todos a menos que se unieran al esfuerzo de mejorar la finca y alzar la cosecha.
Contrató a un nuevo Mayordomo, además, a un hombre con fama de «gustarle el cepo» y esto bastó para que los jornaleros entraran en cintura.
Buscó al mejor enganchador y le ordenó que reclutara mames en lugar de chamulas.
Alguien le había comentado que la etnia guatemalteca era gente más chambeadora, con más hambre, dispuesta a partirse el lomo.
Según decían, eran más limpios y rendían el doble.
Tampoco abusaban del alcohol, ni se metían con las mujeres de otros.
Llegaban en grupo, en familias y todos, hasta el más pequeñín, ayudaban por el bien común.
La finca volvió a prosperar y Esperanza, viendo que todo marchaba mejor, volvió a dejarla en manos de Luciano, y regresó a Tapachula para retomar su vida.
Así transcurrieron varios años de paz, con el italiano al mando y ella supervisando desde lejos.
No obstante, de un tiempo para acá, los reportes comenzaron a preocuparla una vez más.
Las matas nuevas tardarían cuatro años en dar fruta y mientras tanto, los gastos seguían incrementándose.
Hasta ahora Esperanza se las había ingeniado para sufragarlos, pero eso no podía seguir así.
Don Luciano no tenía idea de las penurias que estaba viviendo la viuda para sostenerse a sí misma.
Quizás había llegado la hora de vender el inmueble, pensaba.
La finca La Concepción estaría mejor en manos de alguien joven que amara la tierra y quisiera vivir ahí.
Alguien dispuesto a arriesgarlo todo por el bendito grano de cereza.
Ella ya no estaba para esas aventuras de alto riesgo, ni para inversiones a largo plazo.
El hambre no se hacía esperar. Mejor negocio era su costura porque ahí las clientas pagaban a la entrega de sus vestidos.
«Dando y dando, pajarito volando», rimaba el dicho sabio.
Aunque últimamente, tenía que reconocerlo, las clientas se llevaban el trabajo fiado. No pagaban como antes.
—Ya llegamos, señora —anunció el cochero.
Esperanza suspiró con alivio. Un descanso en La Victoria les caería bien a todos.
—Dejános en la casa y decíle al pazguato ese, el caballerango, que lleve a las mulas a la cañada y les dé su azúcar.
—Como usté diga, patrona.
El cochero detuvo la carreta enfrente de la casa mayor y una jauría de perros salió a recibirlos. El hombre los tranquilizó y después ayudó a las mujeres a descender.
—Aquí mismo nos recoge ¿Oí vos? —le ordenó Esperanza—. Vení en cuanto caiga la tarde. Antes que nos agarre un pijazo de agua.
Esperanza no reconoció a la sirvienta que les abrió el portón de la casa.
Normalmente las recibía Amada, una indita muy hermosa.
Excelente cocinera, también. Varias veces Esperanza la había tratado de sobornar: si vos no estás a gusto aquí, vení a trabajar conmigo a Tapachula, le decía, medio en broma. Ella nada más se sonrojaba.
—¿Ideay tú? ¿A dónde está Amada? —le preguntó a esta otra, que no reconocía.
Ella se alzó de hombros.
—A saber.
—¿Cómo que ‘a saber? ¿De quién sos vos?
—Don Jacinto es mi abuelo, siñiora. El caballerango, pue.
—¡Mirálo tu mundo!, qué viejo está Jacinto ya. ¿Cómo te llamás vos?
—Yo soy Lupe, siñiora, pero me dicen Lupita.
—Bueno, Lupita, llevános con tu patrona, por favor.
La muchacha las condujo a la sala en donde Elena ya las esperaba. Al verlas se levantó a recibirlas.
—¡Esperanza! Qué gusto me da verte. Pasen, pasen, por favor.
—Venimos solo un ratito, Elena —le advirtió Esperanza—. Vamos a la finca, pero no quería pasarme de largo sin venir a averiguar cómo andás. Nos hiciste falta el domingo.
—Lo sé. Es tut uns leid . Lo siento. Tenía toda la intención de ir, pero me imagino que ya sabes lo que pasó.
—Sí, lo sé. ¡Qué desgracia! Contámelo todo, Elena, pero antes dejáme pasar al excusado. ¡Ya me andá!
—Por supuesto. —Dirigiéndose a la sirvienta le ordenó—: Lupita, lleva a la señora al cuarto de aseo. Luego sirve, que ya vamos a comer.
—¿Dónde andá Amada? —preguntó Esperanza.
Elena hizo un gesto de desdén con la mano.
—Ahora te cuento. Ve a refrescarte y nos vemos en el comedor. Me imagino que te mueres de hambre.
En el comedor, don Guillermo ya las esperaba ocupando la cabecera de la mesa. Se había esmerado en arreglarse para la ocasión y vestía su mejor traje sastre. Rara vez recibían visitas y para celebrar, había preparado para la joven y hermosa viuda uno de los poemas que a él más le agradaba.
— Willkommen , doña Esperanza —la saludó efusivamente, levantándose—. Le tengo algo muy especial, meine liebe , solo para usted.
Le besó la mano y ella lo dejó hacer, sintiendo lástima por ese señor tan excéntrico. Así era el modo del alemán; exageradamente cortés. Lo bueno era que ella ya estaba acostumbrada a sus rarezas. No era la primera vez que compartía el pan con esa pareja.
—¿Ha escuchado usted al poeta Rubén Darío?
—Me temo que no, don Guillermo, pero algo me dice que usted me ilustrará.
—De mil amores, meine liebe .
Los sirvientes, enfilados a lo largo de la pared, estaban listos para servir los alimentos, pero no se movieron. Sabían que el patrón iba a «rezar».
—Escuche esta belleza —dijo él. Asió ceremoniosamente el libro que tenía a su lado y lo abrió en una página previamente marcada—. Esta poesía se titula nada menos que «Canto de Esperanza». En su honor, señora. Si me permite.
Se aclaró la garganta y se aflojó la corbata. Las mujeres intercambiaron una mirada. El bochorno de Elena era evidente.
—Dele pues, don Guillermo —lo animó Esperanza.
El anfitrión comenzó a declamar con arrebato y cuando acabó, la invitada aplaudió con piadoso entusiasmo. Afortunadamente, el poema había sido breve. En otras ocasiones le habían tocado discursos mucho más largos, y mucho más aburridos, incluso, que los sermones del padre Camilo.
Terminado el ritual y los obligados aplausos, las sirvientas se abocaron a servirles.
El menú del día eran pacayas capeadas que, para el gusto de Esperanza, estaban un poco saladas.
La pacaya era una planta que se daba como yerba en todas las fincas.
Los nativos la conocían gracias a los guatemaltecos que, con una agilidad sorprendente, se trepaban a esos árboles de bambú para bajarla.
Después, por las noches, las guisaban en sus fogones de leña capeadas con los huevos de gallina que pagaban a precios exorbitantes en las tiendas de raya.