Tiempo de flor y de ceniza La chamula #2
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La chamula #2

—No quiero que mi hijo nazca en un muladar —espetó como si eso justificara su decisión.

La lengua de Esperanza se soltó, escupiendo todo el odio atrapado desde hacía mucho tiempo.

—¡Comé mierda mejor! Poca vergüenza tenés de querer meter a esa chirija en mi casa. ¡Primero muerta que permitirlo!

Efraín nunca la había escuchado usar palabras malsonantes. Esperanza estaba descompuesta. ¿Quién era esa mujer soez de pelo enmarañado que osaba hablarle de esa manera?, quiso saber, estupefacto. Qué difícil era sostener sus ojos desquiciados.

—No te estoy pidiendo permiso, Esperanza —dijo con autoridad, tratando de encubrir su repentino temor de esa mujer loca—. Y no te pongas difícil porque bien sabes que si yo quisiera, podría anular nuestro matrimonio. Acabarías en la calle.

Sintiéndose incapaz de verla en ese estado un segundo más, se dio la media vuelta y se fue.

Esperanza trató de levantarse, pero las piernas no le obedecieron.

Temblaba de ira. Se enrolló ahí mismo, junto a las amapolas y lloró.

Comenzó a llover. Las flores se estremecían y ella, en el suelo, las miró sin verlas.

En el abismo de su dolor lo único que podía ver eran las gotitas cristalinas que caían del cielo sobre los pétalos de las amapolas.

Resbalaban sobre esa piel de seda, agarraban vuelo y corrían veloces a encontrarse con sus diáfanas hermanas en los estambres del pistilo.

Perdió la noción del tiempo. No supo quién la recogió de aquel charco enlodado, quién la llevó en brazos a su recámara, quién la despojó de la ropa empapada y la arropó.

Alguien atendió el fuego, alguien rezó, alguien se mantuvo a su lado.

Días después, cuando recuperó el dominio de sí misma y pudo volver a hablar dio la orden irrevocable a la mujer que velaba por ella:

—Empacá mis cosas, Mercedes.

Esa misma tarde se fue a la casa de Tapachula.

La amenaza de Efraín de anular el matrimonio y dejarla en la calle no le preocupaba.

Tanto la finca como las propiedades en Tapachula, eran suyas por herencia.

Sus finados padres se habían asegurado de que ella, siendo hija única, fuera la beneficiaria absoluta de todos los bienes.

Los títulos estaban a su nombre, y aunque un jurado eclesiástico le concediera la anulación del matrimonio a Efraín, por motivo de su infertilidad, lo cual era una posibilidad real, sería él quien acabaría en la calle.

Es más, si ella quería, podía correrlo de La Concepción con todo y su indita, pero en ese momento lo único que Esperanza deseaba era alejarse de él.

No quería volver a verlo en su vida. Y tampoco iba a solicitar un divorcio, la iglesia lo prohibía.

Lo que Dios había unido, solo Dios podía separarlo.

No. Ella jamás sería instrumento del demonio.

Que su marido hiciera lo que quisiera, pero ella no sería cómplice de su pecado.

Quedaría en su conciencia y algún día Efraín tendría que darle cuentas a su Creador.

Ella, por lo pronto, comenzaría una nueva vida, valiéndose por sí sola. Que fue lo que hizo.

En Tapachula se instaló en la casa que la había visto crecer, y que milagrosamente había sobrevivido los estragos de las guerras.

Sus padres, oriundos de Ciudad Real, la ciudad en donde ella había nacido, se habían mudado a Tapachula por motivos de trabajo.

Su padre era administrador de un beneficio en Tapachula, La Perla del Soconusco, como llamaban a esa ciudad, y su madre, cansada de las idas y venidas de su marido de los Altos a tierra caliente, había insistido en que compraran aquella casita fresca, llena de huacales.

La casa seguía siendo suya por obra del Señor.

Ahí en ese refugio había vivido una infancia feliz.

Después sus padres habían comprado la finca La Concepción.

Y al casarse ella con Efraín, y estando su padre delicado de salud, habían mandado a la joven pareja a comenzar su vida en esa finca.

La traición de Efraín era la razón por la que Esperanza vivía en Tapachula.

Al quedarse viuda, y conforme los años pasaron, el interés por La Concepción fue disminuyendo.

Quizás había llegado el momento de deshacerse de ese inmueble, de una vez por todas, pensó.

Seguramente don Luciano, el administrador, la estaba convocando para darle malas noticias.

La pregunta era qué tan malas. Pronto lo sabría.

La vereda empinó y Merceditas despertó sobresaltada.

—¡Qué buena zangoloteada! —exclamó la sirvienta y justo entonces la carreta se sacudió todavía con más ímpetu.

—¡Pa su mecha! Oí vos, cochero —lo regañó Esperanza—. Vete más despacio, o qué querés, ¿matarnos?

El cochero jaló las riendas, pero las mulas siguieron jalando con ímpetu. Iban con el hocico pegado al suelo, jadeando.

—No, señora. Disculpe. Es que ya mero llegamos, y los animales lo saben. Les anda por comer, pue y descansar.

—Y a nosotras más —replicó ella—. Pero con tanto jaloneo no vamos a llegar vivas.

El camino volvió a emparejar, pero las curvas de la empinada subida no cesaron.

Merceditas reanudó su siesta. Esperanza miró aquel paisaje ancestral, la tierra del oro verde; cientos de cafetos, abarrotados de cereza, en medio de unas laderas turbias por la neblina.

Los izotes marcaban las cuerdas a los pantes , uno tras otro.

Finca tras finca poblaban los cerros. Los árboles de sombra: el chalum, el cushín, el cuaje guagua, se alzaban por doquier.

¡Hermosa tierra prodigiosa! Pensó, admirándola.

A veces, en los peores meses de bochorno en Tapachula, Esperanza añoraba ese espectáculo cargado de aire puro y fresco de los cerros y fantaseaba con regresar.

Pero los recuerdos pronto la volvían a su realidad.

Su vida estaba en Tapachula, en la casa de su infancia.

La casa de sus padres estaba situada enfrente de la Aduana y la parroquia de San Agustín.

El día que Esperanza regresó a ocuparla, al ver su estado deteriorado, se sintió identificada con el inmueble: la casa necesitaba renacer, como ella misma.

Contrató ayuda y se abocó a restaurar los daños.

Se sellaron los huecos de las paredes y las grietas de los techos, se reparó el fierro de las ventanas, se pulieron los pisos y las maderas, se arrancó la mala hierba y las plantas trepadoras adheridas a los muros.

Cuando quedó satisfecha de haber revivido la esencia de su hogar, y de sí misma, volvió a abrir su negocio de costura, el oficio que había aprendido de su madre.

Las clientas regresaron, paulatinamente, a ordenar sus vestidos y huipiles.

La ironía de la vida era esta: las primeras clientas que llegaron a darle trabajo habían sido las indígenas.

A ellas poco les importaba que el matrimonio de Esperanza se hubiera «reventado» o que hubiera «abandonado» a su señor.

Ellas igual necesitaban trapos y huipiles para las fiestas —blusones con holanes plisados, adornados con encaje angosto y alforzas—.

Otras solo pedían sus cuturinas para el diario y Esperanza se las confeccionaba con raso de algodón y listoncillos amarillos y rojos, como a ellas les gustaba.

Era una parodia, pensaba Esperanza, que una chamula le hubiera robado el afecto de su marido y que estas otras le dieran chamba.

Después de un tiempo, cuando el chisme de su «desgracia» dejó de ser el bocadillo de preferencia de la sociedad, las señoras-patronas también regresaron.

La vanidad exigía indulgencia y después de todo, nadie merecía más comprensión que Esperanza, huacalera por amor al pueblo, hija de familia conocida.

Además, pocas mujeres eran tan devotas como ella y ¿qué culpa tenía que el marido la hubiera despreciado?

Acudir a la costurera era una forma de reivindicar el estatus de la mujer abandonada.

Las damas llegaron exigiendo la moda afrancesada con encajes, las faldas ajustadas en la pretina, y los vestidos con el vuelo de campana y mangas de «jamón».

Su negocio prosperó porque así tenía que ser.

En ese pueblo no había costurera con más talento que ella.

Hoy día no se daba abasto. Frecuentemente tenía que rechazar trabajo.

Aun así, no era fácil pagar las cuentas.

Los ingresos del negocio y las rentas apenas alcanzaban para conservar la casa y mantener a Mercedes y a Jerónimo.

Luego estaban las donaciones a la iglesia.

Hoy en día el dinero no rendía. Qué duros tiempos estaban viviendo.