La chamula
Esperanza trató de distraerse y miró por la ventana del carruaje.
Cada vez que viajaba a la finca, la hermosura del paisaje la volvía a sorprender.
Hacia el norte, la majestuosa masa del Tacaná se elevaba con sus verdes faldas y riscos que, como dedos de una mano, se esparcen hacia las llanuras.
Los montes eran la espina dorsal del continente, pero ninguno se imponía como aquel cónico volcán.
Y de momento hacia allá se dirigían, hacia esa densa flora tropical donde estaba situada la finca La Concepción, el escenario de las traiciones de su marido y de sus propios pecados.
—Lo bueno es que no está lloviendo —comentó para espantar los recuerdos que la asaltaban.
Merceditas, sentada enfrente, cabeceaba con el vaivén de la carreta.
—Sí, pue —dijo tratando de espabilar su modorra. Fingió interés en el comentario banal de su patrona, pero al cabo de unos minutos volvió a cabecear.
Se está poniendo vieja, pensó Esperanza, observando a su sirvienta con detenimiento.
Las canas poblaban sus trenzas negras y estas ya no eran tan gruesas como antes.
Los dedos de las manos, nudosos y retorcidos, parecían vainas de sófora.
Dolía verlos. Su rostro, sin embargo, lo tenía planchadito.
Su única arruga era la del entrecejo que la hacía verse enojada, cosa que no cuajaba con ella.
No era malhumorada, Mercedes, más bien era una mujer sobria, de carácter templado.
¿Qué edad tendrá?, se preguntó. Se avergonzó de no saberlo.
En su defensa, su sirvienta era una mujer demasiado discreta.
Y siempre andaba ocupada, ¡siempre de prisa!
Detestaba «papar moscas» y sufría cuando Esperanza le pedía que bajara su ritmo.
No obstante, últimamente en cuanto se sentaba, se quedaba dormida, como ahora.
La carreta comenzó a ascender el monte encumbrado.
Las mulas resoplaban y el cochero las azuzaba, reventando el lazo.
Están igual que yo las bestias, pensó compadeciéndolas.
No quieren ir al rancho. La finca le removía los sentimientos y a pesar de que Efraín llevaba varios años sepultado, los recuerdos ahí seguían, germinando a toda flor.
Todavía le guardaba rencor. Y por más que le oraba a la Guadalupana para que la ayudara a perdonar a su fallecido marido, no podía.
Cuando iba a La Concepción la cosa era peor.
Volvía a odiarlo con toda su alma. Volvía a pecar.
Después, en cuanto regresaba a Tapachula, corría a confesarse y el padre Camilo volvía a perdonarla.
—Así es la vida de rancho, hija —trataba de explicar el cura, disculpando las infidelidades del difunto—, así siempre ha sido.
Los finqueros tienen sus necesidades y don Efraín igual.
Déjalo ir, hija, que te vas a enfermar del enfado.
Ya ves que los indígenas también lo ven normal.
El respeto y la humildad de esa gente hacia la autoridad es grande. Trata de ser así, como ellos.
Esperanza siempre supo que Efraín no le sería fiel, pero nunca esperó que se obstinara con una sola mujer.
No era digno de nadie quedarse con una sola india.
Él se justificaba por aquello de que Esperanza no había cumplido con su deber de esposa: no le había dado hijos.
El reclamo era una injusticia. Bien sabía las humillaciones que había soportado tratando de concebir.
Dios era testigo de sus esfuerzos: la peregrinación al recinto de la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, los cirios y las oraciones, los rosarios y las misas.
En su desesperación, había acudido a una curandera, una mujer tzotzil de la comunidad de Tzajalá.
La anciana era de dar terror. La sometió a limpias y sobadas, la obligó a tomar tés de caléndula y lechuga, y la hizo que se atragantara un puñado de nueces que casi la mató, pues resultó ser alérgica a esa semilla.
Ella, que aborrecía a la gente supersticiosa, obedeció a aquella vieja espeluznante sin cuestionarla.
¡Qué bajo había caído por complacer a Efraín!
Al final, incluso la curandera se rindió.
«A usted le echaron una maldición», pronunció tajante, «tiene que ir a ver al médico».
Por médico se refería al hechicero, al hombre que, según su gente, era capaz de obtener favores divinos: quitaba un «mal hecho», curaba una enfermedad, negociaba las lluvias con los dioses y hacía milagros en los ojos de agua.
Si quería, podía propiciar las desgracias y hasta la muerte.
Esperanza hasta ahí dejó de hacerle caso a esa india.
Ese «médico» del que hablaba era el demonio encarnado y ella no estaba dispuesta a vender su alma al diablo, por darle un hijo a su marido.
Corrió a la curandera de su casa con todo y sus triques.
Pero en el fondo de su corazón hubo algo que sí le creyó a esa bruja: la posibilidad de que alguien le hubiera echado una maldición.
Ese alguien, sin duda, era la amante de su marido.
El amor de Efraín se fue escapando con cada menstruación.
Dejó de buscar su lecho y cuando ella se lo reclamó, tragándose la vergüenza, su única respuesta había sido un «¿para qué?
». Que lo dijera así, con tanta indiferencia y frialdad, le confirmó a Esperanza lo que ya sabía: Efraín ya no la amaba.
Hoy, después de tantos años, Esperanza entendía que su infertilidad no había sido una maldición, sino una bendición velada.
Ella no era una mujer maternal. Los niños, esos seres diminutos, frágiles, sucios y ruidosos, que exigían tanta atención, le provocaban ansiedad.
No soportaba sus berrinches. No podía imaginarse a sí misma cambiando un pañal, mucho menos atendiendo a una criatura enferma.
Los niños eran un nido de gérmenes. No obstante, y por amor a su marido, había tratado de cumplir con la expectativa de aquella sociedad en la que la función principal de toda esposa era dar a luz.
Lo único que anhelaba su corazón enamorado era ganarse el respeto de Efraín.
Ya después, se decía, cuando llegara la criatura chillona y enfermiza, sabría qué hacer con él, o con ella.
Además, para eso estaban las nodrizas y las sirvientas.
Ellas se ocuparían de criarlos. Como fue, nunca se embarazó y poco a poco dejó de pedirle a Dios y a la Virgencita ese milagro.
Hoy daba gracias que no hubieran contestado su maltrecha plegaria: no habría sido una buena madre.
Efraín fue metiendo a la otra mujer en sus vidas cotidianas paulatinamente.
Un día hasta en la casa la metió. Las malas len guas corrieron a chismearle que la india estaba embarazada.
La noticia le cayó como un balde de agua helada.
Se encerró en su cuarto y lloró amargamente.
¿Por qué Dios le concedía la bendición a esa pagana y no a ella?
¿Qué cosa había hecho ella para merecer tal injusticia?
Nunca se sintió tan desdichada. Dejó de comer, de hablar, de rezar.
Se enfermó y cuando se puso grave, con una fiebre que la hervía en el caldo de su desdicha, mandaron a llamar al médico.
—Su señora no verá el amanecer —sentenció el buen doctor.
Esperanza, desde su lecho, alcanzó a escuchar la respuesta de su marido.
—Quizás eso sea lo mejor, doctor.
La frase dicha así, con tanto desamor, fue el antídoto que Esperanza necesitaba para aferrarse a la vida. Vivió para ver ese amanecer y muchos más, pero con nuevos ojos. Los ojos de la verdad: su matrimonio había fracasado.
Corrió la noticia de que la patrona ya estaba buena, y se dio por sentado que su curación era otro milagro concedido por la virgencita Guadalupana.
Esperanza se repuso con rapidez y el cambio fue evidente, no solo en su físico, sino en su relación con Efraín.
En cuanto se sintió mejor, dio la orden de que cambiaran sus pertenencias a la recámara más alejada del cuarto matrimonial.
Su marido no se lo reclamó. Así comenzaron a vivir una guerra fría, abiertamente declarada.
Comían, dormían, y tomaban café y la siesta a horas diferentes.
Ella asistía a la capilla y él dejó de asistir del todo.
Ella iba sola a los eventos sociales como bautizos y bodas.
A las reuniones de los jornaleros o cualquier evento que tuviera que ver con los negocios, ahora él asistía solo.
No se hablaban, y si lo hacían, era por medio de los sirvientes.
Cuando el asunto lo ameritaba, y no deseaban que estos se enteraran del comunicado, se escribían mensajes que depositaban en una bandeja de plata en el zaguán.
Iban y venían los recados como palomas de papel que, una vez leídos, perecían en el fuego de la hoguera.
Era una medida absurda ya que la mayoría de los sirvientes hablaban lengua y no sabían leer.
Además, no necesitaban saber el castellano para interpretar lo que estaba pasando.
Esas cosas no se podían ocultar. Los patrones ya «no se hallaban» entre ellos.
Por los pasillos de la casa se intercambiaban las miradas parlanchinas de la servidumbre que recitaban el famoso dicho: «Donde no hay amor, ni las cobijas calientan. No pues».
Así pasaron los meses, Efraín refundido en el campo y Esperanza en su jardín, el único espacio en donde ella encontraba consuelo.
La hermosura y alegría de sus flores ahuyentaban su tristeza.
Un día allá la fue a buscar su marido. Ella, postrada de rodillas, deshojaba las amapolas y tardó en percibir su presencia.
—Vengo a comunicarte que a partir de mañana Yatzil ocupará el cuarto de servicio —le soltó.
—¿Yatzil? —preguntó, sorprendida de que estuviera ahí, en su espacio sagrado, y que le estuviera hablando.
—Si. Yatzil. La madre de mi hijo.
Esperanza sintió un ardor repentino que le subía del pecho a la garganta, atando su lengua. Su silencio envalentonó a Efraín.