Tiempo de flor y de ceniza La Victoria #3
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La Victoria #3

Benjamín se preguntó si eso que su nuevo jefe decía sobre los chamulas incluía a las mujeres.

Se preguntó, específicamente, si Amada sería capaz de matar a un contrincante como aquel que estaba reemplazando porque el hombre «no sabía mandar».

Recordó su propio encuentro con ella e intuyó que no, porque aunque Amada era fuerte, nunca hubiera podido someter a un tipo como aquel que, al parecer, había sido un hombre fornido.

Amada era una mujer menuda. Tendría que estar dormido, pensó.

O embriagado. En cuanto al señor Meyer, no sabía qué pensar de él.

Daba la impresión de que era un hombre infeliz y amargado, pero no quería juzgarlo sin conocerlo.

Tiempo de sobra había para ello. Por ahora lo mejor era observar, aprender y trabajar duro.

La sirvienta regresó con el café y se los sirvió. Benjamín tomó el primer sorbo y casi lo escupió. Estaba asqueroso.

— Magst du? ¿Le gusta? —preguntó Adolfo.

Lupita lo observaba atenta, con ojos sagaces.

—Honestamente, no me parece bueno —confesó.

Adolfo soltó la carcajada y Lupita también se rio, tapándose la boca.

—Me gusta su honestidad, señor Wolf. Acaba de pasar usted la primera prueba, ¿verdad, Lupita? Ande. Retírenos esta porquería y sírvanos del bueno, por favor.

La sirvienta partió a su cometido y pronto regresó con dos tazas humeantes.

Ese café sí olía bien. Benjamín lo probó.

Estaba bueno, aunque no tan bueno como el hawaiano de cuerpo medio, acidez brillante y tonos vinosos.

El hawaiano seguía siendo el rey, en su opinión.

Este café, en cambio, era como el clásico colombiano de cuerpo completo con sabor ahumado y aterciopelado. Pero estaba bueno.

—Qué me dice, señor Wolf, ¿está mejor?

—Mejor.

— Sehr gut .

Con el café en la mano, Benjamín se acercó a inspeccionar un mapa que colgaba de la pared. Era una topografía de la región en donde estaban marcadas con banderillas las fincas de los alemanes.

—Ahí tiene usted a los compatriotas, señor Wolf.

El lema de los alemanes es «hacer las cosas bien», como ya ha visto.

En ese mapa se nota clarito cómo hemos ido llegando al Soconusco a cultivar esta «tierra de nadie», como dicen por aquí.

Ahí puede ver el avance según el color de las banderillas: la primera oleada de migrantes son las amarillas en el río Coatán, hacia el noroeste.

De ahí están las verdes marcando la segunda oleada.

Esas abrieron la región hacia el río Huehuetán de 1883 hasta 1894.

Luego están las moradas, y esas fueron de 1893 a 1898, más o menos, y llegaron hasta el río Tezuzapael.

Un poco más tarde se abrieron paso las negras, hasta el río Huixtla.

Y hasta ahí hemos llegado. Ahora estamos un poco estancados pero la cosa va a cambiar, ya verá, cuando inauguren el ferrocarril.

—¿Y eso para cuándo será?

—¡Ah! Pregúnteselo a los políticos. Llevan años prometiendo.

Pura habladuría y nada de riel. Mientras llega le vendría bien ir aprendiendo el nombre de las fincas vecinas y de sus dueños.

Aquí no hay competencia, señor Wolf. O nos ayudamos a sobrevivir, o nos lleva la chingada a todos, como dirían los mexicanos.

Fíjese en el margen y aprenda: Juan Luttman y Guillermo Kahle dueños de Las Maravillas, Hamburgo y Germania; Adolfo Geiseman dueño de El Retiro, Santo Choco, Argovia, Santa Fe Chinincé, San Nicolás, Teresa y Vergel; Ricardo Brofft dueño de Gibraltar y Yucatán; Juan Pholenz dueño de Bremen, Lubecka y Cuxtepeques, y la familia Humprey dueños de Nextapa.

Hay muchas otras, pero esas son las más importantes.

—Recuerdo algunos de estos nombres. Kurt los mencionó en el barco. Por cierto, ¿está aquí?

—¿Quién? ¿Kurt?

—Sí.

— Nein . Todavía no llega. Sigue dizque comprando tierras, pero yo sospecho que está descansando en El Retiro, la finca del señor Geiseman.

Ahí le encanta estar porque ahí llegan las nuevas generaciones, los jóvenes recién llegados de Alemania, los hijos de los finqueros.

En esa finca se «aclimatan»: les enseñan el idioma, a comer frijoles, a vestir sensato y a no rascarse las picaduras de los moscos.

Todo eso que usted y yo aprendemos por las malas.

Y una vez que los señoritos se acostumbran a esta tierra brava, los mandan con sus padres a administrar sus fincas. Así la cosa.

Adolfo se empinó su taza de café, se levantó y se puso la chamarra y el sombrero.

— Willkommen a La Victoria, señor Wolf. Lo espero mañana en mi despacho —y dirigiéndose a Lupita, agregó—. Ái se lo encargo, Lupita. No me lo vaya a desvelar, por favor.

Le guiñó el ojo con malicia y al verla sonrojarse soltó otra carcajada y partió.

Benjamín se volvió a acercar al mapa y con el dedo índice identificó el punto cardinal que correspondía a la ubicación de su tierra. Algún día colocaría ahí una banderilla, se prometió. Algún día, en ese margen, aparecería su nombre:

Benjamín Wolf, dueño de la finca Panamá.