Tiempo de flor y de ceniza La Victoria #2
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La Victoria #2

—Me alegra que sepa usted de estas máquinas, señor Wolf —dijo Adolfo—.

Esta secadora, ahí donde la ve, es el orgullo de los patrones.

Nunca habíamos tenido un problema con ella, hasta ahora.

Supongo que ya le tocaba, pero a qué mala hora se tronó.

Mire nada más cómo llueve. El grano se pudre en los patios.

Son un charco. En fin. ¿Toma usted cerveza?

—Sí, cuando no estoy trabajando.

Julián soltó una carcajada.

—Se nota que le urgen los pesos, oiga, pero aquí la jornada ya acabó —comentó—. Mañana será otro día. Venga pa acá. Es la hora del tasajo y de los tragos.

Benjamín siguió a los hombres al comedor. Una indígena, viéndolos llegar, se apuró a abrirles cervezas y a servirles una variedad de platos calientes que olían delicioso. Sintió hambre. Sus nuevos jefes se empinaron sin miramientos sobre los alimentos y él siguió su ejemplo.

—Mañana le tendré su contrato listo, señor Wolf —le informó Adolfo, mientras limpiaba su plato con una tortilla—. Pase a la oficina a firmarlo al mediodía. Será por dos años con derecho a viaje y vacaciones pagadas. Por cierto, eso quería preguntarle, usted no quiere viajar, ¿correcto?

—Correcto. Me comprometí a trabajar cuatro días a la semana. Los otros tres regresaré a darle a mi pedazo de tierra.

— Ja, sir, entendido. Así trabajan los acasillados.

Cuatro días a la semana para el patrón y tres para sus milpas.

Los baldíos aquí se quedan hasta que termine el corte.

Ya de ahí se van por donde vinieron. Pero necesito saber qué otro arreglo tiene con los patrones, ¿qué mes le dieron vacaciones? , ¿va usted a viajar a su patria?

—No. No tengo necesidad de viajar. Prefiero trabajar todo el año.

Los hombres se miraron entre sí, extrañados.

—¿No tiene familia en el extranjero?, ¿de dónde dijo que era usted? —preguntó Julián.

—No dije. Soy de San Francisco. Pero no tengo familia.

Julián se limpió los bigotes y eructó. Estaba raro que ese meco no quisiera regresar a su patria, pensó, mirándolo de arriba abajo, pero no, tampoco tenía facha de ser un fugitivo.

Hacía poco habían llegado a pedir trabajo un par de tipejos, también extranjeros, que daban buena pinta, pero resultó que estaban huyendo de la ley.

Antes de que acabaran el primer turno, ya había llegado la autoridad a aprehenderlos.

Así era la cosa entre los finqueros; en la sierra todo lo referente a la peonada se sabía: que si eran ladrones, huevones o peleoneros, que si trabajaban bien o se la vivían borrachos.

Cualquier maldad se enjuiciaba y sentenciaba ahí mismo.

Para eso tenían sus propias cárceles. La Victoria no contaba con celdas, solo con topiles, pero cuando era necesario, usaban las celdas de la finca Las Margaritas.

No obstante, cuando se trataba de extranjeros que violaban la ley, lo mejor era avisar al jefe político de Tapachula, el coronel Juan B.

Antúñez para que él, o el gobernador, don Rafael Pimentel, fueran quienes emitieran la orden de arresto.

Ellos entendían mejor qué hacer con la gente de fuera.

—¿Y qué sabe hacer usted además de componer máquinas? —le preguntó Julián con un dejo de desconfianza.

—Dígame qué necesita y yo veré cómo lo resuelvo.

Su respuesta le agradó. Se veía que el tipo tenía empuje.

No era otro alemancito inútil y espigado como su propio hermano, Kurt.

Los finqueros mandaban a sus hijos a estudiar a Alemania y solo Dios sabía qué carajos aprendían en esas escuelas, porque regresaban más pendejos de lo que ya eran, y sin la más mínima idea de cómo sacar una cosecha.

—¿Sabe de números? —preguntó Adolfo.

—Sé contar, pero prefiero el campo.

A Julián comenzaba a caerle bien ese tipo. Es de los míos, pensó. Quizás este güerito me rinda. Habiendo escuchado suficiente, se levantó de la mesa.

—Ta bueno, pue —dijo—. La patrona quiere que lo entrene yo, y pos ni modo. Eso haremos. Mañana vamos a ver pa qué nos sirve usted señor Wolf. Por cierto, «Wolf» quiere decir «lobo», ¿sí?

—Sí. Lobo en inglés.

—Bien, señor «lobo», sepa que la costumbre entre los indios es usar nombres de animales. Mi apellido es Morales, por ejemplo, que viene de Mulalix, que en la lengua tzetzal quiere decir Toro. Por eso mi nombre completo es Julián Morales Toro. Quizás algo tiene usted de indio.

Adolfo Meyer soltó una carcajada y Julián se rio de sus propias palabras. Benjamín no supo qué decir. Julián le palmeó la espalda, y se puso el sombrero.

—Ahorita que acabe de comer vaya por sus cosas y tráigalas para acá —dijo y luego, dirigiéndose a la sirvienta, agregó—: Lupita, arréglele usted un cuarto al señor pa que descanse.

—Sí, Moll Julián —contestó ella.

—Y a usted lo recojo aquí mismo, al toque del cuerno, ¿de acuerdo?

—Aquí estaré.

Julián se puso la chamarra y se fue. En cuanto salió, Adolfo Meyer sacó una cajetilla de cigarros.

—¿Fuma?

—Sí, pero aquí tengo, gracias. —Adolfo le pasó los fósforos.

—Lupita, tráiganos café, por favor. Quiero ver qué opina aquí el señor Wolf de nuestro arábigo.

—Sí, señor.

El alemán chupó su cigarrillo con deleite y se recargó en la silla, sobándose la panza.

—Escuche bien. Esta finca es como el volcán que usted ve allá arriba, el Tacaná.

El negocio es una pirámide perfectamente organizada.

Hasta arriba están los dueños, los señores Schmidt.

Mejor dicho, hasta arriba está doña Elena.

Ella manda. El patrón es un buen hombre, pero seamos sinceros, lo tenemos de adorno. Verstehst du mich? ¿Me entiende?

Benjamín no entendía, pero asintió.

—Abajo de doña Elena estoy yo. Debajo de mí está Julián, el Mayordomo.

Luego están los caporales, los mozos acasillados y todos los demás: el planillero, el receptor, el patinero, el mecánico y el médico.

Hasta abajo están las cuadrillas. O sea, la peonada.

Aquí cada uno tiene su lugar, señor Wolf, y es bueno que sepa usted en dónde está parado.

Como caporal le va a responder directamente a Julián.

A nadie más. Así que a mí no me traiga sus quejas o broncas, ¿me oye?

Ya bastante tengo con las propias. Cualquier problema que tenga su cuadrilla, será problema suyo.

Ahí resuélvalo como pueda y procure no molestar a Julián tampoco.

Créame, se lo agradecerá. Mi segundo consejo es este: tenga la mano dura, pero no se pase, no vaya a acabar mal, como el hombre que está usted reemplazando. Hay que saber mandar.

—¿El caporal que murió?

— Ja, sir, ese, pero no murió. Lo mataron, ¿no le dijeron?

—No.

—Pues ahora ya lo sabe. Los chamulas, ahí donde los ve calladitos y obedientes, cualquier día lo despellejan vivo y se lo comen a pedazos. Así es que cuídese. Mano dura, pero justa.