Tiempo de flor y de ceniza La Victoria
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La Victoria

Al llegar a la cima se detuvo a admirar aquella sierra bendita de cafetales sombreados y cañadas olorosas a flor y madera buena; tierra de hombres menudos y duros como las peñas.

Abajo, los cafetos se desparramaban a través de cumbres y colinas hacia los cuatro puntos cardinales.

Esta sí es una finca, se dijo. Se notaba que detrás de aquel esplendor había una disciplina de hierro. La mano del alemán.

Espoleó a Modestine y descendió hacia la entrada del cafetal.

Los perros salieron a recibirlo con fieros ladridos, pero ante la fría impasibilidad del intruso pronto perdieron interés y se alejaron gruñendo.

Un mestizo, alertado por el escándalo, se acercó.

Estaba cubierto de plásticos para resguardarse de la lluvia.

Con solo ver al kaxlan , le abrió las puertas de par en par.

—Pásele, patrón.

Benjamín no acababa de acostumbrarse a que lo llamaran patrón.

Él no era patrón de nadie, no todavía. Pero entendía que en ese país la gente repartía títulos sin reparo; cualquiera era ingeniero, maestro o jefe.

La gente blanca, sobre todo, siempre eran patrones o jefes. Ladinos les decían, o kaxlanes .

—Busco al señor Adolfo Meyer —le informó.

El hombre señaló hacia el casco que se alzaba a poca distancia.

—Ahí nomasito lo encuentra. Onde las máquinas. ¿Le agarro la mula?

—Sí, gracias. Se llama Modestine.

—¿Quién, pue?

—La mula. Se llama Modestine.

—¿La mula tiene nombre? —preguntó, cerciorándose de que había oído bien a ese meco .

—Sí.

—Sta bueno, pue, patrón —asintió y se alejó, meneando la cabeza en desaprobación. Estaba loco ese kaxlan , pensó, jalando la mula.

Benjamín se encaminó hacia donde se alzaba el casco, pintado de un color rojo-gris, lóbrego como una penitenciaría.

Era el eje del caserío que albergaba, bajo sus vastos jacalones, los grandes secaderos, los silos y los depósitos para humedecer.

Era el primer círculo de la finca. Las oficinas y la gallera ocupaban el segundo círculo.

Más allá estaba la tienda de raya y una pequeña capilla.

Era el momento en que los peones terminaban su jornada.

Salían cansados de los diminutos caminos que llevaban al negro trasfondo del plantío.

Era un río de indígenas que se dirigía al trote por el camino ancho.

Benjamín se unió a ellos y ellos, mirándolo con curiosidad, le abrieron paso.

Al pasar por los depósitos de grano los cortadores aventaban sus canastos recolectores, ya vacíos, y enseguida iban a refugiarse en el cobertizo de la gallera.

Bajo los volados aleros de zacate prendían sus fogatas para calentar sus alimentos y defenderse de los mosquitos que a esa hora también tenían hambre.

Algunos ya estaban ahí sentados junto al fogón, sosteniendo delicadamente sus pocillos humeantes.

Cuando Benjamín llegó a la entrada del beneficio abordó a uno de los trabajadores.

—Busco al señor Meyer —le dijo.

Era un anciano jorobado que, al igual que los demás, apenas llegaba de la pizca. El hombre se quitó el morral del hombro, se lo sobó y se dejó caer pesadamente sobre un costal lleno de mazorcas. Sus calzones de manta estaban sucios y remendados.

—Andá cá, pue. Entrá. Por ahí andará el administrador.

Benjamín entró a un aula ruidosa y cargada por el aroma de pulpa fermentándose.

Una mirada le bastó para confirmar lo que venía escuchando: que aquel era un beneficio de ricos.

La maquinaria era moderna y bien cuidada: pulperos, tanques, rastrilladoras, lavaderos y secadoras, todas impecables.

Los aparatos, importados de Europa y transportados desde los barcos por bestias y a «lomo de chamula» servían para liberar las cerezas de sus cuatro envoltorios: la pulpa, el mucílago, el pergamino y la última capa sedosa.

Los patios para el secamiento igual eran de dar envidia; estaban anchos y hechos de concreto y no de calicanto, como era el caso en otras fincas de menos recursos.

A donde quiera que mirara, en ese beneficio se notaba la inversión transnacional y el orden.

Nadie estaba con los brazos cruzados. Tanto las máquinas como los empleados atendían su función con precisión y eficacia.

La cereza recién recogida era arrojada a los pulperos, de ahí a las pilas de fermentación y de ahí al lavado para desprender la «miel».

A un lado había una hilera de mujeres que, empinadas sobre una mesa, removían las semillas defectuosas antes de entregar las demás al empaque.

Los empacadores, a su vez, llenaban los sacos de yute y los almacenaban en tarimas de madera buena.

La persona que supervisaba esa planta lo hacía bien, pensó, admirado.

Y viendo todo aquello, de pronto comprendió por qué los colonos pioneros habían vendido o abandonado sus fincas en el Soconusco: no podían competir con estos alemanes, los poderosos colonizadores que contaban con el apoyo de inversionistas y sabían cómo trabajar.

Al final, a los pequeños agricultores como él les quedaban tres caminos: vender o retirarse, emprender algún negocio subsidiario en Tapachula, o subirse al carro del gran capital en calidad de empleado.

Él hoy comenzaba ese último camino que, lejos de desanimarlo, le daba más bríos para triunfar.

A él no le interesaba competir con las fincas grandes como La Victoria.

No. Su único anhelo era hacerse dueño de una finca pequeña que produjera lo suficiente para vivir con dignidad, y para ello no se necesitaba un beneficio moderno y caro como este.

Para eso estaban las casas de acopio en Tapachula.

La Victoria sería su semillero, se dijo, dándose ánimos.

Sería su escuela. Aquí aprendería a usar las herramientas correctamente para después emplearlas en su propia tierra.

Le fue fácil localizar al señor Meyer. Se destacaba por su estatura entre aquella gente menuda y morena.

Vestía de amarillo con el pelo cortado al ras, como la mayoría de sus paisanos alemanes.

Estaba hablando con un hombre también alto y bigotudo que por su apariencia parecía ser otra persona con autoridad; un criollo bien parado con botas domadas y el lazo de mando en la cintura.

Junto a ellos estaba un jornalero que sostenía en la mano una herramienta.

Ahora mismo señalaba una máquina y se rascaba la cabeza perplejo.

El ruido de las máquinas era ensordecedor. Benjamín se acercó, pero los hombres no percibieron su presencia.

—No jala, pue —decía el empleado casi a gritos.

—¿Qué tiene?

—Pos no lo sé, patrón. Sta atascada, asegún parece.

Se inclinaron sobre el aparato para inspeccionarlo.

Benjamín conocía bien esa máquina; era una secadora de café de marca Guardiola.

Se llamaba así en honor al hombre que la había inventado, José Guardiola, un indiano catalán residente de la Costa Cuca.

El hombre era inventor de varias secadoras, entre ellas esa que producía hasta ciento veinte quintales de café.

Las fabricaban en Nueva York y las usaban en Folger, por eso él las conocía de sobra.

Su función era descascarillar el café pergamino usando morteros en los que subían y bajaban trituradores.

El sistema funcionaba muy bien y las máquinas eran lo mejor en el mercado: dejaban listo el café para el tostado, la venta y la exportación.

—Hay que quitar las tolvas para abrir y corregir el paso —comentó Benjamín casi a gritos.

Los hombres voltearon a verlo sorprendidos.

—Disculpen, soy Benjamín Wolf —dijo y le extendió la mano al señor Meyer—. Quizás usted no me recuerde, pero nos conocimos en la plaza de Tapachula.

Adolfo Meyer le estrechó la mano sin cambiar su semblante hosco y soberbio.

— Ja, sir, lo recuerdo. Me dijeron que comenzaría usted ayer, pero bueno, ya que está usted aquí, díganos ¿qué sabe usted de este maldito aparato?

—Es una Guardiola.

— Es its . Pero díganos algo que no sepamos. ¿Por qué demonios no sirve?

—Está trabada. Hay que quitar las tolvas.

El criollo bigotudo soltó una risa sarcástica.

—Explíquele a este meco que las tolvas vienen remachadas de Alemania —dijo.

—No. Esta máquina la hacen en Nueva York —lo corrigió Benjamín—. Y aunque estén remachadas se pueden quitar.

—Ah, chingaos —exclamó el bigotudo ampliando la sonrisa, y ahora sí dirigiéndose a él, preguntó—: ¿Y usted quién dijo que era?

—¿No lo oíste? —increpó Adolfo—. Benjamín Wolf, el nuevo caporal. Señor Wolf, le presento a nuestro Mayordomo, Julián Morales Toro. Él se encargará de entrenarlo.

—¿Yo qué? —protestó Julián, crispado—. ¿Quién dijo que a mí me toca entrenarlo?

—Doña Elena —contestó Adolfo—. Y si no le gusta, vaya y quéjese con ella, pero ahora lo que apremia es arreglar esta carcacha. Así es que ahórrese el berrinche. —Luego, dirigiéndose al extranjero preguntó—. A ver, señor Wolf, ¿cómo coños van a quitar las tolvas?

—Hay que desarmarla —dictó él.

—¿Y usted sabe cómo hacerlo?

—Sí, si me presta la herramienta se lo demuestro.

— Mach bitte weiter . Adelante, por favor.

Benjamín se quitó el sombrero, el jorongo empapado, se arremangó la camisa y se puso a trabajar. El mecánico le ayudó en lo que pudo, pasándole las herramientas. Una a una sacaron las piezas hasta que el aparato quedó desarmado.

—Ahí tienen el problema —indicó, señalando la malla—. Está quemada y agujereada. Hay que reemplazarla. ¿Me imagino que consiguen esta tela en cualquier lugar?

Adolfo miró a Julián.

—¿Será que lo tenga Henkel?

Julián se alzó de hombros.

—Ya sabremos. —Y dirigiéndose al mecánico lo despachó—. Vete al Altillo a ver si la tiene don Guillermo Henkel, y si no, te sigues a Tapachula y la compras en la tienda de los chinos. Apúrate jijo de la chingada. ¡Pa nada sirves!

El hombre salió disparado.