Tiempo de flor y de ceniza Cosas raras
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Cosas raras

Esperanza dio la última puntada al manto de la Virgen.

Buscó las tijeras en su costurero y, al no encontrarlas, cortó el hilo con los dientes.

Alzó la prenda, la sacudió y la colocó contra la luz de la ventana.

Ahora sí era digna de la Madre de Dios, pensó, satisfecha.

La Guadalupana se vería hermosa con ese manto el día de su santo.

El doce de diciembre era el día que todo México festejaba a la patrona del país.

Era un festejo muy vistoso en Tapachula, más aún que las fiestas de Navidad.

Esperanza disfrutaba de ese evento del calendario litúrgico sobre los demás.

Año tras año le cosía su manto a la virgencita morena y cargaba su imagen durante la peregrinación, como correspondía a su papel de madrina.

Era tradición —un merecido reconocimiento por todo lo que aportaba a la parroquia.

Por desgracia, en esta ocasión el administrador de su finca, don Luciano, la había mandado llamar.

Era un asunto urgente que no podía esperar.

Por eso, esta vez Esperanza no podría asistir al desfile.

Sabía que las noticias sobre la finca no serían buenas.

Le dolía en el alma perderse del festejo de la Guadalupana, pero dadas las circunstancias, tenía que ser así.

La virgencita se lo perdonaría. Contaba con ella en las buenas y en las malas.

El viaje a la finca les llevaría un día y medio cuando menos, calculó.

De camino pasarían a la finca La Victoria a saludar a Elena.

Quería saber cómo andaban las cosas con el penoso asunto del asesinato de su caporal.

Aquellos acontecimientos violentos repercutían al resto de los finqueros; cada vez que los indios mataban a algún superior, se envalentonaban y enseguida armaban sus revueltas.

¡Cabezota de zule tenían todos! ¿No entendían que si no recogían la cosecha, les iba mal por parejo?

Pero ellos, con tal de salirse con la suya, preferían andar hambreados. ¡Bola de totorecos!

Miró el reloj. Si se apuraba, tendría tiempo de llevar el manto a la iglesia. Así resuelta, lo dobló y lo colocó amorosamente en una caja y después guardó su costurero.

Dormirían en Huehuetán, decidió, en la posada del señor Schitnzle.

Era un mesón familiar y adecuado para las damas.

El propietario era un alemán casado con una mujer mexicana, ambas personas decentes que siempre la recibían con amabilidad.

La esposa, en particular, era encantadora.

Sabía hacer un pan sublime. Los caprichos eran su especialidad.

El solo pensar en ellos le hizo agua la boca.

Se levantó y salió de la recámara con la caja en brazos a buscar a Merceditas. Le dejaría todo encargado mientras iba a la iglesia, decidió. Encontró a la sirvienta en la cocina preparando calabaza en dulce. El aroma a panela y canela permeaba toda la casa. Olía a melado de caña.

—¿Ya está listo? —preguntó. Antes de que contestara probó el dulce con el dedo—. ¡Dios! es una delicia, Mercedes. Está en su punto.

—Ya mero, señora.

—Andá y ponéme un poquito en un traste para el padre Camilo ¿oí vos? Voy a llevarle el manto de Nuestra Señora. Ojalá el postre le endulce el disgusto que le voy a dar. Se va a poner bravo cuando le diga que no vamos a estar para las fiestas.

—¿Pos cuándo nos vamos, oiga?

—Mañana. Decile a Jerónimo y empacá, por favor.

—Sta bueno, señora.

Merceditas colocó los pedazos de calabaza en un recipiente y se lo entregó.

—Está recaliente. Tenga usté cuidado.

Esperanza cayó en cuenta que Merceditas se movía con más brusquedad de lo normal. Su tono era seco. Algo afectaba los humores de su sirvienta. La conocía de sobra.

—¿Qué te pasa, pues? ¿Por qué andás jetona? —le preguntó, sin rodeos.

Mercedes le dio la espalda y se empinó a lavar trastes, como si no la hubiera oído.

—Andá que no sos sorda. Echálo fuera. ¿Qué tenés?

La sirvienta detuvo su faena.

—Na, señora. Nomás quiero saber ¿qué vamo a hacer con la chamaca?

Esperanza tardó en comprender de qué hablaba.

¿Qué chamaca? ¡Ah, sí! La indita que según el padre Camilo le ganaría el perdón de sus pecados.

Se le había olvidado por completo esa niña y ¿cómo no?

La chiquilla era como un fantasma. Deambulaba por la casa, calladita y hacendosa como si fuera un ánima en pena.

No se sentía, pues. A veces hasta la espantaba, porque aparecía y desaparecía en cualquier rincón.

Si Esperanza percibía su presencia era solo porque la Perra andaba siempre tras ella.

—¿Cómo que qué vamos a hacer con ella?

—Sí, pue. Nosotros nos vamos y ella ¿ónde se queda?

—¿Ideay? ¿Cómo que a dónde? Aquí se queda, por supuesto.

—Usté manda —replicó, dándole la espalda para retomar su labor.

—Mirá que sos rasquita. Vos solo brava estás contenta —exclamó Esperanza ya enojada—. ¿Qué cosa tenés? ¡Andá, soltá la sopa, mujer!

La sirvienta se armó de valor y encaró a su patrona.

—Si la va a dejar, señora, mande a Jerónimo a que se vaya onde don Lencho.

—¿Por qué pedís semejante disparate? Agarrá juicio, Mercedes. Bien sabés que Jerónimo debe cuidar la casa. De no ser él ¿quién, pues?

Merceditas no encontraba palabras para explicarle a su señora lo que sentía adentro, en las costillas.

Era algo así como el mareo que uno siente cuando se arrima demasiado a un barranco.

Lo que la patrona no sabía era que, desde que María vivía en la casa, pasaban cosas raras.

Varias veces se le habían quemado los frijo les, la masa de las tortillas y la pasta del chocolate se le agriaban.

Las gallinas, esas también andaban ariscas.

No se dejaban pisar y el gallo estaba como loco.

Las pollas no ponían huevos y los pocos que ponían, salían malos, o deformes, de dos o hasta de tres yemas.

La Perra igual, andaba huraña y rebelde.

Y luego, justo ayer, una parvada de pichos había volado sobre el tendedero, y habían zurrado toda la ropa blanca.

Por más que la restregó, seguía soltando un olor pishcahuado .

Pero eso no era lo peor. Lo peor era el pozo.

Se oía un gemido allá abajo, en el fondo, un llanto de mujer quizás.

Era como si ahí, mero adentro, estuviera atrapada la Tichanila .

¡Qué susto se había llevado cuando primero lo oyó!

Por fortuna, Jerónimo justo pasaba por ahí y él rapidito la había ayudado a sacar el agua.

Desde entonces, Mercedes ya no quería ir al pozo.

Ahora mandaba a don Lencho, pues, asegún él, no oía nada.

Todas esas cosas raras estaban pasando y la culpa la tenía esa indita.

Aunque tenía que reconocer que también estaban pasando cosas raras pero buenas, las flores secas de doña Esperanza volvían a florecer, los pajaritos no se escapaban aunque dejaran la jaula abierta, y varias veces había sanado sus achaques con solo tocarle la mano.

Pero ¿cómo explicárselo a la señora? La acusaría de loca, o de supersticiosa, como siempre.

Le diría: «Eso te pasa por no ir a la iglesia» porque para la patrona, pobrecita, todo se resolvía ahí, en el templo del crucificado.

No. Mercedes no estaba para oír sermones.

Mejor era darle otra razón, aunque fuera mentira.

—No es bueno dejar a esa chamaca aquí sola con Jerónimo, señora —le soltó.

—¿Y por qué no?

—Porque como usté mesma dice, nuay que tentar al diablo, pue.

Esperanza tardó un segundo en entender lo que su sirvienta insinuaba.

—¡Mirálo tu mundo! No puedo creer lo argüendera de vos. Pero si son un par de pilishtíos.

—No tanto, doñita. Jerónimo ya tiene emplumado el coyol y ella no tarda en sangrar.

—¡No seas vulgar, Mercedes! Hablá como la gente decente, por favor —pero ya su mente evocaba imágenes asquerosas por lo que enseguida le advirtió—: me hacés el favor de decirle a esa chamaca que cuando le llegué su tiempo, cuando ande así, en sus días, que no entre a esta casa ¿Oí vos?

No me vaya a manchar algo. Y hablá bien con ella para que aprenda a usar sus trapitos.

¡Ah, burro! No sé en qué momento accedí a tenerla aquí. Yo ya no estoy para estos fandangos.

Así diciendo colocó el recipiente sobre la mesa y corrió al lavadero a lavarse las manos. Se las restregó hasta que la piel le ardió. Cuando acabó, dictó la sentencia.

—Jerónimo se quedará a cuidar la casa y María también.

Hablá con tu hijo, Mercedes. Vos recordále que no es ningún arrecho.

Mientras vivá aquí, ha de portarse como un caballero.

Punto. Y ya si comete algún ultraje durante nuestra ausencia, vos tendrás la culpa por no haberlo obligado a ir a misa los domingos.

Llevo tiempo advirtiéndote que lo hagás.

Merceditas se mordió la lengua. La patrona no agarraba juicio.

Nada entendía doña Esperanza. La indita traía al diablo adentro.

De seguro por eso tenía la espalda hecha jirones.

Alguien había tratado de arrancárselo a latigazos.

Un ladino tenía que ser, porque los indios sacaban al demonio con rezos y aguardiente, no con golpes.

A saber qué bestia había golpeado a la niña y ¿para qué?

Un diablo no saca a otro diablo. No, pue.