Tiempo de flor y de ceniza El refugio
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El refugio

Cuando terminó la tormenta y los cielos se aplacaron, Benjamín se abocó a lo suyo: comenzó a aserrar madera y a rajar tejamanil con una hachuela y un mazo chico.

No podía irse a ningún lado sin antes sellar el techo de la casa, cuando menos.

Eran tiempos de lluvia. Gracias a la recomendación de su vecino, doña Elena lo había contratado.

Eso era lo bueno. En unos días comenzaría a trabajar en esa finca.

El problema ahora era Amada. ¿Qué haría con ella mientras él estuviera en La Victoria ?

No la iba a correr, por supuesto, no era tonto, le quedaba claro que la muchacha estaba huyendo de algo o de alguien, aunque no se animara a decírselo.

Hablaría con ella cuando sintiera suficiente confianza, decidió.

Tampoco había necesidad de presionar. Además, le gustaba su compañía.

Era hacendosa y sabía mucho de esas tierras.

Guisaba bien. Lo hacía reír, tenía un buen sentido del humor, y su risa espontánea era contagiosa.

No era la risa forzada y hueca de tantas mujeres que había tratado, incluida Katherine.

Al recordarla, sintió remordimiento pero a la vez alivio.

Había hecho bien en terminar con esa farsa.

Katherine merecía un hombre que la quisiera de verdad.

Pero no iba a ahondar en ese tema del pasado.

El tema era Amada y qué hacer con ella ahora que ya tenía trabajo en La Victoria.

Entonces recordó el mensaje que su padre solía recitar, citando a Eclesiastés: «a cada momento su tiempo».

Una gran verdad. En ese momento lo único que debería preocuparle era terminar de sellar ese techo.

Así resuelto, volvió a la tarea de clavar madera, pieza por pieza, en el techo de esa estructura que, gracias a sus reparaciones, comenzaba a convertirse en una casa cabal.

Por su parte, Amada regresó a la milpa a seguir doblando maíz.

Cuando menos eso, el trabajo, le permitía planchar el enredo que era su mente.

Hasta donde podía ver, se le abrían dos caminos a seguir: agarrar su machete y salir corriendo o pedir albergue al kaxlan .

Pero si corría ¿pa qué rumbo iba a jalar?

se preguntaba. Tarde o temprano los perros seguirían su rastro y la alcanzarían.

Y si se quedaba ¿cómo pedírselo al kaxlan ?

Él entendía bien la castilla, sí, pero ¿qué tanto entendería el motivo por el que había huido de la finca?

La gente como él aceptaba la verdad de los ladinos sobre cualquier otra verdad y luego, aunque le creyera que ella era inocente de la muerte del caporal, ¿qué tal que la autoridad le echaba cargos a él por esconderla?

No. No podía hacerle eso a ese señor. Tan bueno que había sido con ella.

Amada acarreó su mente atormentada todo el día, sin decidir qué hacer. Dobló maíz, cosechó frijol y lo guisó. Recogió leña y hierbas para guisar y curar. Las amarró en bultos con tiras de cáscara de mazorca y las colgó en la cocineta del kaxlan , cerca del fuego.

Así pasaron las horas, cada quien entregado a sus respectivas faenas. De vez en cuando alzaban la mirada de sus labores y se buscaban para cerciorarse de que ahí estaban, todavía.

En algún momento Benjamín soltó la herramienta, se bajó del techo y se acercó.

—Escucha. Alguien corta madera —dijo y señaló hacia el arroyo.

Amada agudizó el oído con aprensión. Repasó los ruidos, catalogándolos en su debido lugar; ahí estaban la parvada de los loros en el platanar, la guacamaya en el árbol y el chirrido, siempre presente, de las chicharras.

Y desde el arroyo llegaba, ciertamente, el sonido en cuestión: un golpe seco y rítmico, como si alguien estuviera cortando leña con un hacha.

—No es nadien —aseguró con alivio—. Son solo las ranas.

—¿Las ranas?

—Sí, pue. Aquí les decimos «macheteras» porque hacen ese ruido. Son ellas. Venga a mirarlas.

Caminaron juntos hacia el arroyo y se escondieron detrás de las matas.

El ruido cesó abruptamente, pero al cabo de unos segundos se reanudó con más fuerza.

Benjamín siguió el sonido con la mirada desde su escondite y pronto pudo identificar su origen.

Efectivamente era una rana. Lo sorprendente era el tamaño del anfibio: era pequeño y cualquiera lo hubiera creído incapaz de producir semejante escándalo.

Amada aprovechó y se acercó a la orilla del agua.

Se alzó el huipil y se metió hasta las rodillas para enjuagarse los brazos y las manos, llenas de tierra.

Se alzó el cabello y se humedeció el cuello.

Su agraciada silueta se dibujó sobre el fondo oscuro de las colinas.

Viéndola, Benjamín quedó atrapado; ya no pudo mirar otra cosa que no fuera esa joven, pequeña pero hermosa.

Ella giró de pronto y le sonrió. Él, avergonzándose de su descarado fisgoneo, se levantó abruptamente.

—Ahora vuelvo —le avisó y se fue, sin mirar atrás.

Amada lo vio desaparecer en la maleza, rumbo a la casa, y al poco tiempo lo vio regresar cargando un saco.

—Para ti —le dijo él y lo depositó en la orilla del arroyo.

Amada se acercó y sacó del saco una de sus camisas ladinas, una toalla y un jabón.

—Cuidado con las «machiteras» —le dijo, sonriendo.

—«Macheteras» —lo corrigió ella y soltó una de sus ruidosas carcajadas.

Benjamín dio media vuelta y partió.

En cuanto Amada lo perdió de vista se arrancó el huipil, lo lavó y lo tendió en las piedras.

Luego se sumergió en el agua fría y refrescante; y nadó hasta que su cuerpo entró en calor.

Brincó dando vueltas, haciendo remolinos con los brazos extendidos, como solía hacer de niña.

Cuando se cansó, se restregó el cuerpo y el cabello con jabón, se enjuagó y se tiró boca arriba flotando, entregándose a la caricia del agua.

El sol comenzaba a guardarse tras la cordillera y desde la negra herida de las barrancas lanzaba sus últimos rayos, amarillos y naranja.

En breve el arroyo se convirtió en una sopa de plata.

Amada se arrulló un ratito más al canto de los grillos prietos y el chirrido de las chicharras.

Cuando las macheteras dejaron de croar, y los jejenes comenzaron a picar, salió del agua tiritando de frío.

Se frotó el cuerpo con la toalla y se vistió deprisa con la camisa de lana del kaxlan .

Olía a él y la cubría hasta las rodillas.

Metió la ropa todavía mojada al saco, y regresó a la casa en carrerilla, con el frío mordiéndole los tobillos.

Encontró a Benjamín avivando el fogón. Al verla llegar, se dispuso a preparar los alimentos, pero ella no se lo permitió. Después de tender el huipil en el mecate, se le acercó y le arrebató la cazuela.

—Usté se sienta —le ordenó.

Él obedeció. Encendió un cigarro y se sentó a mirarla guisar a través de la humareda de su tabaco.

Esa muchacha sabía lo suyo, pensó, viéndola mover ollas.

Improvisó un metate con una piedra plana para moler maíz.

Hizo una masa y con ella hizo tortillas, palmoteando, yendo y viniendo de la lumbre al metate y del metate a la tinaja de agua.

En otra olla calentó los frijoles y los sirvió con un trozo de calabaza.

Le entregó el plato sin mirarlo a los ojos, y él lo aceptó, sintiéndose agradecido pero incómodo.

Tenía hambre sí, y mucha, pero había algo en aquella joven rara y bonita que lo inquietaba, no sabía qué pensar de ella.

Comenzó a comer tratando de apartar la mirada de aquellas gotitas de agua que resbalaban por su cuello desde su cabello mojado, desapareciendo debajo de aquella camisa suya que le había prestado.

La prenda caía pesada y suelta sobre su menuda percha.

—En unos días tengo que salir a trabajar —anunció.

—¿Trabajar ónde? —preguntó ella, extrañada—. Harto trabajo ái aquí mero.

—Si, es cierto. Aquí también hay mucho trabajo, pero necesito dinero para comprar materiales. Me contrataron en La Victoria, una de las fincas de allá arriba. ¿Sabes cuál?

Amada soltó el cucharón con el que meneaba los frijoles.

El pánico se apoderó de ella y no pudo responder.

Se abrazó, estremecida y nada dijo. Benjamín observó la incomodidad de la joven.

Esperó una respuesta hasta que Amada, sin poder contenerse, soltó las palabras que todo el día había aprisionado en su pecho.

—Yo podemos ayudar aquí.

¿A qué venía esa propuesta abrupta?, se preguntó Benjamín. Y ¿por qué ese cambio repentino en ella? Algo la había alarmado, pero ¿qué o por qué? Quizás ese era el momento preciso para exigirle respuestas, pensó. ¿Qué estaba haciendo ahí, en su finca? ¿Qué quería de él?

—Gracias, pero precisamente por eso tengo que trabajar. No tengo solvencia para contratar a nadie.

—No pedimos dinero, kaxlan , solo un techo.

—Pero ¿No te espera alguien en casa? —preguntó, atreviéndose por fin a cuestionarla.

Su respuesta fue categórica.

—No. Nadie nos espera. No tenemos casa.

Al decirlo se sonrojó. Benjamín hizo el plato a un lado, encendió otro cigarro y esperó. Ambos sabían que estaba mintiendo. Amada se decidó a hablar. El kaxlan merecía saber la verdad.

—Sí tenemos ranchito. En la Victoria vivimos. Pero no queremos volver a esa finca. No podemos.

Dándole la espalda, se soltó a llorar.

Benjamín se arrepintió de haberla interrogado.

Soy un bruto, se dijo. ¿Qué demonios me importa la vida de esta mujer?

y ¿qué derecho tengo de saber sus problemas?

¡Bastante tengo con los míos! Esperó sin hablar, midiendo los sollozos que, afortunadamente, fueron espaciándose poco a poco.

Cuando por fin cesaron, y vio que Amada se enjugaba el rostro, se disculpó.

—Perdón, no tienes por qué explicarme nada.

Amada lo miró de lleno. En el rostro del kaxlan solo había bondad.

Podía confiar en aquel hombre, decidió. Su tono cálido, reconfortante, borraba su miedo.

Sí, se merecía saberlo todo. Además, mañana cuando fuera a La Victoria, según decía, de seguro alguien le contaría que los patrones la andaban buscando.

Mejor era que se enterara de los hechos por su propia boca.

—Los perros nos persiguen. Los patrones piensan que yo matamos a don Macario, el caporal. Pero nada malo hicimos. ¡Nada! Los dioses y los Aj’elitik son testigos. Limpia es nuestra alma- ch’ulel . Buenas somos soy. ¡Lo juramos!

La vehemente confesión sorprendió a Benjamín. Pero ¿qué le estaba diciendo esa mujer? ¿Cuál caporal? ¿El caporal que iba a reemplazar? ¡Era la primera vez que escuchaba que alguien lo había matado!

—¿Alguien mató al caporal de La Victoria? —preguntó, queriendo cerciorarse.

—Sí, pue. Pero nosotros nada hicimos.

¡Entonces era cierto! Y por eso estaba abierto el puesto.

El fuego parpadeante iluminó la expresión humilde y suplicante de la joven.

Benjamín se levantó con brusquedad y llevó su plato a la palangana de agua para lavarlo.

Necesitaba alejarse de ella. Amada era una fugitiva de la ley y él le estaba dando albergue. Ella corrió a arrebatarle el plato.

—Yo limpiamos —dijo, solícita.

—No —contestó él, severo—. Tu vas a comer. Y si te quieres quedar, está bien, pero solo por ahora. Cuando regrese de La Victoria tendremos que hablar. Y otra cosa. Si trabajas aquí, es por tu cuenta porque no tengo dinero para pagarte.

—No queremos dinero —se apuró a decir ella, sintiendo un gran alivio—. Solo queremos dormir en paz. Podemos quedarnos ahí, en la pocilga. No vamos a molestar.

—La pocilga está llena de ratas. En la casa hay espacio.

—Yo corremos las ratas —insistió ella.

—Si quieres dormir ahí hoy, hazlo. Pero mañana que me vaya a La Victoria debes dormir en la casa. Estarás más segura.

Benjamín alzó la cocina y Amada comió sin ganas.

El hambre se le había escapado. Se sentía bien por haberle dicho la verdad al kaxlan pero a la vez lamentaba causarle problemas.

Pero ¿qué podía hacer? Necesitaba su ayuda.

En cuanto pudiera, decidió, se iría y lo dejaría en paz.

Algún día tendré oportunidad de corresponder a sus bondades, pensó, esperanzada, pero ahora mismo debo pensar en María.

Me está esperando en Tapachula. Tengo que sobrevivir a como dé lugar.

Volvió a llorar discretamente, y se obligó a comer los frijoles que sus lágrimas salaron al caer al plato.