La búsqueda
Mientras la cuadrilla de hombres y perros se adentraba en el bosque para rastrear a Amada, Julián fue a su ranchito.
Quizás ahí encontraría una pista que le hiciera saber a dónde carajos se había largado la mujer.
El jacal estaba vacío. No había nadie adentro, salvo el perro sarnoso ese que, en cuanto Julián abrió la puerta, salió por patas al cafetal.
Seguramente corre a rastrear a su ama, pensó, y por un momento consideró seguirlo, pero descartó la idea por aquel rumor que serpenteaba por el campo: que el cura se había llevado a la niña a Tapachula.
Tal parecía que era verdad, de otra forma el perro andaría con ella.
No. Las hermanas no estaban juntas, decidió.
María se había ido con el párroco ¿pero Amada? ¿Dónde carajos estaba Amada?
No podía estar lejos, calculó, al tocar las brasas de la hoguera.
Estaban tibias todavía. A lo más estaría a un día a caballo.
Algo en el fogón llamó su atención. Era un pedazo de tela que el fuego había quemado parcialmente.
Lo alzó y lo inspeccionó con detenimiento.
Parecía un retazo de huipil. Estaba manchado de sangre.
¿De quién era esa prenda? Se preguntó. Sobre todo ¿de quién era la sangre?
Miró a su alrededor con creciente inquietud, buscando pistas que explicaran lo ocurrido.
Nada ahí sugería violencia. La humilde morada estaba limpiecita.
Todo estaba en orden en ese jacal de un solo cuarto; la mesita, los bancos hechos con rejas vacías de mangos, la silla de madera con asiento de cuero de chivo que había pertenecido al Tata, las zaleas, los petates acomodados a un lado de los tenamastes.
Cada objeto tenía su lugar. En un rincón se alzaba un pequeño altar con los menesteres del abuelo: el incensario de barro, las plantas secas, el chuj que solía usar para sus ceremonias y su sombrero.
Solo faltaba su bastón de mando. El objeto más preciado, se dijo.
Lo buscó. En la otra esquina, colgaba su mecapal, el sudadero que ahora usaban sus nietas para la pizca, la prenda que imprimía en sus frentes su condición de chamulas.
El bastón no estaba en ningún lado. Mirando su entorno llegó a la conclusión de que ahí adentro no se había derramado sangre.
Eso le dio alivio. Y por los objetos que hacían falta, especialmente el bastón del h’ilol , podía deducir que las mujeres se habían ido a propósito después de empacar algunos triques: no estaban sus chujs , sus tecomates, tampoco el machete.
Se acercó a una tabla en la que había ropa doblada y enseguida reconoció una de esas blusas.
Él mismo se la había regalado a Amada. La jaló de la pila, cuidando de no desdoblar el resto de las prendas, y la olió.
No olía a ella. Amada nunca se la había puesto, a pesar de que él le había pedido varias veces que se la pusiera. La blusa olía a rechazo. A eso olía.
Recordó el día que la compró. Había bajado al pueblo y cuando pasaba por el mercado, la vio colgada en un puesto: era de flores bordadas con mucho colorido.
Se imaginó a Amada en ella, la tela cubriendo sus hombros, sus brazos, su breve cintura.
El moño en el centro del escote, ¡qué fácil hubiera sido deshacerlo!
Pensó. Y ¡qué hermosa se vería en esos tonos tan alegres!
En el mercado, la marchanta no había querido negociar; era astuta y enseguida se dio cuenta de que él pagaría lo que fuera, con tal de llevarse la prenda.
Ese jefe airado quería algo más que la blusa, calculó ella, intuyendo su interés.
Nomás había que verle esa cara de entecado.
Ay, ay, ay. Suertuda la mujer que le quitaba el sueño a ese patroncito porque ¡qué guapo era ese hijo de Dios!
—¿No le gusta? Llévesela y le regalo estos listones pa las trenzas de la agasajada. Ándele. Anímese, patrón.
La compró. De regreso en la finca fue directamente a buscar a Amada a la Casa Grande.
Pero ahí no estaba. Alguien dijo que la había visto en el pante del río y hacia allá se dirigió, feliz de perderse un rato con su yegua en esa parte de la finca que tanto le gustaba.
Era la caída de la tarde. La penumbra del crepúsculo teñía el sembradío y los arbustos del cafetal lucían lozanos, cargados de bayas que igualaban los tonos del cielo: amarillo, rojo y morado.
Ver el campo peinado con sus hileras de cafetos cargaditos hinchó su alma de orgullo.
Harto habían trabajado y harta sería la recompensa.
Ese año el bendito grano llenaría las bodegas.
La peonada tendría chamba un buen rato; nadie se iría monte arriba a pepenar a otras fincas, como solía suceder.
Este año habría aguinaldo para todos. A él también le iría bien.
Don Guillermo quedaría contento y quizás, ahora sí, le cedería el cacho de tierra que le venía prometiendo.
Julián lo tenía bien escogido: estaba lejos de la Casa Grande y cerca de la cascada, arriba en el pinar.
Ahí alzaría una casita cabal y entonces sí podría hacerle una propuesta decente a Amada.
La sacaría de su jacal, le haría una milpa y le pondría animalitos: borregos, gallinas y cochis.
Los domingos la llevaría al pueblo a pasear y le compraría todas las blusas bonitas que quisiera, como esa.
Nunca más tendría que ponerse el mecapal.
Nunca más tendría que moler el nixtamal arrodillada en un metate, o soportar los regaños de doña Elena, ni de nadie.
Allá, en su casita propia, verían juntos el atardecer.
Y juntos oirían al gallo cantarle al resplandor del amanecer, desde las ramas de la manzanilla.
Así pensando cabalgó por la tupida arboleda, en pos del agua achocolatada del río.
Allá un hermoso árbol de pajuil encendía de rojo la campiña con sus flores perfumadas; acá un corpulento mamey estaba envuelto en un vistoso velo de flores blancas; más allá un gigante tamarindo lucía airoso, ataviado de un frondoso follaje.
Un árbol cuajado de manzanas pequeñas atrajo su atención.
Eran pomarrosas. Se le acercó, se apeó y ató la yegua al tronco.
Cortó una de las frutas y se la dio para que la comiera, acariciándole la crin.
De ahí descendió por la ladera resbaladiza, encajando las botas, con la blusa en la mano.
Al verlo llegar los peones suspendieron su minuciosa labor.
¿Qué andaba haciendo ahí el Mayordomo? Y ¿qué era ese trapo que cargaba?
Luego lo vieron arrimarse a donde pizcaba la nieta del curandero.
¡Ah, caray! Eso era. Andaba arrecho Moll Julián.
Sí, pue. La risita mordaz se esparció por los cafetos alegre y saltarina, como los chapulines de la milpa, pero Julián no se percató.
Lo único que llamaba su atención era esa joven de curvas suaves y mirada serena que ahora mismo acariciaba las bayas cortándolas de abajo a arriba, con precisión.
Bailaba con el arbusto. ¡Qué ganas de ser ese arbusto y dejarse mecer así!
, pensó él. Amada estaba tan concentrada en su faena, que no percibió su llegada.
Julián se detuvo en lo alto de la cima y desde ahí pudo verla a sus anchas.
¡Con qué gracia movía sus pequeñas manos!
Con qué garbo acarreaba la canasta en su cadera.
Su amplio enredo colgaba pesado y suelto y para subir la loma se lo arremangaba, dejando al descubierto sus piernas torneadas.
Amada… mujer callada y humilde y a la vez regia.
Bien plantada. Hacendosa y atenta era. Iba y venía de la Casa Grande al jacal, atareada con el trajín de la cocina, o de la pizca, procurando hacer leve su presencia.
Qué rápida era para adivinar y complacer los deseos de su patrona.
No. Doña Elena no la merecía. En cambio, él sí.
Él sabría darle una buena vida. Amada sería suya algún día.
Se echó el huipil al hombro, bajó la ladera y se incorporó en la hilera de peones que venían cortando justo detrás de ella.
Comenzó a pizcar. Sus dedos conocían bien esa faena ingrata que venía haciendo desde niño.
Pizcó, aproximándose poco a poco, y cuando tuvo las manos llenas de cerezas, se le acercó a Amada y las vació en su canasta.
Amada se apartó de un brinco. No era la primera vez que un desgraciado trataba de robarle su cuota pero esta vez, no se iba a dejar. Alzó el brazo, furiosa, lista a defenderse. Y se topó con la sonrisa burlona de Julián.
— ¡Moll Julián! —exclamó sorprendida—. ¿Qué hace usté aquí?
Los peones los observaban, divertidos. Ella trató de ignorarlos. El bochorno abrazaba su pecho, sus brazos, sus mejillas.
Julián le quitó la canasta y se la entregó a uno de los trabajadores.
—Llénala y cuando acabes, se la regresas —le ordenó—. Cuidado con robarte un solo grano —agregó amenazante.
Ella quiso protestar pero él no se lo permitió.
Tomó a Amada de la mano y la jaló con él hacia abajo, hacia el río, internándose en la cerrazón de la selva húmeda.
Cuando alcanzaron el banco del río se detuvo junto a un árbol caído.
Era un rincón oculto bajo la sombra frondosa de un árbol corpulento, protegido por unas enormes piedras que hacían las veces de biombos.
Ahí se estrellaban las miradas curiosas de los que pasaban por la vereda.
—Esto es para ti —le dijo, extendiendo la prenda.
Amada titubeó.
—¡Agárrala!
Amada tomó la blusa con cuidado, tratando de no ensuciarla con sus manos manchadas de pulpa.
—Póntela el domingo. Voy a pasar por ti para llevarte al pueblo.
—No podemos —se apuró a negarse ella.
—¿Por qué no?
—No podemos ponerme esta blusa.
—¿Ideay? ¿No te gusta?
—Sí, nos gusta, pero no es nuestra, pue. Es teca.
—¿Y qué más da que sea teca? Te verás rechula en ella. Póntela.
Ella alzó la mirada por primera vez.
—Usté es mi patrón. Usté manda. Pero no queremos ponerla. Esta blusa es de Zinacantán. Es teca. Yo no. Yo soy chamula. Otra blusa es la nuestra.
Julián comprendió de golpe que Amada tenía razón.
No podía pedirle que vistiera la ropa de otro pueblo.
La vestimenta era el vestigio más importante de identidad entre las etnias.
¿Cómo no había pensado en eso? Sintió vergüenza.
Su propia madre era de Zinacantán. Debería saber que esas blusas floreadas eran solo para ese pueblo.
—Está bien. No te la pongas. Pero el domingo voy por ti.
Ella no habló, por lo que él insistió.
—¿Me oyes? El domingo salimos a pasear.
—Usté manda, patrón —contestó por fin, sin mirarlo.
La actitud de Amada molestaba mucho a Julián.
Una cosa era que le despreciara su regalo, y otra cosa que lo despreciara a él.
¿Quién se creía que era? ¡Ingrata mujer!
Debería darle las gracias por fijarse en ella.
Por invitarla a pasear. Por sacarla del rancho.
La jaló hacia sí y, tomándole el rostro entre las manos, la obligó a mirarlo a los ojos.
¡Qué ojos tan negros tenía esa mujer, por Dios!
Más negros que el azabache. Y qué boca tan carnosa y tentadora.
—No quiero que lo hagas por obligación, Amada. Quiero que me quieras como yo te quiero a ti.
Amada se sonrojó al escuchar esas palabras.
Por su parte, Julián sintió un sordo deseo de poseerla ahí mismo.
Arrancarle esos harapos sucios y perderse en su cuerpo.
Requirió toda su fuerza de voluntad para contenerse.
No. No habría deleite en tomarla por la fuerza, decidió.
Así no sería. Algún día ella misma se le entregaría gustosa.
Algún día lo desearía tanto como él la deseaba a ella. Algún día se ganaría su amor.
Amada se liberó cuidadosamente de las manos que aprisionaban su rostro.
—No podemos quererlo, Moll Julián. No somos su igual.
Y sin más se echó a correr, perdiéndose en la maleza.
En la choza, Julián recordó aquel día con sentimientos encontrados.
Debió haberla tomado a la fuerza, pensó.
Debió haberla hecho suya ese mismo día cuando tuvo la oportunidad, por su propio bien.
Nadie se hubiera metido con ella sabiendo que era su mujer.
¡Nadie! Si hubiera dado rienda suelta a su deseo ahí, en el banco del río, quizás don Macario no estaría muerto.
Y ella no andaría perdida. ¡Solo Dios sabía dónde estaba esa mujer!
Tenía que encontrarla ya, antes de que la selva se la tragara.