Tiempo de flor y de ceniza La finca del kaxlan
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La finca del kaxlan

El kaxlan le había ofrecido un mango y Amada no estaba para despreciarlo.

Tenía hambre y además, no podía huir. El hombre le había regresado su machete, sí, y podría echarse a correr.

Pero y luego ¿a dónde iba a ir? Poco lejos llegaría.

No. Lo mejor era quedarse ahí mero y ver qué cosa iba a hacer con ella ese señor.

Algo le decía que nada malo haría él. Nada que la perjudicara, pue.

El hombre se encaminó hacia la casa y ella lo siguió.

Al andar observó su entorno ahora, a la luz del día.

Nadie atendía el campo. Ahí estaba la fruta caída de los árboles, pudriéndose entre la maleza crecida.

Buena falta hacía de una buena azada, pensó.

Al pasar cerca de una calabaza despreciada no resistió y la levantó.

Era un pecado que se echara a perder cuando era tan hermosa; parecía una estrella inflada.

El kaxlan no sabe hacer milpa, ¿será?, se preguntó extrañada.

A un lado, cerca de la entrada, había improvisado una cocina techada, forrada con varas.

Lo sabía porque las varas estaban tiernas todavía.

En el centro de la cocineta había alzado un fogón sobre una plataforma a la altura de una mesa.

Y ahí, ahora mismo, mientras ella miraba ese lugar, él se afanaba alimentando el fuego con hojas de maíz.

Amada se acercó con timidez para sentir la caricia de las llamas.

Él molió el café y lo preparó. Frió un par de huevos enormes.

De guajolote, ¿serán?, se preguntó con asombro.

No andaba ningún animal por ahí. No, pue; ni una gallina, ni un borrego, ni siquiera un perro sarnoso como Choco.

¿De dónde había sacado esos huevos tan grandes?

Mientras el hombre guisaba, pudo verlo mejor.

Se miraba cambiado. Ya no estaba tan blanco; el sol había tostado su piel.

Antes dejaba ver su mentón con ese hoyo en medio donde cabría un frijol.

Ahora tenía la cara peluda —una barba rojiza y colocha—.

Nunca antes había visto a un hombre así: con pelos rojos en la cara y pelos dorados en la misma cabeza.

Sus brazos, peludos también, dejaban entrever gotitas de sangre coagulada.

¡Qué gusto se habían dado los jejenes con el pobre señor!

Quizás por eso se le veía la cara hinchada: no estaba acostumbrado al veneno de los bichos todavía.

¡Raro se miraba el kaxlan ! Lo único que no había cambiado en él eran sus ojos: eran las mismas chispas de agua azulada que giraban, de cuando en cuando, para verla.

Cuando sus ojos se encontraron le sonrió.

Se burla de mí, ¿será?, se preguntó abochornada. Y dejó de mirarlo.

Benjamín rebanó una tira de carne salada que colgaba del techo de varas y se la sirvió, junto con los huevos. Ella no estaba acostumbrada a que nadie le guisara y mucho menos un señor. Esperó a que él se sirviera y que comiera, pero él no lo hizo. En vez de ello, le señaló su plato y le ordenó:

—Come.

Luego se sirvió un café y se sentó enfrente de ella a fumar.

Amada titubeó, pero el hambre la doblegó; le dio la espalda al kaxlan y comió, primero con modestia y después con avidez.

A saber qué animal era ese, pensó, devorándolo sin remilgos.

Estaba buena la carne, pero sabía a monte.

Mejor hubiera estado con un poquito de ajo y cebolla o preparado en un caldo con yuca, chayote y calabaza.

Quizás ese señor no sabía hacer guisos, pensó.

O quizás así le gustaba comer: sin sazón.

Los mecos comían simple, asegún decían, sin nada de chile o condimentos, como don Guillermo y doña Elena.

Al recordarlos se estremeció. Seguro me están buscando los patrones, ¿será?

Mejor comer rápido. Mejor comer mucho y llenar la panza en caso de que tuviera que echarse a correr.

—Coatí —dijo él, hablando de la carne. Luego, con una vara, dibujó la figura del animal en la tierra.

Era fácil reconocer al animal dibujado.

—Pizote negro —murmuró ella.

—Pizote negrrrro —repitió él.

Enseguida dibujó otro animal.

—¿Mula?

—No. No mula. Caballo.

—Cabayio.

— Caballllllo.

Hablaba chistoso, él. Se comía las «erres» y las «elles» pero hartas ganas tenía de aprender el castellano.

Ahora mismo ya pintaba otro animal: un cochi, luego una gallina, un gavilán.

Pronto la tierra a su alrededor se convirtió en un tapete de animales dibujados con la vara.

¡Qué rápido aprendía él! Y es que así eran los extranjeros, pue, eran gente entendida.

Los patrones, por ejemplo, hablaban varias lenguas además del alemán, incluso hablaban un poco de tzotzil.

Amada también sabía hablar otras lenguas.

Desde pequeña el Tata le había enseñado tzeltal, tojolabal y mam, además del español.

«No basta hablar lengua» solía decirles el Tata.

«El castellano es la lengua de mando, la lengua del látigo y de la tortura.

Las palabras son como las ramas de un árbol: mientras más las domines más luz recibirás» decía.

«Hablar el castellano es lo que nos distingue; nosotros somos humildes pero no somos ignorantes».

Y cuánta razón tenía. Por la lengua uno sabía quién era quién; quién tenía el bastón del poder, quién sabía rezar, quién sabía aconsejar, quién sabía golpear.

El kaxlan hizo la vara a un lado y fue a recoger su bolsa de piel.

Sacó un mango y se lo ofreció. Amada lo aceptó con timidez, pero no se lo comió.

Lo guardó en su morral para después. Uno no sabía cuándo volvería a comer.

Ese señor podría echarla de su tierra en cualquier momento y con justa razón.

Ya bastante molestia había dado. Pero ¿qué tal que no?

, pensó, esperanzada. Qué tal que la dejaba quedarse, ¿será?

¡Ojalá! En ese lugar se sentía a salvo. Con él se sentía a salvo.

Nadie vendría a buscarla hasta acá porque nadie se metía con los extranjeros de La Colonia.

Ellos solitos hacían sus cosas y a nadie importaba lo que hacían.

Sus parcelas eran pequeñas; ellos no eran como otros mecos que acaparaban tierra y corrían a la gente, como los patrones, o como ese otro señor alemán, don Khale, el dueño de la finca Germania.

Esos mecos sí buscaban despojar y hacerse ricos.

Ellos sí enganchaban brazos ¡muchos brazos!

Eran dueños de muchas cuerdas y después, ya que acababa el corte, los empleaban para preparar la cosecha del año siguiente.

Igual hacían en La Victoria. Año tras año agarraban gente y por eso había que estar pendiente de ellos.

Harto trabajo daban. En cambio estos, los colonos, como el kaxlan , apenas si usaban diez personas y solo para cortar.

El resto del trabajo lo hacían ellos mismos con sus meras manos: arrancar el bejuco, el deshierbe, el chaporreo, el desombrado, el deshije.

Trabajaban bien ellos mismos. ¡Harto trabajaban!

Por eso tenían callos en las manos como este señor.

Algunos se cansaban y se enfermaban. Entonces dejaban todo y se iban pa tras, como la familia que había sembrado esa mazorca, esos frijoles, esas calabazas, asegún había contado el padre Camilo.

Viendo su entorno, parecía que este kaxlan también trabajaba harto.

Ahí estaba la casa mejorada, la toma, el fogón.

Pero también se miraba que no se daba abasto. Necesitaba brazos él.

En la mente de Amada comenzó a iluminarse una idea.

Quizás ella podía ayudarlo. Quizás podrían hacer un trueque: ella podría arreglarle la milpa y él, a cambio, podría dejarla estar.

Un arreglo así sería su salvación. Sería bueno para ambos.

Y ya después, cuando los patrones y los perros se cansaran de buscarla, podría bajar a Tapachula a buscar a María.

Pero y luego ¿cómo pedirle eso al kaxlan ?

¿Cómo explicarle lo que había pasado en La Victoria y el motivo por el que había huido?

Para eso no había palabras en ningún idioma.

Esas cosas no se podían dibujar con vara, pue.

Amada sintió que de alguna manera tenía que corresponder a la bondad de su anfitrión.

Mirando la calabaza decidió guisarla. Se afanaría con el dulce hasta que se le ordenara su pensar.

Ya algo se le ocurriría. Justo entonces el kaxlan comenzaba a apagar el fuego, y ella prontamente lo detuvo.

Agarró una cazuela de la repisa y corrió con ella a la toma.

La llenó con agua y regresó a colocarla sobre el fuego.

Avivó las llamas con más hojas de maíz y ocote y mientras el agua se calentaba, partió la calabaza a machetazos sobre un tronco.

Le quitó las semillas y la puso a hervir, agregándole un trozo de caña.

Después espulgó las semillas, apartó las más grandes y las puso a secar, cerca del fuego.

Benjamín observó a la hacendosa mujer con asombro y curiosidad.

Varias veces había intentado pelar esas calabazas para comérselas, pero la cáscara era tan dura, que finalmente había desistido.

Ahora, viendo a Amada, comprendió la futilidad de su esmero; había que guisarla sin pelarla, ¿cómo no se le había ocurrido?

Mucho podría aprender de esa mujer, reflexionó, además de español.

Mientras la fruta se cocía, Amada se dirigió a la milpa y comenzó a quebrar la mazorca.

Si el kaxlan la corría de la hacienda, cuando menos quería agradecerle la comida que le había compartido.

Quizás aquellos blanquillos de guajolote que le había guisado eran sus últimos huevos.

Quizás ese su último mango. Mucho le había dado y a ella nada le costaba doblar las matas un rato, en lo que se cocía el dulce.

Buscó herramientas para ayudarse, pero no las vio.

Tal vez, cuando el hombre la viera trabajar, le traería una garavata.

Ese gancho era muy útil para tirar de los tallos y doblar.

Ya luego, en la cosecha, también servía bastante para jalar y pegarles con el machete justo donde salía la primera mazorca.

Benjamín se le acercó.

—¿Qué haces? —preguntó.

Ella tardó en contestar. ¿No veía que estaba doblando mazorca?

Escudriñó los ojos cristalinos del kaxlan , por si acaso había burla en ellos, pero no, la pregunta era franca.

¿Acaso no sabía hacer milpa ese señor?, se preguntó entonces, muy asombrada.

¡Nunca había conocido a un hombre tan inútil!

Quizás por eso las matas estaban tan crecidas, pensó.

Pero y luego, si sabía cortar madera, alzar mesas de cuatro patas y traer el agua hasta la casa, ¿cómo es que no sabía doblar mazorca?

No come maíz. Eso es, concluyó. Come puro animal y fruta, ¿será? ¡Qué raros eran los extranjeros!

Amada agarró una mazorca y la peló. La desgranó y abriendo su palma le mostró el punto negro en los granos.

—Está maduro. Hay que doblarlo. No queremos lluvia o bichos adentro. No queremos que los pájaros molesten, pue.

Lluvia era una de las palabras que Benjamín entendía bien.

Lo que Amada trataba de explicarle tenía sentido.

Al doblar la punta de la mazorca hacia abajo, el maíz seguiría secándose aunque lloviera.

Y vaya que llovía en esos lares. Jamás olvidaría la primera vez que vio llover.

Se encontraba cortando árboles cuando de repente el cielo oscureció.

Enseguida comenzó a caer un aguacero tan fuerte que hasta al más chillón de los pájaros enmudeció.

Benjamín había apodado a esa ave «fea» porque lo era, y además por lo general cantaba un monótono quejido cuando llovía suave.

Bien se lo había advertido el señor Schellenger: ahí, cuando llovía, llovía.

Por eso, si quería aprovechar el día, tenía que levantarse a las cuatro de la mañana y comenzar sus labores tan pronto clareaba.

El sol brillaba hasta las doce; de ahí las nubes se amontonaban y comenzaba el diluvio.

Lo bueno era que las tormentas cesaban tan abruptamente como empezaban.

En un par de horas, el sol volvía a lucir espléndido, y las copas de los árboles mojadas se teñían de un verdor precioso.

Hoy sería uno de esos días, calculó, mirando el cielo, a ratos seco y a ratos mojado.

Amada lo sabía y tenía razón. Había que proteger la mazorca y él debería aprender cómo hacerlo y ayudarla.

Se arremangó la camisa y comenzó a trabajar a su lado.

Quiso igualar su ritmo, pero no pudo. La destreza de la mujer era admirable.

Ni las manos se le veían con la rapidez con la que trabajaba.

Jalaba y doblaba con precisión. Algo había en esa joven de piel oscura y ojos grandes que, a pesar de ser menuda, emanaba autoridad.

Con qué gracia se movían sus brazos. Con qué tesón enterraba sus pies descalzos al andar, dominando a las matas.

Ahí, en el centro de la milpa, los tallos de mazorca parecían sus súbditos, hincándose a su paso.

Trabajaron lado a lado y poco a poco se fue notando el cambio en aquel campo dorado: las matas antes erguidas, ahora miraban la tierra con humildad.

Conforme avanzaban, Amada le iba mostrando la técnica, señalando las barbas ennegrecidas de las mazorcas, las axilas polvorosas de las hojas y las cañas amoratadas que maduraban.

—Los pelos de esta ya están negros. Entonces sí se dobla. Así mero. Esta otra no. Los granos están lechosos. Esos pelos están güeros. No se dobla. No está seca, pue.

—¿Güeros?

—Sí, blancos, pue. Como el pelo de usté.

De repente oscureció. Las nubes se amontonaron y su atropellado encuentro armó escándalo en el cielo.

Desde donde estaban vieron la cortina de agua avanzar por el campo, como una catarata viajera.

Corrieron a refugiarse bajo el techo entablado de la cocina improvisada.

Al llegar, Amada retiró la olla del fuego y la colocó en la plataforma que servía de mesa.

El aroma dulce del guiso se mezcló con el olor a tierra mojada.

Ella se encuclilló enfrente de la hoguera y se abrazó las piernas.

Él se sentó en un tronco, enfrente de ella y encendió un cigarro.

La lluvia golpeaba fuerte el bosque zapateando sobre las copas de los amates y los huanacaxtles de anchas hojas oscuras.

Mientras el dulce se enfriaba, escucharon en silencio los fusilazos intermitentes de los relámpagos, y el ruido ensordecedor de los truenos.

Por encima de las llamas del fuego sus ojos se buscaron y Amada no supo qué la abrigó más, si el calor de la hoguera o la mirada celeste, intensa, del kaxlan .

De repente una descarga fuerte partió los cielos y Amada brincó del susto.

Benjamín soltó la carcajada y ella rió con él.

Era una risa sonora de alivio y gratitud.

Este hombre es como el Tata, pensó Amada. Da paz.