Tiempo de flor y de ceniza Las finqueras
35%

Las finqueras

Las señoras del templo de San Agustín llevaban años reuniéndose para armar las despensas navideñas en la casa de Esperanza.

Año tras año las «finqueras», como las apodaban en el pueblo por estar todas ligadas a la industria del café, hacían esa donación a la iglesia.

Era una manera de agradecer y encomendar a Dios las cosechas.

Por tradición las entregaban antes de la celebración de la Guadalupana.

Las despensas, que se daban en canastas como aguinaldo, se armaban sobre la mesa del comedor y cada dama tenía su labor asignada.

Esperanza, como buena anfitriona, ofrecía un refrigerio y así, entre bocadillos y sorbos de café cosechado en su finca, La Concepción, se ponían al tanto de los ires y venires de los vecinos de Tapachula.

—Ahora sí te luciste con los canapés, Esperanza —comentó Rosaura dándole una mordida a su tamal de chipilín.

Era la más joven del grupo y también la más golosa.

Esperanza no soportaba verla comer. Comía con arrebato esa mujer, relamiéndose los dedos.

El chasqueo de sus mandíbulas le erizaba la piel.

¡Fiero su modo! Pensaba, tratando de no mirarla. Comía peor que la Perra.

—Gracias —contestó con frialdad. No sabía cómo interpretar ese piropo.

¿Acaso los canapés de otros años no habían estado tan buenos?

Y es que ese era el problema con gente como Rosaura, que de la noche a la mañana se hacían ricos.

Desconocían las finezas de la buena cuna.

No eran huacaleros, pues. Eran gente de fuera, ¡a saber de dónde!

La familia de aquella glotona era una de tantas familias que habían llegado a invadir el Soconusco para hacerse ricos con la tierra.

¡Ahora todos querían fincas! Las compañías deslindadoras declaraban ociosas las tierras y esta gente se apoderaba de ellas, prácticamente sin costo.

Aunque las tierras fueran comunales, si no tenían escrituras, se las adueñaban y las vendían por menos que una medida de nucú.

El marido de Rosaura era un hombre especialmente insoportable.

Trabajaba en una de esas empresas agrícolas que llamaban «organización frágil».

La Land Company de Chiapas se llamaba ese negocio que el presidente Porfirio Díaz había creado para vender las tierras a precios risibles.

Y a eso se dedicaba el tipejo, a declarar grandes extensiones de terrenos como baldíos para después venderlos a los extranjeros en nombre del gobierno, quedándose con una buena tajada de lana.

Tuvo que suceder. Rápido habían llegado los franceses, alemanes, norteamericanos, chinos, y ahora, hasta los japoneses reclamaban su cachito de Chiapas.

Era una tristeza cómo habían cambiado las cosas en Tapachula.

—Los marquesotes están buenísimos —comentó Amalia, siempre amable. Era una mujer que a todo le veía su lado bueno—. ¿En dónde los compraste?

—Los hicieron en la cocina —contestó Esperanza, pero en el acto se arrepintió de haberlo dicho.

—¿Y desde cuándo sabe hacer postres Merceditas? —indagó Rosaura—. ¡No le conocíamos esa gracia!

—Los hizo María, una chamaquita que nos está ayudando.

—¡Cómo! ¿Contrataste a otra sirvienta?

Esperanza tomó un sorbo de su café antes de responder.

La pregunta era malintencionada. Rosaura bien sabía que su situación económica era precaria y que difícilmente podía sostenerse a sí misma, pero ahí estaba, fisgoneando de cualquier manera.

A ninguna de las otras damas se le hubiera ocurrido hacer semejante pregunta, por supuesto.

Solo esa mujer imprudente, que ahora mismo esperaba una respuesta con las cejas arqueadas y la barba manchada de manteca, se atrevía a ser tan grosera.

Amalia se apuró a rescatar el incómodo momento.

—Qué bueno que tengas ayuda en la cocina, Esperanza. Los marquesotes están mejores que los de la panadería Colón. También son muy buenos.

—Tiene que ser, querida. Los dueños son judíos —terció Gloria, la mujer que todo sabía y lo que no sabía, se lo inventaba—. Son de la familia Shagún.

Nadie la cuestionó. Gloria era extremadamente culta; leía libros y periódicos con voracidad.

Nada le causaba más placer que ser portadora de noticias, fueran buenas o malas.

A veces exasperaba a Esperanza porque ¿a quién carambas le importaba saber las cosas con tanta precisión?

¿qué más daba si los panaderos eran moros, cristianos o judíos?

Hacían buen pan. Punto. Pero qué se le iba a hacer, así era Gloria: puntillosa.

Al menos ella sí era huacalera, de familia conocida, pensaba Esperanza.

—Dile a tu nueva chacha que me pase la receta, por favor —pidió Rosaura—. Y ahora sí no vi a tu mocito. No lo corriste, ¿verdad?

Se había tardado en preguntar por Jerónimo, pensó Esperanza sintiendo repugnancia.

Rosaura no perdía la oportunidad de coquetearle al chiquillo.

Poco le importaba la diferencia de edades o de posiciones.

Desde el primer día que lo vio había hecho pública su obsesión por el muchacho: «¡Es un pedazo de humanidad deliciosa, Esperanza!

, ¿de dónde lo sacaste?». Ella no resistió contestarle: «Lo compré en el mercado».

La risa incómoda de las damas, lejos de darle vergüenza, le dio licencia para seguir hostigando al pobre de Jerónimo.

Esperanza estaba harta del poco recato de esa señora y por eso, cada vez que las damas venían a su casa, procuraba mandar a Jerónimo a hacer mandados, lejos de aquella mujer cusca.

—¿Qué sabemos de Elena? —preguntó Amalia, cambiando el tema. Era experta en planchar momentos incómodos.

—Ya debería estar aquí —comentó Esperanza—. Me extraña que no haya llegado, ya ven que siempre es puntual.

—Pues su casa sigue vacía. Ahorita que pasamos por ahí, vimos que todas las cortinas estaban cerradas. Algo la habrá detenido en la finca —malmetió Rosaura asaltando la bandeja de galletas.

Elena, la alemana que era dueña de la finca La Victoria, no era como el resto de las finqueras que se pasaban la mayoría del año en Tapachula.

Ellas nunca iban a sus fincas. No querían llenarse las zapatillas de lodo y dejaban sus «ranchos» en manos de los maridos.

Elena, en cambio, vivía allá de planta y llevaba las riendas del negocio para asombro y admiración de todas.

Bajaba al pueblo solo cuando terminaba la cosecha, pero hacía una excepción en Navidad porque, como solía decir, «en la capilla de la finca no se podía dar la bienvenida al Niño Jesús con propiedad».

Esperanza tenía sus reservas sobre esa mujer.

Le parecía demasiado dura de carácter. Quizás así era su cultura germánica: seca y carente de ciertas sensibilidades.

Lo que no podía perdonarle era su aparente falta de fe; aunque cumplía con los dogmas de la iglesia católica —iba a la iglesia, donaba a los pobres, le pagaba al cura para que hiciera misa e incluso participaba en compadrazgos— a Esperanza no la hacía tonta.

A leguas se notaba que no hablaba con Dios.

No podía imaginarla arrodillada en la privacidad de su lecho, encomendándose a Él con fervor, antes de dormir, pidiendo clemencia por sus pecados.

Además, varias veces la había escuchado burlarse de la Virgen y de los santos.

Y nunca la había visto confesarse o comulgar.

Según decía, se había bautizado en Guatemala y con ello supuestamente había abandonado su iglesia germana protestante.

Pero Esperanza tenía sus dudas. Sospechaba que Elena, aunque se hubiera bautizado, nunca había aceptado con convicción los credos de la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana.

—Son las lluvias —calculó Gloria—. Los caminos han de estar inundados.

Las damas siguieron con su labor. Las canastas llevaban frijol, chile seco y calabaza, entre otros víveres. Ya casi terminaban de armarlas, cuando alguien tocó la puerta con fuerza.

—Andá Mercedes. Abrí la puerta, hija, antes de que la tiren —le ordenó Esperanza.

—¿Ya lo ven? Les dije que Elena llegaría —comentó Amalia, burlona—. Más vale tarde que nunca.

Pero no fue Elena quien entró al comedor sino Merceditas. Iba acompañada por un peón que se quedó en la puerta, sin atreverse a entrar. El hombre estaba empapado. Sostenía su sombrero y el agua corría por la loza. Ambos se veían compungidos, sobre todo la sirvienta.

—Doña Esperanza, este señor trae razón de doña Elena.

El peón alzó la mirada humildemente y se explicó.

—Mi patrona manda sus disculpas, doñita, no puede venir —dijo.

—¿Ideay, por qué? ¿Qué pasá con tu doña? —preguntó Esperanza.

—Na con ella, señora.

—¿Entonces? ¡Andá! Decí qué pasa, que nos tenés nerviosas.

Su tono impaciente enmudeció al hombre.

—Asegún mataron a don Macario. El caporal —intervino Mercedes.

Las damas se miraron entre sí, sorprendidas.

—¿Qué? ¿Pero qué decís, vos?

—Sí, doñita —secundó él, recuperando el habla—. Lo encontraron muerto, pue.

—¡Ave María Purísima! —exclamó Amalia, persignándose. Gloria hizo lo mismo. Rosaura, en cambio, soltó una risita mordaz.

—Pues a mí no me sorprende nada —comentó—. Se lo tenía merecido ese hombre. Ya ven lo que dice el dicho: «a cada uno le toca escoger la cuchara con la que ha de comer».

—¡Rosaura! No hables así —la regañó Amalia—. Nadie merece que lo maten por muy malquerido que sea.

Malquerido. Ese era el adjetivo preciso para describir al caporal, pensó Esperanza. Tenía fama de ser un maldito. Todo Tapachula sabía de sus fechorías.

—¿Y quién lo mató? ¿Vos sabés?

—No pue, señora. Ni Diosito sabe.

—Dios sí sabe. Y su asesino bien que lo sabe —opinó Rosaura—. Pero va a ser difícil que encuentren al responsable. Es justicia divina.

—Fiero tu modo, Rosaura —espetó Esperanza, harta de ella—.

En esta casa no se celebra la muerte de nadie, por muy desgraciado que haya sido.

Dios sabrá juzgarlo. —Dirigiéndose al mensajero, ordenó—: Corré a donde doña Elena y decíle que estamos aquí para ayudar en lo que necesite.

Pero antes, Mercedes, serví algo de comer a este señor.

Pozol hay. Que Dios lo acompañe en su viaje de regreso.

Las damas regresaron a su labor en silencio, cada quien sumida en sus propias reflexiones y los sirvientes se escabulleron a la cocina. Afuera, el cielo oscureció y la tempestad se dejó venir con fuerza.

En la cocina, Merceditas calentó frijoles y unas tortillas se cas. Agregó un tamal de chipilín y le sirvió al hombre. Él aceptó agradecido.

—Habrá revuelo en la gallera —comentó ella, buscándole los ojos.

—Sí, pue —balbuceó él.

—Y los chuchos andarán sueltos.

—Y sí. Alueguito los soltaron, pero pos va a star duro que encajen quijada.

—¿Ideay?

— Yo nomás digo, oiga. Va a estar duro… la gente güena no vio nada. Nadita, vieron ellos.

—No, pue.

—Voltearon el monte y no. No dan con nadie.

—No, pue.

La pausa se alargó y solo el zapateo de la lluvia en la teja los acompañó. Merceditas le sirvió el atole. El hombre bebió mirando la lluvia azotar la ventana.

—Va star harta güena la subida —comentó al fin.

—Quédese usté. Aquí le hacemos hueco en la bodeguita y ya mañana se devuelve más seguro.

—No, doñita, gracias. Mejor mi divuelvo ya, antes que esto se ponga pior. Oiga usté cómo cae el agua.

—Tons llévese usté un taquito —insistió ella y antes de que se negara, le preparó su itacate.

El hombre aceptó agradecido, se echó su lona empapada encima y partió.

Merceditas salió al patio a buscar a María y a Jerónimo.

Quería que cenaran de una vez para poder levantar la cocina.

La tormenta arreciaba. El agua caía con saña y el patio comenzaba a encharcarse.

Se envolvió en su rebozo y corrió hasta el cuarto de servicio, pero no pudo entrar.

La Perra estaba tirada enfrente de la puerta, bloqueando la entrada. Cuando se acercó, le gruñó.

—¡Hágase pa un lado, animal! —le ordenó—. ¿Ora qué bicho le picó?

Estaba rara esa chucha. Era como si no la reconociera. Ahora mismo alzaba las orejas y le pelaba los dientes.

—¡Sáquese, pue! —exigió de nuevo con un poco de temor.

La Perra se apartó de mala gana sin dejar de gruñir.

Merceditas abrió la puerta y se llevó el susto de su vida. La niña estaba tendida en el piso. Su pequeño cuerpo se convulsionaba con los brazos abiertos a cada lado. Sus ojos de miel iluminaban el techo y parecían desbordarse del rostro contraído. Toda ella se zarandeaba. ¡Parecía una poseída!