La perseguida
El escándalo de una bandada de zanates lo despertó.
Benjamín brincó de su tarima, se asomó por la ventana y miró a las aves desprenderse desde la milpa en un vuelo asustadizo.
Huían de algo o de alguien. Un animal, pensó.
Las mazorcas estaban maduras y atraían a toda una fauna que muy temprano en la mañana descendía a alimentarse: tuzas, pizotes negros y armadillos.
En un principio Benjamín solía espantarlos con su resortera, hasta que un día se topó con un venado de cola blanca.
Era un animal de buen tamaño. Majestuoso.
Lamentó no tener su rifle a mano. Desde entonces, cargaba con el arma donde quiera que fuera porque, además, si ahí había venados, no muy lejos andarían los tigres de montaña.
El rumor era que al atardecer bajaba al río el jaguar.
Por si acaso, evitaba ir por agua cuando el sol caía.
Se puso las botas, la chamarra y el sombrero.
Asió su rifle, abrió la puerta de la casa y salió a averiguar qué tipo de ladrón estaba asaltando esta vez la milpa.
El frío de la mañana acabó de despertarlo.
Afuera, la tierra estaba cubierta de escarcha plateada.
Se abrigó y se encaminó sigiloso hacia el plantío, agachándose para no espantar a quienquiera que fuera el intruso.
Esta vez iba resuelto a atraparlo antes de que se acabara todo el grano.
Los tallos de las matas se movían agitados por el intruso que al andar iba dejando una estela ancha.
Se acercó sigiloso. Tenía que ser un animal grande, pensó, a juzgar por el tamaño de la brecha que iba abriendo.
Esto lo emocionó; un marrano salvaje, quizás.
Ojalá. Tenía tiempo de no comerse unas buenas chuletas.
Se detuvo, afiló la vista y trató de verlo, pero no pudo.
Lo que sí observó fue que el animal se encaminaba hacia el trapiche.
Eso le pareció extraño. Los animales de monte, una vez que saciaban su hambre, regresaban al bosque, en dirección opuesta.
¿Qué cosa iba a hacer la bestia al trapiche?
Quiso saber. El azúcar no era un botín de cerdos.
Las víboras, roedores o moscas, eso sí que abundaban en el molino, sobre todo en temporada de molienda, pero los mamíferos no.
Además, tenía rato que nadie hacía azúcar en ese molino.
Estaba abandonado. Quizás el animal está lastimado, pensó.
O quizás busca un refugio en donde parir o donde morir.
Su curiosidad aumentó y con ella su instinto de cazador.
Lo mejor sería ganarle el brinco al intruso y llegar al molino antes que él.
Hacia allá se dirigió, bordeando el plantío.
Cuando alcanzó la galera, se introdujo al trapiche por la reja posterior y se escondió detrás del horno.
Se arrodilló y apuntó el rifle hacia el portón principal, a unos cuatro metros de distancia.
Estaba listo para eliminar al puerco con un disparo certero al corazón tan pronto entrara.
No tuvo que esperar mucho. Lo escuchó llegar.
Conforme se fue acercando, Benjamín se fue preparando: se acomodó, sostuvo el cañón en horizontal y tiró de la agarradera de la aguja hasta que escuchó el «clic» que lo armaba.
Pegó la mejilla sobre la carrillera y alineó el ojo con la mira.
De pronto la presa apareció. Inmediatamente buscó el costado del cerdo para meterle la bala, pero no lo encontró.
Aquello no era ningún animal. Era un hombre. No. Era una mujer.
Bajó el rifle. Aturdido, observó a la menuda mujer sin entender nada.
¿Qué hacía ahí, traspasando su tierra? Y ¿por qué se había arrastrado por la milpa como soldado de trinchera?
¿Por qué no tocar la puerta como cualquier persona decente?
¿Cuál era su intención?, las preguntas se amontonaban en su mente mientras la espiaba desde su escondite.
Era una indígena. Vestía esa ropa colorida que todas ellas vestían.
Iba descalza y estaba enlodada. Se notaba que había viajado desde lejos.
De repente cayó en cuenta de lo que llevaba en la mano.
Un machete. Esto lo enervó. Seguro que la mujer sabía usarlo.
Justo entonces, como si lo oyera, ella alzó el machete y con un golpe preciso y certero, cortó una vara de caña.
La peló con una destreza extraordinaria y comenzó a chupar el jugo con avidez.
Estaba hambrienta. Benjamín apretó el rifle.
Esa mujer, si se lo proponía, era capaz de destripar a un oso a machetazos.
Cuando acabó de chupar la caña, la indígena colocó el machete a su lado, sobre la tierra.
Ese era el momento de arremeter, pensó él, ahora que estaba así, de espaldas, sin el arma.
No lo pensó dos veces. Se abalanzó sobre ella, asió el machete y lo aventó lejos.
Ella reaccionó como una fiera. Le aventó a la cara la caña que aún sostenía, levantó otro palo del suelo y lo ondeó como espada, amenazándolo.
Él se retrajo y ella, aprovechando el momento, le aventó el palo y corrió tras el machete, pero Benjamín la atrapó por la cintura a medio vuelo.
— Stop ! —le ordenó, sosteniéndola.
Ella trató de liberarse y él en ese momento la reconoció.
—¿Amada? —preguntó incrédulo. La soltó. Ella se retrajo, sin dejar de mirarlo.
¡Sí! Era ella, pensó Benjamín, la joven indígena que había viajado con él desde Tapachula. Estaba seguro.
Por su parte, Amada sintió vergüenza. El kaxlan se acordaba de ella. ¡Y se acordaba de su nombre! ¿Cómo eso?
—¡Tú eres Amada! —insistió él—. Mango. Tú diste a mí mango.
¡Hasta de eso se acordaba! Alguien le dijo de mi fuga, ¿será?
, se preguntó ella, angustiada. Va a agarrarme y entregarme a los patrones, ¿será?
Esta última posibilidad la aterró. Tenía que escapar.
Pero ¿cómo? Miró su entorno y sus ojos se detuvieron en el rifle que Benjamín sostenía con descuido.
Pensó arrebatárselo, pero rápidamente desechó la idea.
Grande y fuerte era él. Mejor ir por el machete.
Con una mirada fugaz midió la distancia hacia donde estaba botado y decidiéndose por ello, se arrojó a recogerlo.
— Wait ! —exclamó él y la volvió a atrapar.
Cayeron al suelo. Forcejearon. Amada repartía golpes y patadas y él las esquivaba sin gran esfuerzo.
A Benjamín le sorprendió la fuerza de su rival.
Era menuda, pero qué bien se defendía. Tuvo que usar todo el peso de su cuerpo para apaciguarla.
En algún momento Amada se rindió. Dejó de forcejear y se quedó quieta, jadeando.
Estaba a merced de ese señor. Mientras más se movía, más la aplastaba. La estaba asfixiando.
—¡Suélteme! —gimió.
—No pelear —ordenó él.
Ella asintió y Benjamín la fue soltando con lentitud. Se levantó, sacudiéndose la ropa.
—Sí. Tú eres Amada —espetó él y con esa verdad se declaró victorioso.
Le extendió la mano para ayudarla a incorporarse, pero ella despreció su gesto de caballerosidad y se levantó sola.
—Sí. Yo somos Amada —dijo desafiante— ¿Ideay?
Benjamín observó la ropa raída de la mujer, sus labios morados por el frío y sus mejillas encendidas.
Se quitó la chamarra y se la ofreció. Ella titubeó, pero la aceptó.
La chamarra estaba suave y tibia; pura lana y cuero.
Se miraron, midiendo sus intenciones. Este señor no me va a hacer daño, pensó, tranquilizándose.
El kaxlan no me va a delatar tampoco. Lo sabía por la expresión de esos ojos claros como el manantial.
Si hubiera querido lastimarla, ya lo hubiera hecho.
Por su parte, Benjamín sentía curiosidad.
Algo en esa situación no cuadraba. ¿Por qué estaba Amada en su propiedad?
¿Cómo había llegado hasta ahí? Quería saberlo.
Benjamín recogió el machete y su sombrero. Se alisó el cabello, se puso el sombrero y le devolvió el machete a Amada.
—Vamos a comer —dijo, y señaló hacia la choza—. Ahora yo doy mango a ti.