Tiempo de flor y de ceniza Esperanza #2
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Esperanza #2

El jardín estaba cercado por un muro cubierto con madreselva.

María miraba todo aquello y no salía de su asombro.

Nunca se hubiera imaginado que, dentro de esos altos muros de aquella casa huacalera, hubiera un parque.

Había macetas con flores por doquier, nochebuenas, dalias, tulipanes, gardenias, bugambilias y begonias.

Los árboles eran muy altos y estaban cuajados de frutas: aguacate, limón y guanábana.

Del tronco de un limonero colgaban orquídeas.

El pasto estaba recién cortadito, húmedo ¡era una caricia para los pies!

Erguido en el centro, en medio del patio empedrado, se alzaba el pozo y al lado del pozo estaba echada una perra.

Al verla, el corazón de María dio un brinco de júbilo.

Se parecía a Choco. Era dorada y peluda como las barbas del maíz.

Era hermosa. Se le veía bien atendida y eso le dio esperanza.

Quizás en esa casa daban buenos tratos. Los perros decían mucho de sus amos.

La Perra las vio acercarse e inmediatamente se paró y les ladró, pero luego, una vez que olfateó a la niña, comenzó a menear la cola.

Merceditas jaló la reata del pozo, agarró la cubeta llena de agua y la vació en una palangana.

—¡Jerónimo! —gritó pero nadie contestó—. ¡Jerónimo! ¿Dónde andas, boludo?

De repente un chico llegó corriendo. Traía una escoba en la mano y en la otra un basurero. Al ver a María le sonrió abiertamente, como si la conociera desde siempre.

—Mande usted —dijo jadeando, sin desprender los ojos de la niña.

—Llena esta palangana y ponla a calentar. Orita vuelvo. Voy a buscar una muda limpia. Usté, chamaca, espérate aquí.

María observó al chico de reojo, con curiosidad; era un joven de ojos pícaros, muy negros. Su enorme sonrisa parecía una media luna. Era alto y delgado, de aspecto desarrapado, como si se acabara de revolcar en la milpa. Le agradó de golpe.

Por su parte, Jerónimo no podía dejar de verla. ¡Qué ojos tan raros tenía! Raros y bonitos. Color de la miel. ¿Quién era y qué hacía ahí, en el patio?, se preguntó. Iba a indagarlo, pero su madre lo interrumpió.

—¡Ándale! Mueve el jonis. ¿Qué esperas?

Como seguía sin moverse, le gritó, ya molesta.

—¡El agua, chamaco pazguato!

Jerónimo asió la palangana y la llenó con agua del pozo. De ahí hizo varios viajes a la cocina, yendo y viniendo para calentarla, salpicando el patio con cada viaje, hasta que la palangana quedó casi llena. Mientras tanto, María seguía en cuclillas acariciando a la Perra.

—Esa chucha muerde —le advirtió Jerónimo.

Quería sacarle plática para que alzara los ojotes otra vez.

Además, era cierto: la Perra mordía. En varias ocasiones le había enterrado la quijada a más de un cristiano sin la menor provocación.

Era raro que ahorita ahí estuviera, panza pa arriba, gozando los mimos de una extraña.

Quizás es muda esta niña, pensó, porque nada decía. O quizás solo hablaba lengua. Ha de ser eso, se dijo. Pues yo le voy a enseñar castellano, comenzando ahora mismo, decidió.

—Perra. Así se llama. Perra.

El asombro en el rostro de María le hizo saber que la niña sí entendía el español.

Merceditas regresó con el limpio, el jabón, el vinagre y una toalla.

Se arrepentía de haber entibiado el agua.

Al fin y al cabo, la indita seguramente estaba acostumbrada a bañarse con agua helada del río.

Pero luego, con lo flaca que estaba, tampoco quería que se enfermara.

Si le daba algo, ella misma tendría que cuidarla.

Doña Esperanza tenía un gran corazón, pero nada quería saber de bichos.

Los gérmenes le daban ñáñaras. Harto miedo le tenía a los contagios.

La única vez que le había negado algo al padrecito ese, jodón, había sido cuando el cura le pidió que lo acompañara a la unción de los enfermos.

«No. Eso sí que no, padre», se había negado con firmeza.

«Pedíme vos cualquier otra cosa, pero yo a los enfermos de lejitos».

Igual había pasado con don Lencho, el jardinero, cuando le picó una tarántula.

Ella misma tuvo que atenderlo porque según dijo la patrona, ella no entendía de curaciones.

Ni a su marido, en paz descanse, se había ocupado de atender.

Cuando le pegó su enfermedad y don Efraín agonizaba, doña Esperanza no se acercaba a su cuarto, ni para llevarle el agua.

Tan pronto el pobre señor murió, mandó a restregar la recámara con alcohol, de pared a pared.

«Señora, la muerte no se pega», le aseguró Mercedes, pero ella igual había ordenado quemar toditas las pertenencias del difunto junto con las sábanas y las toallas.

Cualquier cosa que el hombre había tocado se había ido al fuego.

Ahora, mirando a su hijo acarrear cubetas desde la cocina, decidió que hacían bien.

Mejor bañar a la indita con agua tibia, no fuera a agarrar una gripa por ahí y luego tener que pagar las consecuencias.

Jerónimo vació el último cubetazo de agua en la tina.

—Vete, pue —le ordenó su madre. Al ver que su hijo titubeaba lo empujó—. ¡Fuera de aquí, coyolón! Vete a lavar las ventanas. ¡Ocúpese ya!

El muchacho se alejó riéndose. Era una risa sonora, contagiosa, que a María le dio consuelo. Era alentador que tanto el muchacho como la Perra se miraran contentos de vivir en esa casa con esa señora malencarada.

—Encuérese y báñese —ordenó Merceditas.

María colocó su morral en el suelo y comenzó a quitarse con timidez las pocas prendas que la cubrían. Ya desnuda se metió al agua y esperó a que Merceditas le dijera qué más hacer. La Perra rodeaba la tina, meneando la cola, como si quisiera meterse al agua con ella.

Mercedes dejó caer la cubeta al ver el cuerpo desnudo de la niña.

¡Jo burro! Jamás en su vida había visto semejante salvajada.

¿Qué cosa le habían hecho a esa criatura?

¿Qué tipo de bestia la había maltratado de esa manera?

Se preguntó. Las cicatrices, grotescas e imponentes, se alargaban como víboras a lo largo de la pequeña espalda.

Algunas heridas estaban todavía frescas, la costra pegajosa supuraba un líquido amarillento.

Por detrás, el cuerpecito descarnado de la chiquilla parecía un palo rasgado por un tigre de montaña.

María percibió el escrutinio de esa señora gruñona. Con las mejillas encendidas y la mirada clavada en Perra, se cubrió sus pequeños senos.